UNA
Supo que era absolutamente irrestible en cuanto se puso en pie e inició la marcha. Si se hubiese volteado a mirar habría descubierto los ojos de él clavados en sus caderas, deseando que no dejaran de contonearse nunca, eternas, rítmicas e insinuadoras en un baile que le hipnotizaba y que sabría reconocer entre un millón, porque había tenido la suerte de haberlo disfrutado en la más estricta intimidad. Únicamente para él. Siguió caminando, despacio, pero sin romper la magia del momento. La avenida aún era larga y la vista de él potente, más aún cuando las ganas apremian. Absolutamente irrestible para él, por primera vez lo sabía. Y no solo lo era su cuerpo, ni sus caderas, ni sus movimientos al andar, resuelta y pizpireta, sino que tenía la certeza de que además de sus ojos, su cerebro giraba una y otra vez al compás del estímulo de su intelecto, clavándose por dentro e intentando entrar en sus pensamientos para adivinar sus intenciones; siempre a la búsqueda de un nivel más, de una interpretación más profunda, de un conocimiento más hondo. Y a poder ser alcanzado por él de forma única e intransferible. Y del mismo modo lo sentía penetrar en sus emociones, a través de su espalda, siempre alerta y prevenido, receloso a veces, convencido otras, pero agarrándolas de un extremo para que no se escapasen del todo. El trayecto que ella estaba recorriendo esa mañana era un fenómeno algo extraño. Ella sin verle la cara, pero sintiéndolo en la nuca como si tan solo les separasen escasos centímetros. Él percibiéndola cada vez más pequeña y difusa, pero leyendo sus pensamientos con cristalina claridad. Y ella continuó caminando hasta terminar la calle, momento en que dobló la esquina. Se perdieron de vista. Se avistaron perdidos. Él supo que como ella tan solo había una.
DOS
Había pedido el café templado, como siempre, pero hervía con toda la mala leche de quien lo sirve agotado y sin ganas, y de quien lo recibe con prisas y apurada. Tomó un sorbo y se quemó los labios. Los labios, la punta de la lengua y parte de la garganta, excusa perfecta, por cierto para no decir gran cosa. Sin destacada expesión en su cara, sacó el neceser de su bolso y de él una pequeña cajita que contiene una pomada untosa multiusos. Tomó un poco con el dedo índice de la mano derecha y se la puso en los labios. Primero en el superior. Después en el inferior. Los unió, uno con otro, los restregó entre sí para hidratarlos y permaneció callada. Se sentía cansina y tal vez lo era. Ambos se miraban. Con dulzura, eso sí, pero con los ojos de quienes no saben qué decir porque los acontecimientos son incoherentemente necesarios e innecesariamente coherentes. Tanto daba. Un poco bucle todo. Un poco estar sin estar, pero en presencia permanente. Y al tiempo a un punto de marcharse, pero sin irse del todo. Algo extraño. Ella no hacía más que pensar en una cantinela surrealista que se le había metido en la cabeza: "yo quiero, tú quieres, él quiere, nosotros queremos, vosotros queréis, ellos quieren"; "yo quiero, tú quieres, él quiere,..." Así una y otra vez. Hacía esfuerzos sobrehumanos para no pensar en aquella melodía repetitiva y se llevó de nuevo el café a la boca. Se lo terminó de un segundo trago aún candente. Y volvió a quemarse. Pero apenas lo notó esa vez. No sabía si era porque la boca se le había adormecido ya con el primer sorbo, o porque habría necesitado un beso profundo que la despertara. De todo. Del todo. Dejó unas monedas sobre la mesa al tiempo de un: "invito yo". Sonrió con los mismos ojos de amor que la primera vez. No, no es cierto. Con mucho más amor que la primera vez. Y salió del local. Desde ese día lo convirtió en lugar tabú. Jamás les perdonó el haberse quemado los labios. Ni él se perdonó no habérselos besado. Aún duelen. Los dos.
TRES
Sabía que tarde o temprano vendría a por sus maletas. Tres. Una grande, rígida y de color azul. La segunda, una de esas pequeñas y con ruedas, deformada de tan cargada como iba. Y la tercera y última, una bolsa de mano, con enseres mezclados sin orden ni concierto, apelotonados y guardados con la prisa de quien quiere salir de allí antes de romperse en llanto. Tardó algunas horas en recogerlo todo. Tres. Aproximadamente. Se despidió con los ojos solamente, mientras que ella permaneció sentada en el mismo lugar. Inerte. Muda. Impasible. Sin sangre. Viendo irse tes años juntos.
Bajó andando uno por uno los pisos que lo separaban de la calle. Exactamente tres. Y recorrió con cara de dignidad las manzanas que lo llevaban hasta su coche. Tres. Metió dentro sus maletas, se sentó ante el volante y arrancó camino de su casa. Recorrió los pocos kilómetros que lo separaban de ella. Tres. Nada más entrar se metió en la cama ansioso por dormir y por alejarse de aquel momento tan sumamente negro, deseando engañar al consciente. Ya veríamos si al subconsciente. Apagó la luz y antes de cerrar los ojos miró la hora en el reloj de la mesilla. Era ya de madrugada. Eran casi las tres. Cayó rendido. Permaneció dormido casi tres días. Semiinconsciente. Semiinsensible. Semiimpasible. Y de pronto un sonido molesto, recurrente y agudo lo despertó. Cuando estaba incorporándose dejó de sonar y volvió a dejar caer la cabeza sobre la almohada. A punto de coger de nuevo el sueño volvió a oírlo. Esta vez pudo identificarlo. Era el teléfono. Hizo un sobreesfuerzo y se arrastró hasta el salón lentísimamente. Descolgó y preguntó quién era, pero ya no había nadie al otro lado. Seguramente se habían equivocado.
Mientras a tres kilómetros de allí, ella había hecho la tercera y última llamada. Llevaba tres días repitiendo la misma operación, pero sin suerte, porque él no contestaba. Las palabras que pronunciaría las tenía clarísimas en su mente. Tres. Te amo profundamente. Pero él no contestó. Tres días llamando. Tres veces al día. Tres palabras nunca dichas. Tres palabras nunca oídas. Tres.
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| Erick Oh |
¡Gulp! ¿A quién no se le pone un nudo en la garganta? Que levante la mano aquel que se erija en portador absoluto de nervios acerados. No cuela, salvo en aquellos que vaciaron sus depósitos sanguíneos en alguna batalla de algún tiempo pasado. Así que, salvo esos, de esos no digo nada, a todos nos afecta esa atadura. Sí, sí. De nada sirve negarlo.
