ME DESPIDO DEL HOMBRE Y NO DEL GENIO
By María García Baranda - abril 18, 2014
(A Gabriel García Márquez)
Torcí mi gesto anoche al
enterarme. Las pérdidas artísticas –por más que su obra prevalezca- nos dejan casi
siempre suspendidos en un vacío eterno; pero en esta ocasión el adiós de García
Márquez nos deja huérfanos de voz. Utilizó sus letras como vehículo de
transmisión de lo que cualquier ser humano anónimo y sencillo se encuentra a cada paso.
Entendió como pocos a los hombres y se vistió con la capa de la ausencia de
miedo para gritarle al mundo lo que muchos pensamos, pocas veces decimos y casi
nunca tenemos el valor de defender en alto. Pensé: ¿quién va ahora a leerme el
pensamiento y a contárselo al mundo?
Ochenta y siete años de
vida son muchos años cuando se asientan en el paradigma de la autenticidad
existencial. De nada serviría sentarse en una silla y reclinarse a contemplar
los días sin otra tendencia que la de una inerte aceptación ausente de cualquier
aprendizaje. Quienes, sin perder la noción de lo transitorio de aquella, se
beben las mieles de cada éxtasis y las hieles de cada descenso a los infiernos podrán dar por bien empleado su paso por el
mundo.
Torcí mi gesto anoche al
enterarme. Las pérdidas artísticas –por más que su obra prevalezca- nos dejan casi
siempre suspendidos en un vacío eterno; pero en esta ocasión el adiós de García
Márquez nos deja huérfanos de voz. Utilizó sus letras como vehículo de
transmisión de lo que cualquier ser humano anónimo y sencillo se encuentra a cada paso.
Entendió como pocos a los hombres y se vistió con la capa de la ausencia de
miedo para gritarle al mundo lo que muchos pensamos, pocas veces decimos y casi
nunca tenemos el valor de defender en alto. Pensé: ¿quién va ahora a leerme el
pensamiento y a contárselo al mundo?
Me despido del hombre y no
del genio; y lamento su pérdida. Se va el preclaro pensamiento de lo que somos,
de lo que nos muerde el alma sin huidas, de lo que nos empuja a despegar del
suelo nuestros pies,… Llamó amor al amor, sexo al sexo, mezquindad a la
mezquindad, placer al placer, justicia a la justicia; y jamás se rasgó las
vestiduras por hacerlo. Era tan solo un hombre, ni más ni menos, cronista de
unos tiempos en los que no abunda la naturalidad en la palabra y cuesta menos
arrancar un vestido que desnudar el alma; consciente de que bien podría haber
vivido en la Hélade, en la oscura Edad Media o en tierras de Mahoma, que no
habría tenido que cambiar ni una coma de sus palabras. Me despido del hombre y
no del genio, sí; porque escribir son muchos los que escriben y aunque su lápiz
me parezca sublime, me admiran mucho más sus reflexiones humanas y su capacidad
de poner sus entrañas encima de la mesa y compartirlas.
(“Dile que sí, aunque te estés muriendo de miedo, aunque
después te arrepientas, porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida
si le contestas que no”.
El amor en los tiempos del
cólera. G.G.M.)
Cuesta poco darse cuenta al asomarse a este blog de que
la inmensa mayoría de los textos versa sobre mis reflexiones personales sobre
las emociones, los sentimientos, las relaciones, los cambios originados por el
tiempo y las experiencias… ¿Qué le voy a hacer?, ¡es lo que hay! Cuando comencé
a escribir en él no era muy consciente de la dirección que tomarían mis letras,
pero sabiendo que en mi balanza cae por su propio peso del lado del corazón la
causa es cristalina.
Son muchas las horas del día que empleo en mis labores
cotidianas, pero entre los entresijos de cada una de ellas se enredan miles de
pensamientos que no dejan que me olvide de cómo me siento y de la gente que
ocupa un espacio en mi vida. Siendo sincera y justa con el periodo vital que
atravieso, reconozco que profesionalmente estoy satisfecha conmigo misma; no
acuso carencias de apoyo y reconocimiento de mi entorno más próximo. Mis
relaciones personales me hacen sentir profundamente querida y parte de un todo
esencial para mi gente. Granito a granito voy construyendo la vida que quiero.
No es tal y cómo pensaba antes de atravesar la puerta de la edad adulta, nunca
lo es; el camino ha sido arduo, en extremo doloroso alguna vez y tremendamente
pleno otras. Y lo más importante es que con muchísimo esfuerzo interior voy
sumando y no se agotan mis ganas de seguir haciéndolo, más bien al contrario,
ya que estas se retroalimentan.
Así descrito, cualquiera habría de decirme -palmadita en
la espalda incluida-, que no hay motivo de desasosiego; no me quejo, sin
embargo, he de decir sin pudor que últimamente me encuentro ciertamente
inquieta. Sé con certeza absoluta que deseo algo con fuerza; y creo que ese
algo no ha de ir a buscarse, sino que ha de llegar por sí mismo, precisamente
por su condición de elemento esencial en el camino de quien lo espera. Por todo
ello, la tarea no es en absoluto fácil, al menos a mí no me lo resulta. Si bien
el miedo a equivocarme y la inseguridad en asuntos materiales brillan por su
ausencia, mi capacidad de derretirme espiritualmente ante el anhelo más
profundo, ese…ese no se puede medir. Pongamos un metafórico ejemplo. Si se
tratase de elegir un vestido del escaparate de una tienda descomunal, calculo
que entre todas las posibilidades habría uno, o tal vez dos, que me enganchase
la mirada. Sería naturalmente atractivo a mis ojos, pero también de un tejido
natural y envolvente, de esos que se convierten en una segunda piel. Al
ponérmelo me haría sentir especialmente guapa, pero también elegante. Hasta
aquí, sin problema. Restaría entrar a probármelo y ahí es el vestido quien
habla porque ha de cumplir dos condiciones fundamentales: la primera, que esté
disponible para mí; la segunda, que al dejármelo caer sobre el cuerpo quiera
encajar. Así pues, no es únicamente la elección que hacemos personalmente, sino
la que hagan de ti.
Entendido el concepto, vuelvo ahora a mi inquietud ante
la impotencia de no poder controlar los anhelos y deseos, pero sobre todo
frente a algo que me desconcierta aún más, llegando incluso a enfadarme conmigo
misma: el hecho ponerme freno y dejarme influir por las reacciones ajenas,
paralizando mi capacidad de acción y restándome valentía para expresar lo que
siento. Me queda ahora averiguar por qué demonios no me rehago y me soy fiel
únicamente a mí misma, si de sobra sé que no es mi estilo. A ver cómo me las
apaño para dejar a un lado todo aquello que no nazca únicamente de mis
instintos y diga el mundo lo que diga, ir a por lo que quiero cuando al fin lo
veo… aunque eso suponga desnudarse en público.
QUIEN NO AMA NO VIVE
Quienquiera que fueres, óyeme:
si con ávidas miradas
nunca tú a la luz del véspero
has seguido las pisadas,
el andar süave y rítmico
de una celeste visión;
O tal vez un velo cándido,
cual meteoro esplendente,
que pasa, y en sombras fúnebres
ocúltase de repente,
dejando de luz purísima
un rastro en el corazón;
Si sólo porque en imágenes
te la reveló el poeta,
la dicha conoces íntima,
la felicidad secreta,
del que árbitro se alza único
de otro enamorado ser;
Del que más nocturnas lámparas
no ve, ni otros soles claros,
ni lleva en revuelto piélago
más luz de estrellas ni faros
que aquella que vierten mágica
los ojos de una mujer;
Si el fin de sarao espléndido
nunca tú aguardaste afuera,
embozado, mudo, tétrico
mientras en la alta vidriera
reflejos se cruzan pálidos
del voluptuoso vaivén,
Para ver si como ráfaga
luminosa a la salida,
con un sonreír benévolo
te vuelve esperanza y vida
joven beldad de ojos lánguidos,
orlada en flores la sien.