Yo lo confieso, en efecto, se me anuda la voz más de mil veces. No sé si al mes o al año, ya he perdido la cuenta, pero así me sucede. Y a veces disimulo y sonrío. O toso falsamente. Pero ahí está. Nudo, lazo, lazada,... lo que sea. La cosa es que lo llaman nudo en la garganta, porque de alguna forma había que llamarlo, pero todos sabemos que es una metáfora muy metafórica, un símbolo muy simbólico y una hipérbole muy hiperbólica. Si se tratase de un nudo de esos de los de verdad verdadera, iríamos enrojeciendo, para después palidecer, poniéndonos más tarde de color azulado, y después violáceo, y así hasta ahogarnos definitivamente. Y eso, por fortuna, no ocurre de ese modo, aunque sintamos que nos falta el aire cuando tal cosa sucede. Sea como sea, nos entendemos todos al nombrarlo así, porque a todos se nos pone uno en más de dos y tres docenas de ocasiones. Aunque hay que decir que nudos en la garganta hay de muchos tipos. Buenos, malos y regulares. Enmarañados, desatables, corredizos, medios nudos y marineros. Con algunos se sufre un poquito y con otros terriblemente.
Un nudo en la garganta puede ser un puñado de palabras no dichas, sazonadas con una pizca de temor unas veces, o con un poco de prudencia otras, eso ya al gusto. También puede ser una decisión por tomar, pendiente y estruendosa en la cabeza, bien envuelta en pereza, o bien en miedo. Un nudo en la garganta podría ser también algún bloqueo, de cuerpo, alma, corazón, obra u omisión; eso ya depende del sujeto anestesiado, adormecido él por exceso de vida o de equipaje, por cantidades industriales de puntos de sutura en las heridas, o por justamente el efecto contrario, el ser virgen y puro de experiencias con letra mayúscula. Y no hemos de olvidar el nudo en la garganta versión nerviosa ante un evento, paso al frente, incertidumbre, duda o veredicto. Este suele escoltarse por un constante movimiento de piernas o hacerse acompañar por algún tic nervioso que le aporte algún ritmo a su anquilosamiento. Y el nudo más bonito, ese que llega cuando vemos o sentimos algo realmente hermoso, precioso, cautivador, carismático. Ahí aparece a un tiempo adornado con unos ojos abiertos como platos y unos oídos atentos a casa palabra pronunciada, como si de la melodía más hermosa se tratase. Pero yo tengo uno que aborrezco y detesto, por eso lo he dejado para el final. Es el nudo cobarde. Su aspecto es deprimente, tétrico, feo y muy áspero. Su color, gris verdoso, casi que enmohecido. Y su olor, a habitación cerrada. Es el que menos me gusta, porque no solo su aspecto es desagradable, sino que es un aguafiestas profesional, porque se dedica a privar a todo aquel que se le mete entre ceja y ceja de los buenos momentos, de las emociones potentes y de la diversión.
Ya vemos que no es necesario escatimar en tipos de nudos. Abundan y varían en apariencia y causa. El surtido es notorio. Y tienen además la destreza de moverse. Así es. Un nudo en la garganta a veces deshace parte del camino y vuelve hasta los labios para dejarnos mudos. A punto estuvimos de deshacer la hebra pronunciando algún que otro sonido legible, pero no nos salió y en tal caso se sitúa aquel en la punta de la lengua, bloqueando la entrada y la salida de aire. Y otras veces en cambio, comienza a digerirse. Va avanzando y avanzando, a menudo con ayuda de unos sorbos de líquido elemento. Fríos como el sentimiento pretendido para pasar el trago y cristalinos como los pensamientos que creemos haber tomado. Pero al llegar a la boca del estómago se detiene de nuevo. Y se instala cómodamente, negándose a seguir hacia adelante, ni a volverse otra vez. Ahí se queda. Ni bocado, ni aire, ni palabra,... nada traspasa su barrera. Y origina además desazón, inquietud y agitación continua. Algo así como la de un sarpullido que no calma, o unas punzadas reiteradas.
Así que, nudos en la garganta se nos ponen a todos. Y hay que saber llevarlos, aunque no sean fáciles. Y es que tarde o temprano acaban deshaciéndose. Bueno, más bien hay que hacer un poder por poder deshacerlos. Con terapia de choque, hallando soluciones, poniendo remedio, con olvidos forzados, con asunción de culpas, con perdones, con triunfos celebrados. Y otras veces con litros de agua, de esa un tanto salada, de esa que sabe a lágrimas, ¿quién sabe? Que tras la tempestad llega la calma, dicen. O quizá otra tormenta. Eso depende. De las almas, del cuerpo, pero muy especialmente, principalmente, fundamentalmente, del asunto en cuestión y de lo intenso que sea el portador del nudo.
Por lo tanto, estudiando el asunto, declaro que no me gustan los nudos. Son unos auténticos liantes y le hacen a una perder el punto, la puntada y hasta el hilo. Porque mientras te enfrascas en buscarle los extremos, pierdes de vista el meollo de la cuestión. Así que fuera nudos en gargantas calladas, digámonoslo todo. Que total de la totalina somos vasos comunicantes y comunicativos. ¿O no?
Por lo tanto, estudiando el asunto, declaro que no me gustan los nudos. Son unos auténticos liantes y le hacen a una perder el punto, la puntada y hasta el hilo. Porque mientras te enfrascas en buscarle los extremos, pierdes de vista el meollo de la cuestión. Así que fuera nudos en gargantas calladas, digámonoslo todo. Que total de la totalina somos vasos comunicantes y comunicativos. ¿O no?
CUATRO HISTORIAS DE DOS
Silvia es una chica de treinta y siete años. Lleva unos ocho meses enredada en una historia indefinible con un chico con el que no termina de aclararse. Lo quiere mucho, lo admira, se siente a gusto a su lado, pero suele darle evasivas a la hora de avanzar un paso más. Algo se lo impide. Pasan algunas noches de la semana juntos, casi siempre en casa de David, porque vive muy cerca del trabajo de ambos. Silvia lleva a las espaldas un par de relaciones terminadas. La primera duró cinco años y medio. La segunda poco menos de tres. En ninguno de los dos casos convivió con sus parejas. Aunque a ella le habría gustado, ellos no eran muy partidarios de pasar a esa fase, no estaban preparados o convencidos, ¡vete a saber! También en ambos casos le explicaron que eran un tanto difíciles en el día a día y que eso terminaría cargándose la relación. Hoy es ella la que camina lenta sobre sus pasos y muchas veces piensa que es su carácter el que se ha convertido en una compleja maraña de reacciones inexplicables. Con los años todos nos hacemos un poco raros y portamos heridas. Con los años ya no toleramos igual y somos (re)celosos de lo nuestro.