Si celoso tú y colérico
no has visto una blanca mano
usurpada, en fiesta pública,
por la de galán profano,
y el seno que adoras, próximo
a otro pecho, palpitar;
Ni has devorado los ímpetus
de reconcentrada ira,
rodar viendo el valse impúdico
que deshoja, mientras gira
en vertiginoso círculo,
flores y niñas al par;
Si con la luz del crepúsculo
no has bajado las colinas,
henchida sintiendo el ánima
de emociones mil divinas,
ni a lo largo de los álamos
grato el pasear te fue;
Si en tanto que en la alta bóveda
un astro y otro relumbra,
dos corazones simpáticos
no gozasteis la penumbra,
hablando palabras místicas,
baja la voz, tardo el pie;
Si nunca al roce magnético
temblaste de ángel soñado;
si nunca un Te amo dulcísimo,
tímidamente exhalado,
quedó sonando en tu espíritu
cual perenne vibración;
Si no has mirado con lástima
al hombre sediento de oro,
para el que en vano munífico
brinda el amor su tesoro,
y de regio cetro y púrpura
no tuviste compasión;
Si en medio de noche lóbrega
cuando todo duerme y calla,
y ella goza sueño plácido,
contigo mismo en batalla
no te desataste en lágrimas
con un despecho infantil;
Si enloquecido o sonámbulo
no la has llamado mil veces,
quizá mezclando frenético
las blasfemias a las preces,
también a la muerte, mísero,
invocando veces mil;
Si una mirada benéfica
no has sentido que desciende
a tu seno, como súbito
lampo que las sombras hiende
y ver nos hace beatífica
región de serena luz;
O tal vez el ceño gélido
sufriendo de la que adoras,
no desfalleciste exánime,
misterios de amor ignoras;
ni tú has probado sus éxtasis
ni tú has llevado su cruz.
Quienquiera que fueres, óyeme:
si con ávidas miradas
nunca tú a la luz del véspero
has seguido las pisadas,
el andar süave y rítmico
de una celeste visión;
O tal vez un velo cándido,
cual meteoro esplendente,
que pasa, y en sombras fúnebres
ocúltase de repente,
dejando de luz purísima
un rastro en el corazón;
Si sólo porque en imágenes
te la reveló el poeta,
la dicha conoces íntima,
la felicidad secreta,
del que árbitro se alza único
de otro enamorado ser;
Del que más nocturnas lámparas
no ve, ni otros soles claros,
ni lleva en revuelto piélago
más luz de estrellas ni faros
que aquella que vierten mágica
los ojos de una mujer;
Si el fin de sarao espléndido
nunca tú aguardaste afuera,
embozado, mudo, tétrico
mientras en la alta vidriera
reflejos se cruzan pálidos
del voluptuoso vaivén,
Para ver si como ráfaga
luminosa a la salida,
con un sonreír benévolo
te vuelve esperanza y vida
joven beldad de ojos lánguidos,
orlada en flores la sien.
Si celoso tú y colérico
no has visto una blanca mano
usurpada, en fiesta pública,
por la de galán profano,
y el seno que adoras, próximo
a otro pecho, palpitar;
Ni has devorado los ímpetus
de reconcentrada ira,
rodar viendo el valse impúdico
que deshoja, mientras gira
en vertiginoso círculo,
flores y niñas al par;
Si con la luz del crepúsculo
no has bajado las colinas,
henchida sintiendo el ánima
de emociones mil divinas,
ni a lo largo de los álamos
grato el pasear te fue;
Si en tanto que en la alta bóveda
un astro y otro relumbra,
dos corazones simpáticos
no gozasteis la penumbra,
hablando palabras místicas,
baja la voz, tardo el pie;
Si nunca al roce magnético
temblaste de ángel soñado;
si nunca un Te amo dulcísimo,
tímidamente exhalado,
quedó sonando en tu espíritu
cual perenne vibración;
Si no has mirado con lástima
al hombre sediento de oro,
para el que en vano munífico
brinda el amor su tesoro,
y de regio cetro y púrpura
no tuviste compasión;
Si en medio de noche lóbrega
cuando todo duerme y calla,
y ella goza sueño plácido,
contigo mismo en batalla
no te desataste en lágrimas
con un despecho infantil;
Si enloquecido o sonámbulo
no la has llamado mil veces,
quizá mezclando frenético
las blasfemias a las preces,
también a la muerte, mísero,
invocando veces mil;
Si una mirada benéfica
no has sentido que desciende
a tu seno, como súbito
lampo que las sombras hiende
y ver nos hace beatífica
región de serena luz;
O tal vez el ceño gélido
sufriendo de la que adoras,
no desfalleciste exánime,
misterios de amor ignoras;
ni tú has probado sus éxtasis
ni tú has llevado su cruz.