Sergio es padre de una niña de nueve años. Cada mañana la lleva al colegio antes de ir a trabajar. Los días en los que la niña duerme en casa de su madre, pasa a recogerla con el coche. Tienen una relación de gran complicidad y Paula se lleva además muy bien con Ana, la novia de su padre. Ana no tiene hijos. Se separó hace unos seis años, uno más que Sergio. Hace cosa de dos años se conocieron por unos amigos en común y aquí están. Sergio adora a Ana. No puede pasar sin ella. Es como un imán para él. Le encanta todo lo que es, lo que representa, su forma de hacer las cosas. A ella le pasa lo mismo con él. Está absolutamente obnubilada con Sergio. Tanto, que él no se lo cree mucho. Suele hacer gestos demandando que se lo refresque cada poco tiempo. Necesita saber que sigue ahí, sintiendo lo mismo y que Ana no se enfría. Ella, por su parte, tiene ganas de comprometerse, pero Sergio no está del todo seguro. Tiene una niña, una historia dolorosa detrás,... La otra tarde le dijo a Ana que la quería, pero que de momento debían seguir en el punto en el que estaban. No estaba seguro de que ambos fuesen las personas de sus vidas. Ana simplemente se quedó callada.
Jon vive con Alicia. Están a punto de cumplir los treinta, pero no se porqué me da que lo celebrarán por separado. Llevan juntos casi siete años y han roto su relación cinco veces ya. Alicia tiene un carácter muy difícil, es una bomba de relojería que estalla en cuanto las cosas no son como ella había planeado. Jon en cambio es una balsa a la deriva en el mar. Es la viva imagen de la tranquilidad. Calmado, tímido, introvertido. También es alguien bastante inseguro, a pesar de contar con cualidades muy positivas, personales y profesionales. Alicia, sin embargo, parece no estar nunca satisfecha y tiene una tendencia demasiado frecuente a montarle escenitas con críticas hirientes. Jon es tremendamente sensible al respecto y las encaja francamente mal porque lo dañan en sus puntos más débiles. Se está planteando marcharse a vivir fuera cuando empiece el año. Quiere a Alicia, pero ya nada es lo mismo.
Inma y Pablo llevan dieciocho años casados. Tienen dos hijos de quince y doce años. Se conocieron en la universidad con apenas veinte y trabajan juntos cada día en el mismo despacho de abogados. Inma y Pablo han llegado a un punto de la relación en el que sus conversaciones se han quedado vacías de contenido. Se limitan prácticamente a los detalles de la casa, a los asuntos en común de sus hijos y a las broncas mensuales. Sus enfrentamientos casi siempre tienen el mismo detonante. Pablo es bastante independiente, dedica mucho tiempo a su trabajo, a sus actividades particulares y eso hace que la dedicación a la familia se resienta. Inma es bastante controladora. Siempre le está preguntando a dónde va, con quién, a qué hora piensa volver y cosas por el estilo. Al final, dos de cada tres veces la cosa se reconvierte en pelea. Inma estuvo a punto de tirar la toalla hace cuatro años, cuando se ilusionó con un compañero de trabajo con el que estaba llevando un proyecto. Creyó estar enamorada de él y se planteó terminar con su matrimonio. Una tarde quedaron para tomar un café y rozaron el punto de enrollarse, pero no lo hicieron. Estuvieron, no obstante, llamándose, escribiéndose y mensajeándose durante dos meses más. Un día, sin previo aviso, él se trasladó de despacho. No se han vuelto a ver. Inma tampoco suele acordarse mucho de todo aquello.
SILVIA, DAVID, SERGIO, ANA, JON, ALICIA, INMA y PABLO BAJO EL MICROSCOPIO
Inma y Pablo llevan dieciocho años casados. Tienen dos hijos de quince y doce años. Se conocieron en la universidad con apenas veinte y trabajan juntos cada día en el mismo despacho de abogados. Inma y Pablo han llegado a un punto de la relación en el que sus conversaciones se han quedado vacías de contenido. Se limitan prácticamente a los detalles de la casa, a los asuntos en común de sus hijos y a las broncas mensuales. Sus enfrentamientos casi siempre tienen el mismo detonante. Pablo es bastante independiente, dedica mucho tiempo a su trabajo, a sus actividades particulares y eso hace que la dedicación a la familia se resienta. Inma es bastante controladora. Siempre le está preguntando a dónde va, con quién, a qué hora piensa volver y cosas por el estilo. Al final, dos de cada tres veces la cosa se reconvierte en pelea. Inma estuvo a punto de tirar la toalla hace cuatro años, cuando se ilusionó con un compañero de trabajo con el que estaba llevando un proyecto. Creyó estar enamorada de él y se planteó terminar con su matrimonio. Una tarde quedaron para tomar un café y rozaron el punto de enrollarse, pero no lo hicieron. Estuvieron, no obstante, llamándose, escribiéndose y mensajeándose durante dos meses más. Un día, sin previo aviso, él se trasladó de despacho. No se han vuelto a ver. Inma tampoco suele acordarse mucho de todo aquello.
SILVIA, DAVID, SERGIO, ANA, JON, ALICIA, INMA y PABLO BAJO EL MICROSCOPIO
Silvia no se compromete con David
ni accede a vivir con él,
aduciendo que no está convencida de ese paso.
Silvia siente en realidad pavor de que sea a la inversa.
Ya ha pasado por ello.
Tiene pánico a volver a perder
y a que David sea de nuevo el símbolo
del abandono y algo efímero en su vida.
Silvia no sabe que eso es lo que le ocurre.
David no manda a Silvia al cuerno por sentimientos.
David está totalmente involucrado
en su relación por primera vez en su vida.
David está empeñado en que salga bien
y no sucumbe, porque ya sabe
cómo se siente alguien cuando lo dejan.
David fue abandonado por su padre
cuando tenía poco menos de un año.
David no tiene ni idea de porqué se empeña tanto.
Sergio está en la gloria con Ana.
Sergio no se va a vivir con ella
porque cree que Ana es
una mujer demasiado libre
para una vida en común con él.
Sergio cree que Ana se cansará tarde o temprano,
como le pasó a su ex-mujer.
Sergio duda de su historia en común
y de lo que ambos sienten.
Sergio desconoce lo que le sucede en realidad.
Ana quiere a Sergio con locura.
No se aleja de él simplemente por eso.
Ana fue quien le planteó
la separación a su ex-pareja.
Nunca estuvo realmente enamorada de él.
Ana,... no sabe, no dice, no especula.
Jon está aguantando más de lo que debería.
Jon nunca se ha tenido en gran estima
y es por eso que tiene frente a él a quien
lo trata tan mal, como él a sí mismo.
Nunca hasta ahora se había planteado
si lo que recibía de Alicia era algo merecido.
Jon no sabe porqué sigue sintiendo algo por ella.
Alicia no se controla a sí misma.
Alicia es hija única y una niña de papá y mamá.
Lo ha tenido todo hecho desde que nació.
Todo salvo afecto.