Le dijeron una vez que vivía con la intensidad de los
tiempos pasados, sintiendo cada emoción como si no hubiese nada de mayor
importancia que ocupase sus días. Al oírlo frunció el ceño. Lo tomó como una
crítica injusta, un golpe a su lado más sensible, tildada incluso de conservar
aún excesivos rasgos de una adolescencia ya olvidada en el tiempo. Al rato, un
resorte le hizo pensar que quien pronunciaba tales palabras no tenía ni la más
pequeña idea de lo que era sentir profundamente; por nada ni por nadie. Se
convenció de ello en su camino a casa, sin dejar de dar vueltas a la imagen de
que tal vez era ella quien celosamente guardaba en su mano la misteriosa llave
de los corazones ajenos. ¿Por qué no?
Automáticamente comenzó a tejerse una manta con las madejas
de sus pensamientos. En ella había dos colores bien diferenciados. De un lado,
diversas tonalidades de un opaco gris azulado. Del otro, hebras de un intenso y
ardiente rojo. Instintivamente le venían asociadas a la mente las figuras de
caras impertérritas y gestos mecánicos, que cubriéndose con un lívido velo se
protegen de implicaciones emocionales que los días pudieran traer consigo,
viviendo a medias, riendo a medias, llorando a medias… En la cara opuesta, los
rostros de quienes se mordían los labios con tal fuerza, que la sangre
derramada se mezclaba con la respiración de sus amantes. Sabía que ambas clases
de personas no podrían mezclarse, pues si lo hicieran provocarían tal explosión
que a su paso dejaría tan solo un yermo paisaje de color parduzco.
Detuvo su labor, soltó sus agujas y recostada en su
sillón se quedó inmóvil. Miró al reloj que colgaba encima de su chimenea y se
dio cuenta de que el tiempo se había detenido. En ese momento lo supo. Con un
gesto brusco agarró el pedazo de manta que inconscientemente había ido tejiendo
y creo que tardó menos de un minuto en deshacer aquello que no le recordase a
la vívida imagen de un desierto humeante. Ni más ni menos. Seguiría abrigándose
con los colores de quienes se dejan un pedazo de vida en cada paso. Desoiría
las palabras sordas de los que recomiendan ponerse a salvo, intentando no
olvidar que el verdadero peligro se encuentra en unirse a aquellos que
sacrifican la autenticidad por un retazo de paño grisáceo.
Hace
ya un par de horas que debería haberme ido a dormir, pero no engancho el sueño.
Son días estos en los que me siento inquieta y me oigo incluso los nítidos
latidos de un pulso acelerado. En mi mente las ramificaciones de unos temas
enraizados a un mismo tronco y en la boca de mi estómago un mordisco que
percibo con la misma intensidad que la de mi propio corazón. No engancho el
sueño…
No creo que haya nada en mis asuntos más íntimos que hoy no pueda solventar, y sin embargo no me siento indolente a las pinceladas que dibujan mi vida presente. Como un fresco en la pared las toco con una mezcla de cautela, pudor e inseguridad, e inmediatamente me miro las manos para observar los trazos de aguamarina que dejan entre mis dedos. Y me gustan.
Me mantiene despierta la inquietud de saber con certeza mi única forma de afrontar mis asuntos. Un arrebato, meditado no obstante, me elevará a la superficie desde el silencio de las profundidades; allí todo se observa, todo se toca, pero nada se pronuncia, nada se oye.