Ella cree que tiene derecho a reclamar y a exigir.
Alicia siente terror de que no la quieran.
Inma es adicta al control.
No lo sabe, pero está convencida
de que Pablo la engaña.
Sabe cómo somos las personas,
sabe que todos podemos fallar,
como casi falló ella en una ocasión.
Inma no es consciente de que está buscando
que todo rompa.
Pablo va a su aire.
Está cansado, pero tiene una familia.
No se ha planteado divorciarse nunca.
Sus padres vivieron juntos durante casi sesenta años.
Pablo hace tiempo que no tiene ilusión,
pero no le importa.
Pablo no se acuerda de lo que es el amor.
〰〰〰〰〰
Ocho personas y cuatro historias. Alguna nefasta. Otra que pisa sobre piedras antiguas. Todas y cada una de ellas reposan sobre las fortísimas y particulares condiciones psicológicas y emocionales de sus miembros. Obviamente. ¿Qué es lo que hace que pasen estas cosas? ¿Qué hace que las relaciones no vayan a más?, ¿que se presenten dudas?, ¿que mueran sin amor después de años?, ¿o que sean destructivas? La respuesta es: EL ESPEJO. Nuestra pareja es un espejo. En él vemos justo el defecto que padecemos, la carencia que nos atormenta, las taras sin superar, los empeños que nos obsesionan o la visión -aun nefasta- que tenemos de nosotros mismos. En ocasiones, dar con alguien que revuelve nuestro yo más sensible será una terapia de choque para fortalecernos. En otras nos estamos atando a un sentimiento masoquista, porque creemos que es lo que merecemos, dado que es lo único que hemos conocido hasta el momento. Y en alguna otra, queremos, pero no queremos; entramos, pero poco; salimos, pero no,... Lo que sí es bien cierto es que cuando miramos a esa persona a la que queremos es nuestro propio reflejo el que estamos viendo.
"Perdón, perdón, mil perdones", dijo al entrar. "Llego tarde. ¿Sabéis de esos días en los que parece que todo se pone en contra? Pues justo hoy. No oí el despertador y me levanté sobresaltada y con el tiempo justo. Después no me acordaba dónde había aparcado el coche. Habría jurado que estaba en otra calle y di mil vueltas hasta que di con él. Y para rematar, el depósito estaba en reserva, cosa de la que tampoco me acordaba, y tuve que parar en la gasolinera. En fin, ¡un desastre!" Los chicos echaron una carcajada, le quitaron importancia al retraso, ¡cómo no!, y ella comenzó su clase. A pesar de haber empezado el día con el pie izquierdo, el resto de las horas fueron como la seda. Todo se fue enderezando. Porque hoy tocaba una de esas jornadas cargaditas, con media docena de asuntos pendientes, además de lo cotidiano, pero dio para todo. Los tiempos y la sucesión de acontecimientos iban al milímetro, y aunque ella desfilaba pareciendo a veces que casi perdía el aire, todo terminaba encajando. Sonó el timbre a eso de las dos y veinticinco. ¡Finito! Cogió su botella de agua, bebió, respiró y les deseó buena tarde a todos. Vuelta a casa.
Aprovechó el camino de regreso para hacer un par de llamadas con el manoslibres del coche. Entró en la ciudad e hizo memoria de las tareas que tenía para esa tarde. Bueno, más bien de las que quería hacer, porque al final se tiraría más a por aquellas que le apetecían. Quería escribir un rato, por supuesto. Pensó en la sensación que tenía últimamente en la cabeza y era en que al menos ahí, escribiendo, ella estaba al mando de todo. Lo tenía todo bajo control. Elegía lo que quería, los temas a tratar, las palabras justas, la disposición de las frases y la intencionalidad de sus textos. En su cabeza todo tenía el orden perfecto y podía desarrollar la intensidad de cada acción y de cada sensación en su peso justo. Y al mismo tiempo, nada estaba decidido, porque a medida que completaba líneas podía ir cambiando, matizando, eliminando o completando todo lo volcado en el papel. Ella en estado puro sin más censura, sin límites y sin problemas. Muy al contrario que la propia vida, pensaba, en la que ella se entregaba a sus propósitos a más porcentaje del requerido a veces, pero casi siempre terminaba viendo que las piezas se colocaban como les daba la gana. Y que hoy contaba con que tenían una posición y mañana habían tomado otra. "¿Cómo puede ser todo tan cambiante, tan inestable?", se preguntaba. Eso era algo que tenía asumido, eso es cierto, aunque a disgusto. En medio de estos pensamientos dio un par de vueltas y aparcó. Aprovechó a entrar a la tienda de enfrente a por un par de cosas: cápsulas de café, bizcochitos para desayunar y alguna otra nadería.
Esa tarde la pasó trabajando, en cosas de clase y en sus propias historias. Tenía exámenes por corregir y sin demasiado entusiasmo fue a por ellos. ¡Increíble! Se los había dejado en el Instituto. "¡Imposible!", se dijo. Estaba segura de que los había metido en uno de los compartimentos de su bolso, pero no estaban allí. E igualmente estaba segura de que su memoria no solía fallar, pero no. No estaban allí. "¡Nada!", pensó. "No está de ser que lo haga hoy. Alguien ha decidido que no es labor para que yo haga esta tarde. ¡A otra cosa, mariposa!". No le importó mucho tampoco y cambió el tercio. Pero sí se quedó pensando en el asunto. Y no en el hecho de un posible olvido o no, sino de nuevo en que parecía que estaba a disposición de decisiones ajenas. Nada que decir. Nada determinante, al menos. Nada que hacer. Lo que estuviese dispuesto iba a suceder igualmente y se mordía un poco su interior de pura impotencia. Ella, que solía darle a todo un barniz de lógico existencialismo, de natural causa y efecto, estaba perdiendo la seguridad en esa concepción de la vida, porque los hechos le estaban demostrando que de poco sirve planear o esperar tal o cual cosa. Al final los días se llenan de sorpresas de todo tipo. Se fue a dormir agotada esa noche. Pero tampoco durmió de un tirón, no señor. A eso de las cinco de la mañana se despertó. O algo la despertó, porque a pesar de sepulcral silencio de la casa y de la ciudad sentía como si la hubiesen agitado y zarandeado físicamente. Se despertó algo turbada, cansada. Fue al baño, volvió a la cama y recuperó el sueño hasta la hora en que sonara el despertador. Y sonó. Se compuso y salió de casa. Se fijó en una tienda que no había visto hasta esa mañana. ¡Qué bonita! Pasada cada día por ahí, pero había reparado en ella hasta entonces. ¿En qué tiempo la habrían montado? Eso solía ocurrirle bastante. Percibía cambios en el entorno cuando ya estaban ultimados y no se había fijado en desde cuándo o cómo se habían llevado a cabo. Una tienda aquí, un nuevo café allá, un nuevo mobiliario urbano. Ella siempre lo achacaba a que iba pendiente de sus cosas, pero la verdad es que creía que la ciudad se movía más rápido que ella y por su cuenta.