No engancho el sueño, no. Me atrapan esas maneras mías, … esas que me apartan de la idea de obviar ni una sola de las piezas que componen mi puzle.
No creo que haya nada en mis asuntos más íntimos que hoy no pueda solventar, y sin embargo no me siento indolente a las pinceladas que dibujan mi vida presente. Como un fresco en la pared las toco con una mezcla de cautela, pudor e inseguridad, e inmediatamente me miro las manos para observar los trazos de aguamarina que dejan entre mis dedos. Y me gustan.
Me mantiene despierta la inquietud de saber con certeza mi única forma de afrontar mis asuntos. Un arrebato, meditado no obstante, me elevará a la superficie desde el silencio de las profundidades; allí todo se observa, todo se toca, pero nada se pronuncia, nada se oye.
No engancho el sueño, no. Me atrapan esas maneras mías, … esas que me apartan de la idea de obviar ni una sola de las piezas que componen mi puzle.
No es habitual que escriba de comportamientos humanos
cayendo en generalizaciones basadas en las diferencias de sexo. No me gusta
pensar que hay un patrón hombre-mujer al respecto sin considerar las
particularidades de cada individuo. Menos me gusta aún caer en charlas
quejicosas que firmemente creo son pataletas infantiles por no ser capaces de
reconocer nuestros fallos con el sexo opuesto. Sin embargo, hoy rozaré esa
generalización y me dejaré caer en el cálculo estadístico de actuaciones que se
dan en mayor medida en hombres o en mujeres y que sabemos que se basan en la
más pura composición química de cuerpos y cerebros. Aclarada tal cuestión,
entraré en el tema.
Sábado noche, cena de amigas. Un buen rato, conversación
interminable sobre todo tipo de cuestiones y, cómo no, temas recurrentes, que
no por tópicos dejan de salir a la palestra. Sí, sí, ya sé que el hecho de que
las mujeres hablen de sus relaciones personales y más aún si son con el sexo
opuesto es algo predecible. Pero ¿saben qué?... que no voy a disculparme por
ello. Del mismo modo que no me disculpo por llevar el pelo largo, tacones,
maquillarme o cualquier otra banalidad femenina. Así que menos aún lo haré si
se trata de algo tan esencial como destripar nuestros sentimientos, hablar de
relaciones y enfocarnos en el amor-sexo, la mayor de las fuerzas motrices del
mundo. Si tuviese que extraer la esencia de las conversaciones de la pasada
noche diría que versó respecto a una pregunta basada en nuestra incomprensión
de un comportamiento masculino: ver cómo un hombre al que le gusta, quiere o
incluso ama a una mujer, es capaz de poner distancia de ella, dando carpetazo a
cualquier atisbo de relación por mucho que lo desee. Este podría llegar incluso
a desaparecer, si de pronto su mente le dice que la cosa cuenta con un número
de obstáculos suficientes como para tildarla de relación no fluida. Rápidamente
su mente genera una película protectora, que no lo deja impertérrito, claro que
no, pero que lo coloca en la casilla de salida con destino a la pasada de
página definitiva. Y ahí es donde nosotras nos preguntamos: ¿cómo pueden
hacerlo? Aun sabiendo que cada persona es un mundo y que no todos actuamos de
la misma manera en todas las ocasiones, una mujer que aún siente algo por un
hombre se mantiene al pie del cañón por más dificultades que se tope en el
camino. Y destaco: “…que aún siente algo por alguien…”. Si se marcha, es que ya
no se le mueve el suelo bajo sus pies o no le quema el estómago cuando lo ve.
Nosotras seguiremos pensando –dando vueltas y vueltas, dicen ellos- mientras
quede una mínima esperanza de que el otro mire hacia ella. Y ahí no hay
orgullo, no hay vergüenza ni pudor. Ahí hay un reto personal fundamentado en el
más íntimo de sus deseos y que podría condensarse en una máxima: amar o morir.