De camino, con las calles prácticamente vacías aún, compró como cada mañana un café para llevar y... ¡de nuevo no recordaba dónde estaba el coche! Le pasaba demasiado a menudo últimamente. Resignada, tras las dos vueltas de rigor a las manzanas colindantes dio con él y se puso rumbo al trabajo. Ese día se encontró con el tráfico bastante cargadito. Salir de la ciudad se puso en contra. Algún espabilado había dejado caer, literalmente, su furgoneta de reparto en medio de la calle y obstaculizaba el paso. Tal cual. A saber dónde estaría el mozo, porque daba la sensación de que había parado en seco en medio del carril y se había marchado a lo suyo dejando allí aquel regalito. Más adelante, ya en carretera, el ritmo volvió a ralentizarse. Había un carril en obras. Sin obreros. Sin maquinaria. Pero señalizado, inutilizado y desviado. Y vacío. Por lo que el tiempo de llegada al destino se dobló. Daba igual la previsión o lo temprano que se levantase, que algo se cruzaría de por medio para hacer de las suyas. "A merced del día, estamos todos a merced del transcurso de los días", pensó.
Esa tarde escribió sobre el tema. Sobre lo imprevisible e inesperado. Inevitablemente acudió a su ateísmo y a su modo particular de vivir la espiritualidad. ¿Habría algo en realidad que manejara el cotarro? Ella sabía muy bien que todos somos dueños de nuestros actos. Que dirigimos en gran parte nuestro propio destino. Y que cada acción que llevamos a cabo condiciona, para bien o para mal, las siguientes. Naturalmente que sabía todo eso. Pero nadie podía quitarle la sensación puntual de estar en manos de algo o de alguien. Enfrascada en sus textos, paró para prepararse un café. ¡Casi no quedaba! Y estaba segura de haber comprado el día anterior y de que tampoco había tomado tanto. Resopló, acabó lo que tenía entre manos y salió a la calle.
La gente estaba revuelta. Había demasiado gentío por todas partes. Acababan de inaugurar el alumbrado y la decoración navideñas y todo el mundo parecía haberse puesto de acuerdo para salir al mismo tiempo. Tenían todos caras de circular por circular. Hoy tocaba. Inexpresivos y algo robóticos. Y las aceras colapsadas. Y los semáforos inundados de coches y de motos. Era la misma sensación que se tiene cuando se entra en una casa tremendamente recargada. Llena de objetos inútiles que perfilan cada rincón, pero que hay que ir sorteando para no estropear el panorama. Y se agobió. Empezó a estar inquieta, a querer rebelarse contra todo. A necesitar escapar de todo aquello y en un arrebato así lo hizo. Fue hasta su coche, tomó camino y se dirigió al aeropuerto. Cuando quiso darse cuenta estaba subida a un avión con nada más que lo puesto.
Estaba loca. Un tanto loca. No era muy consciente de cómo había llegado allí, ni de cómo se había dejado llevar por un impulso así, pero se vio despegando y sobrevolando la ciudad, sin idea clara de qué haría después. Tampoco le importaba demasiado. Miró por la ventanilla para ver cómo todo se hacía cada vez más pequeño. Era bonito. Todo lleno de luces perfectamente alineadas. Y pequeños coches en fila moviéndose prácticamente al mismo ritmo. Y de pronto vio algo extraño. La ciudad no parecía tener horizonte. Era casi una foto fija, plana y rectangular. El mar que la bordeaba parecía acabar ahí, en la nada y en línea recta. Y bajo su superficie asomaban unos artilugios triangulares que simulaban servirle de soporte. Siguió observando, queriendo captar cada detalle inexplicable y percibió una sombra sobre la zona norte de la ciudad. Algo acababa de mover un edificio de sitio, sin alterar absolutamente nada del resto del entorno. Estaba impactada, pero sobre todo aterrada. Y tenía pocos segundos para entenderlo todo antes de que el avión se alejase y no pudiese ver más a esa distancia. Giró la cabeza y alzó la vista por la otra ventanilla. No pudo creer lo que allí vio. Unos ojos enormes de color castaño que ocupaban todo el hueco del cristal. Saltó en el sillón, entró en pánico y se desmayó.
Un sonido molesto la despertó. Estaba en su cama, pero se sentía desconcertada y desorientada. Aún no había amanecido y tenía que ir a trabajar. ¡Tenía que ir a trabajar, por Dios! Estaba hecha un nudo en medio de una sensación desagradabilísima. ¡Qué pesadilla! Se puso en pie todavía en shock y de forma automática desayunó, se duchó, se arregló y salió de casa. Se le había quedado muy mal cuerpo con el sueño que había tenido, suele pasar así. Paró a comprar su café para llevar y empezó a pensar en los detalles del sueño minuciosamente. Y a intentar interpretarlos, como siempre. Alguna explicación tendría que tener y acabaría dando con aquello que ocupaba su subconsciente. Algún mensaje oculto, algo que le atormentaba,... Sin duda alguna la fuente de sus preocupaciones estaba allí mismo, en su cabeza. Y siguió caminando a su destino. Pero al llegar, su coche no estaba allí, donde lo había aparcado. Ni tampoco la tienda en la que había comprado café un par de días antes. Simplemente no estaban. En su lugar una tienda de juguetes, modelismo, maquetas y artilugios antiguos. Nueva, brillante y reluciente.
PEQUEÑOS ESBOZOS (X): ¿Mens sana?
By María García Baranda - diciembre 06, 2016
Las mentes inquietas reflexionan profundamente. Sienten profundamente. Sufren profundamente. Comprenden profundamente. Viven profundamente.
Me pregunto si merece la pena ser un ser pensante, o si por el contrario sería mucho más práctico conducir en velocidad más corta, con un menor desgaste y menos necesidad de concentración. Porque vamos a ver, digo yo, que una termina muchos de sus días tremendamente agotada de observar las figuras de unos y de otros desde todos los prismas posibles. Y me atrevería a afirmar que casi la absoluta totalidad de las cosas, de las acciones que llevamos a cabo los seres humanos, de las personalidades de cada individuo tipo, de las emociones y reacciones, podrían ser entendidas y comprendidas. No digo que justificadas ni positivizadas, sino que podrían ser analizadas en torno a una causa y a una consecuencia. O a varias. Todo ocurre por algo. Y últimamente me digo que también ocurre para algo en concreto. Salvo muy notorias excepciones. La cuestión es que dado que todo es materia pensable y analizable, a poco constante que se sea en su práctica, una llega a hacer fondo y a digerirlo como una norma de conducta y un hábito que se convierte en inherente. Bien. Fantástico. Genial. Hemos subido un escalón en el desarrollo intelectual y, seguramente, en el emocional. ¿Y qué hacemos con ello ahora? Porque percibir como una va aprendiendo, madurando, creciendo internamente, nutre casi tanto como el propio hecho en sí, pero ¿es realmente rentable? Me atrevería a ponerlo en cuarentena. Con la boca pequeña diría que lo dudo, porque aunque los beneficios individuales y personales de ello quedan patentes, rara vez se obtiene el rendimiento que debería. Para poder sacarle una rentabilidad aceptable al esfuerzo realizado con nuestra mente, para poder ver los frutos que nos ha dado el rompernos la cabeza en un asunto, en entender algo, en buscar pros y contras, porqués y finalidades, para poder coger con las manos el beneficio de todo ello es preciso que la otra parte interiorice y absorba de igual manera. Si no, apañados vamos y es tal como darse con una piedra en medio de la cara. No hay retroalimentación, reciprocidad ni equilibrio mutuo. No hay toma y daca. Unos hablando en Español y otros en Chino. Ni la mímica ayuda en este caso. ¿Resulta útil pues, partirse la mente y quemarla en la hoguera, en los tiempos que corren?, ¿escucha alguien con tanta tozudez emocional y sentimental, con tanto ego y derivados?, ¿entones? A veces me digo que con un poco menos, íbamos bien servidos. Yo al menos no me sentiría tantas veces como predicadora en el desierto, porque juro que escasea lo que yo sé que escasea. Y no me tiréis más de la lengua.
UN CUENTO...
Se encontraron en medio de la frivolidad, del descaro, del tráfico de cuerpos, de las palabras sin sustancia, de las almas ajadas, de las pieles resecas, de las corazas de piel muerta, de las caras sin nombres y los nombres sin caras.
Se trataron por medio de la mesura, del respeto, del cuidado a los cuerpos, de las palabras plenas de sentido, de las almas pletóricas, de las cálidas pieles, de escudos derribados, a la cara, en su nombre.
ROJO
Se fundieron en uno.
Enredaron sus cuerpos cada noche.
Y se amaron hasta el último centímetro del alma.
Se escucharon, se captaron, se comprendieron.
Se abrieron uno al otro.
Se ayudaron. Crecieron juntos.
Se ayudaron. Crecieron juntos.
Se aportaron lo no imaginado.
No hay día que no mire uno por los ojos del otro.
VERDE
Se perdieron en las noches de sexo sin freno alguno.
Probaron cuanto la lujuria les sugería.
Saciaron su hambre. Se mordieron.
No volvieron a llamarse.
Ni a verse. Ya ni se recuerdan.
AMARILLO
Compartieron proyectos e ilusiones.
Celebraron sus éxitos. Luego tan solo alguno.
Otros no tanto. Y dejaron de felicitarse.
Y se echaron en cara algunas cosas.
Y llegaron las críticas. Los reproches.
Y ya ni una palmada por sus logros.
Hoy sus abogados tratan de repartir sus beneficios.
BLANCO
Y pasearon a diario.
Recorrieron los parques y las playas.
Los cafés. La ciudad.
Se contaron sus cosas. Se abrazon.
Pero jamás un beso, ningún pequeño roce.
Sin mayor intención que acompañarse.
Eternos.
NEGRO
Y comenzaron a compartir todo su tiempo.
Sus cotidianidades. Su día a día.
Sus noches más sensuales. Y las más tiernas.
Sus vidas por completo.
Salieron, entraron, viajaron.
Hasta el último día.
Fueron las víctimas 80 y 81 de un accidente aéreo.
Iban de luna de miel.
GRIS
Empezaron a quedar de vez en cuando.
Tomaban algo. Charlaban de su día.
Se contaban cosas de sus trabajos.
Cine, cena y casa.
Distanciaron sus citas. Dos por semana.
Y algún otro café casi en silencio, pero amable.
Esta noche han quedado. ¿Qué peli ponen?
(I) - EL PASEO
Era bastante torpona, pero cogió su bicicleta y comenzó el trayecto decidida a dar lo mejor de sí. Avanzó, avanzó, avanzó. Se detuvo tan solo para beber unos sorbos de agua recalentados, pero sin más tardar continuó. Pedaleó, pedaleó, pedaleó. Se detuvo unos minutos para sentarse de mala manera a reunir fuerzas y continuó. Se resistió, se resistió, se resistió. Fue azotada por un viento fortísimo. Se topó contra una pared. Tuvo que darse la vuelta y regresar a casa.
(II) - EL BAILE FINAL
Por primera vez en mucho tiempo sonaba una música celestial. Las notas desfilaban en un armonioso paseo que les invitaba a bailar. Y bailaron. Todos los ritmos. Noche y día. No bailar era triste. No bailar provocaba un vacío. Necesitaban bailoteo en sus vidas. Y música. Y carcajadas. El gramófono dejó de sonar. Alguien lo había parado. Y también las risas.
(III) - ALMA
- ¿Qué haces?
- Coser.
- ¿Y qué coses?
- Mi alma.
- ¿Y por qué?
- Porque está hecha añicos. Y por las hendiduras se escapan trocitos de mí a cada bocanada de aire que exhalo.
- ¿Puedo ayudarte?
- No. Nadie puede. Gracias.
(IV) - LA MENTIRA
Tenía cara de enfadada. Y lo estaba. Profundamente. Con ella. Con él. Con la vida. Sin embargo habría de permanecer ciega, sorda y muda. Todo estaba oscuro. Ya no veía. Nadie encendía la luz. Todo era silencio. Nadie hablaba. Por más que lo intentaba no conseguía despegar sus labios. Decidió pintárselos de un rojo intenso. Y disimular. Y mentir. Mentir muchísimo. Pero prometió que mientras permaneciera ciega, sorda, muda y mintiendo, no volvería a sonreír. Y así lo hizo. Continuó siendo bella eternamente y conservó la piel más tersa del mundo. Y el gesto más severo.
(V) - EL TEATRILLO
Le encantaba el teatro. El ballet. La música. La literatura. Cada día les dedicaba un ratito a las artes. A su estilo. A su forma. Pequeñas historias con preciosos personajes vestidos de terciopelo y de oro, llevando el compás de sus vidas. Tan adorables. Tan felices. Tan mágicos. Tan... ¿irreales? En ningún otro sitio había visto nada igual, salvo en el arte. A su alrededor nadie parecía emularlos. Todo era realmente extraño. Perfecta y artificialmente asentado en sus justas posiciones. Entró en su habitación. Ante el espejo se descubrió unos hilos que la ataban de cuello, de brazos y de piernas a unos travesaños de madera que colgaban del techo. Era una marioneta. Con guión. Sin más voz, ni más voto que lo ya escrito. ¿Y al mando? Alguien llamado Vida. Corrió al cajón de la cocina, cogió las tijeras y cortó los hilos. Cayó al suelo.
(VI) - EL CAFÉ
Dormía sin cesar. Tenía tanto sueño atrasado que caía rendida de puro agotamiento mental. Despertaba con sueño, se movía lentamente, escribía un rato y volvía a dormirse. A las horas abría los ojos de nuevo. Pensaba, elucubraba, meditaba, desconectaba, pero le entraba otra vez una soporífera sensación de pesadez de mente y caía inconsciente. Trataba de abrir los ojos, pero lo conseguía a duras penas. El cuerpo pesaba, las ideas aún más. Decidió prepararse un café bien cargado, de los suyos, de los de siempre, por si le ayudaba a despertar de ese letargo que la invadía. Tan solo le dio tiempo a girar un par de veces la cuchara y dar apenas un sorbo. Cayó de nuevo en un largo e intensísimo estado de somnolencia. Lo más curioso de todo es que cuando podía articular palabra decía: "no me dejéis dormir que no tengo sueño". Nadie le hizo caso.
AUTOEXIGENCIA EXCESIVA (o cuando la psicología te estalla en la cara)
By María García Baranda - diciembre 04, 2016
PRELUDIO
Tal vez no se aprecie, pero el artículo que hoy escribo es para mí, por su contenido, uno de los más íntimos y difíciles de cuanto he escrito. Vive en él uno de los componentes más complejos de mí misma, algo que marca mi día a día y que tiene casi tanta antigüedad como yo. Llegar a él significa para mí más de lo que cualquier lector pueda imaginar. Y escribirlo y publicarlo me ha mantenido dubitativa. Pero lo he hecho. Y sé que he hecho bien.
Me han arrastrado hasta aquí tres ideas que me han estallado a un tiempo para converger en un punto del que aún no sé qué conclusión sacaré. Mucho me temo que habré de esperar a terminar lo que aquí escribo para que pensamiento y letra escrita se alcancen. Y lo necesito. Realmente lo necesito. Es este artículo, pues, producto de una absoluta disección interna, mía y solo mía, compartida -como siempre hago- por si es de utilidad. Tres ideas que se han encontrado por el camino. La primera surge a raíz de un artículo de psicología que da en el blanco de mis demonios y cuya lectura me ha hecho suspirar hondísimo. La segunda es ese dicho que suelo repetir de que nadie escarmienta en cabeza ajena. La tercera es consecuencia de las otras dos y es lo que yo llamo el síndrome del "te lo dije". Al tema.
Enredando aquí y allá doy con un artículo que a medida que avanza me da en la cara con los que he llamado algunos de mis demonios. A medida que voy leyendo, todo va encajando perfectamente, y letra a letra voy viendo reflejada la mujer que soy hoy. De todo lo que de él rescato, comparto aquí la idea de que soy alguien que se juzga frecuente y duramente. No llego a flagelarme, pero si me examino constantemente y a veces hay un punto de castigo. Y en algunos aspectos soy tremendamente tacaña con la nota. Eso es una realidad que quien bien conoce se sabe al dedillo. Pues bien, descubro que tal tendencia viene del autorreproche y este de un sentimiento de impotencia y frustración al no haber podido cambiar ciertos acontecimientos de mi vida. Esas preguntas que todos nos hacemos a veces y que yo llevo décadas formulándome. ¿Podría haber hecho algo?, ¿podría haber cambiado las cosas?, ¿y si yo hubiera...? Esas preguntas, sí. Esas cuestiones que mal respondidas o nunca resueltas acaban desembocando en la idea de no haber estado a la altura y de no haber resuelto una situación. Eso a lo que también puedo llamar sentimiento de culpa. Y trae esto consigo de la mano una de las características que mejor me define y que es la antítesis de lo que acabo de plantear. Absolutamente tolerante con las debilidades ajenas. Y a veces hasta cuando no es justificado. Aunque les haya puesto verdes en un momento dado, aunque les diga que algo no está bien, la lealtad que profeso a esas personas la siento tan sumamente férrea y arraigada que voy a encajar, minimizar y recolocar tales debilidades. Y del mismo modo sus impulsos, sus cambios emocionales, sus idas y venidas vitales. Precisamente porque así me he sentido yo muchas veces y es algo que doy por hecho que todos -o casi todos- padecemos. Conciencia absoluta de lo humanos que somos. A eso mío, al parecer lo llaman lealtad patológica y quizás lo sea. Pero ya que la tengo conmigo, voy a sacarle partido y a convertir en positivo lo que procede de algo que supuestamente no lo es tanto.
Todo lo que he expuesto hasta aquí me llevó directa a la segunda idea: nadie escarmienta en cabeza ajena. En efecto, todos hemos de tropezar con nuestras propias piedras, aun idénticas, y por más que yo sea la que arriba describo, alguien que ha experimentado ciertas situaciones vitales duras, difíciles y que han requerido de un trabajo mental arrasador, no puedo evitar que cada uno haga su propio camino. Y lo sé, aunque me muerda los labios cada vez que me veo en un trance de ese tipo. No está en mi mano, cada uno debe hacer su propio trayecto,...
Y de ahí salté a la tercera. Eso que he bautizado como el síndrome del "te lo dije". Y es que tantas veces pronunciaríamos esa expresión y no lo hacemos porque no debemos. Y pensamos lo que planteaba en el punto dos, eso de que cada uno ha de tropezar por sí mismo. Y seguido me digo: "Pero María, ¿cómo no van a servir de nada tus conocimientos, tus experiencias, lo que ya has alcanzado, grande, mediano o pequeño?" Es inevitable que llegue hasta ese hito. Y creo que es entendible ahora que me deje los nervios y la piel en aquellas empresas que requieran de mí esa labor. Como ya podréis entender, trato de hacer algo para cambiar las cosas, de aportar lo que sé, de advertir del final de las novelas que ya leí, de evitar el dolor a quienes quiero. Porque de algo ha de servir mi experiencia. Porque no quiero volver a sentirme impotente, ni insuficiente para mejorar el panorama. Porque necesito darme la oportunidad de construir y de utilizar para algo bueno los dolores que arrastro. Porque si te quiero, ¿cómo voy a dejarte sufrir sin más? Infeliz tú, infeliz yo.
Y aquí estoy. Habiendo averiguado mis porqués. Moviendo la cabeza arriba y abajo, y diciéndome que ahora lo entiendo todo. Poniéndolo por escrito para que no se me olvide ni uno de los matices que hoy he alcanzado. Masticando lo que seguramente es una de las reflexiones más importantes de toda mi vida y más decisivas para el conocimiento de mí misma. Compartiendo esto con el mundo, a pesar de lo mucho -y grave- que es y que significa para mí, pero precisamente por ser quien soy y como soy. El resultado de mis vivencias, de mi crecimiento, de mi infancia, adolescencia, juventud y madurez. Para bien y para mal. Y alguien que se dice desde muy niña que hay que ser muy tontos para no aprovechar mejor lo que nos podemos aportar entre nosotros.
- A mí me dan exactamente lo mismo tus razones. A ver, no me dan lo mismo, claro que las respeto, valoro, aprecio,.... De hecho, creo que son.... Bueno, es igual, que no me hacen sentir convencida de nada, ni conforme, ni de acuerdo. Porque son tus razones y no las mías, y porque a mis años, yo creo que le he declarado la guerra a aquello a lo que se me obliga por el artículo treinta y tres. Sí, eso es. Las mordazas, las vendas, las ataduras de pies y manos, las llevo francamente mal. A lo mejor es porque he tenido que tragar y tragar ya tantas cosas que he cumplido mi cupo. Y ya no trago con más decisiones de las que no soy partícipe. A lo mejor es eso, sí. Que las gasté antes de tiempo y ahora no me queda ya gran cosa en la reserva. Como yo no lo vea, ya puedes vendérmelo envuelto con papel de regalo y con un lacito, que no va a haber nada que hacer. Nada. ¡Qué le voy a hacer! Y sí, claro que me vas a oír discutirlo, debatirlo e intentar pelearlo, pero no veo yo que vaya a quedar satisfecha con el asunto ni que acepte de buen grado. Si no hay forma, me guardaré el pensamiento al respecto y haré de mi capa un sayo. ¡Qué remedio! Y no, no es una chulería ni una amenaza, es que no me gusta que me silencien ni de palabra, ni de obra, ni de pensamiento. Ya deberías saberlo. O no, ¿quién sabe? Pero en fin, que las decisiones de cada uno son muy respetables, así que, precisamente por eso, te digo que las mías también. Te pongas como te pongas. Digas lo que digas. Y creas lo que creas.
- La verdad es que no entiendo por qué tienes que ponerte así solo porque te digo que no quiero salir de casa.
- Porque, cariño, permíteme que te diga, no es que no quieras salir de casa, es que no quieres salir del cascarón. Y bien que asomas la cabeza afuera para decírmelo y venderme la moto. Tú dentro del cascarón y yo rabiando, fíjate tú qué rareza la mía. Que yo solo quería salir de casa a bailar contigo.
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| Erick Oh |
Me he dado cuenta de que no soy una chica de las de ayer, de ideas tradicionales, juicios ajenos, ni opiniones calzadas en escuadra. Que hace mucho que el sota, caballo y rey no me dicen nada en absoluto. Que eso de que para llegar a ce has de pasar antes por a y por be tampoco me convence. Que el si no estás conmigo, estás contra mí me resulta simple y peregrino. Que la moralidad, la idea de lo correcto y lo incorrecto, de lo bueno y lo malo, para mí no tiene nada que ver con lo que se enseña en sociedad. Que aprendí que entre estar sola y en soledad hay una gran diferencia. Que la vida no ha de ser necesariamente como la imaginamos de niños, en función de cómo observábamos la de nuestros padres. Y que las opiniones ajenas cuando me sucede algo serio rara vez casan con la mía.
Me he dado cuenta de que tampoco soy una chica de las de hoy, de un carpe diem mal traducido, de un todo vale y cualquier cosa me sirve. Que lo perecedero no siempre es mejor por renovable. Que pasar a la siguiente fase sin dolor alguno no me resulta factible por el mero hecho de que la vida sea así. Que aunque a mi edad ya sé que es el presente lo único que importa, quiero que sea bueno y verdadero. Que la inmediatez no me la creo, porque es opio para un rato y una masa voluble en estado puro. Que la falta de compromiso me decepciona y no me llena. Y que lo que no forma raíces me pone muy, muy triste.
Me he dado cuenta de que soy un tanto ecléctica. Que soy de manta, sofá y larga conversación; y de locuras, taconeo y largas pestañas. Que me gusta el rock y la música clásica. Que visto de seda o de cuero, según el día. Que cocino para veinte o no abro la nevera. Que me encierro en mis letras o me vuelvo loca ante los trapos, según mis necesidades. Que paso de ser tierna a ser un volcán en llamas en minutos. Que mi mente centrada se descentra al mínimo dardazo. Que mi seguridad es insegura. Y mi inseguridad disimula pisándose bien fuerte.
Me he dado cuenta de que mi corazón cuenta con dos niveles de profundidad que no todos ven. Que en el primero soy de todo el mundo, para todo el mundo, por todo el mundo. Pero que me entrego en cuerpo y alma tan solo en el segundo. Tan solo a unos pocos, a quienes son muy míos, a quienes me descubren mi sombras, me quieren con ellas, me muestran también las suyas y me dejan compartirlas; a los que me roban el alma pero no se la llevan consigo, sino que se quedan para verla engordar. Para hacerla crecer, de hecho. A quienes no tienen miedo ni de sí, ni de mí, ni de la vida, aunque a veces tiemblen de pavor y lloren amargamente.
Me he dado cuenta de que generar -sana- necesidad de mí a mí también me es muy preciso. Que aunque autónoma, necesito que me cuiden. Que me cuesta delegar y dejar las decisiones en otras manos, y que cuando sé que conozco la fórmula y no puedo aplicarla me pongo roja de ira. Que soy capaz de estallar de dolor hasta salirme de la órbita y de tener la calma más plácida del mundo en los momentos más críticos. Que me dedico a enseñar y estoy siempre con hambre de aprender.
Me he dado cuenta de que las cosas no siempre son como uno quiere. De que uno no puede hacer siempre lo que quiere, cuándo quiere, cuánto quiere. Pero que al final voy a hacer siempre lo que me dé la gana, porque como bien dice mi madre: "no hay quien te gane a obstinación ni tesón". Que siempre hice lo correcto siendo totalmente imperfecta. Y que cuando hago lo incorrecto tampoco pasa nada. Que me saca de quicio que cuestionen mis cosas, que hace tiempo que dejé de meterme en asuntos ajenos y no son de importancia, que si yo no pregunto, no me juzgues tú a mí. Que saltarme las reglas es algo que practico cada vez más frecuentemente. Que me pongo de peineta ciertos asuntos cuando sé que hay un bien superior que alcanzar. Pero que lo hago de manera ordenada, como quien no quiere la cosa, como nos enseñaron nuestros mayores, con la cortesía por bandera y las distancias justas. Como la chica de ayer que nunca fui y la de hoy con quien no encajo. Que quien me ve, pero no sabe fijarse puede llevarse una idea muy errónea de mí.
De todo eso me doy cuenta. Me doy cuenta de mí.