¿Queremos pruebas de que, aunque no exclusiva, es esta
una tendencia mayoritariamente femenina? Una mujer sigue enamorada de un hombre,
aunque este le diga que tan solo la ve como a una amiga, esperando que un día
al mirarla vea poco menos que a la irresistible Sherezade bailando la danza de
los siete velos. Una mujer es capaz de ofrecerse voluntariamente a ocupar el
rol de la otra, la amante, soñando que llegará un día en el que él, loco de
amor por ella, deje a su pareja para correr a sus brazos. Una mujer es capaz de
dejarse la piel a girones en una relación que no sale del bucle del conflicto y
la discusión, esperando que él un día comprenda sus razones, empatice
mágicamente con ella y diluya en un beso cualquier atisbo de discusión pasada.
¿Es tal comportamiento positivo? Sí y no. Nada es blanco
ni negro, luego por tanto tiene algo grandioso y es que se trata de una muestra
indiscutible de la enorme capacidad femenina de lucha en lo que a amor se
refiere. Pero se trata de un arma de doble filo y en absoluto racional, porque
se corre el riesgo de caer en la obcecación, en la obsesión y ese intento de
lucha puede llegar a prorrogar lo improrrogable, alargar relaciones que eran la
crónica de una muerte anunciada. Que ocurra eso a los dieciocho, a los veinte…tiene
un pase. Pero que suceda a partir de los treinta es jugar a balancearse en la
cornisa de un rascacielos. A poca experiencia y sentido común que se tenga,
todos sabemos cuándo algo no marcha. Cuando empezamos a no sentir una
cuchillada ante una discusión de enjundia, sino que comienza a no afectarnos
casi; cuando nuestros ojos se abren ante estímulos externos; …ese es el mayor
síntoma del fin. Y lo sabemos, por más que cueste reconocer que nuestra
relación ya ha fracasado o que dudemos de si estaremos haciendo lo correcto
porque cuando la iniciamos pensábamos que sería la ideal, porque aún queda
cariño y porque no queremos herir al otro. Así que -aunque alguna vez me
arrepienta de escribir estas palabras-, diré que, si en algún momento un hombre
sabe que su relación conmigo ya no da más de sí, pártame el corazón de un
martillazo seco, uno solo; pero no prolongue una relación agonizante. Cuando me
cure del todo, se lo agradeceré, lo prometo. La experiencia me lo ha enseñado.
Y romperé hoy una lanza por la igualdad asentada en
nuestras peculiaridades de sexo: mismo destino a través de senderos diferentes.
Ante una relación en crisis, o bien fallida y rota, nosotras curamos la herida
poniendo yodo y cubriéndola con una tirita. Ellos bañándose en el mar para que
el salitre la seque cuanto antes y sin anestesia. Pero no lo olvidemos, ambas
escuecen y ambas dejan cicatrices.
Cuando
en la calma esperas que las olas arriben por sí solas, sin salir a buscarlas.
Cuando no sabes si aquello que deseas se hizo para ti. En ese instante eterno
te preguntas si una invisible capa de desnuda altivez te recubre el cuerpo,
dejándote en el rostro la impronta de tu olvido.
Acaso
seas ánimo desgastado con el paso del tiempo, ruinas que en otros días fueron
patria y abrigo de vívidos placeres. Acaso resignado observante de lo que otros
construyen a su paso, recordándote entonces que no te pertenecen.
Y
rebelarse entonces se convierte en el único camino permitido.
Y
enfrentarse a las olas
y
salir a buscarlas.
Y
quitarte la capa que te recubre el cuerpo.
Y
mostrar ese rostro de verdades no ocultas.
Y
rehacer las ruinas construyendo un castillo franqueable.
Y
no ser observante.
Y
comerse la vida de un bocado en un beso.
CUANDO NUESTRAS DEBILIDADES INTERFIEREN
By María García Baranda - abril 03, 2014
Alguna vez me han dicho que soy bastante intuitiva. Yo
misma he pensado en numerosas ocasiones que tengo la capacidad de observar
situaciones incipientes que me generan de forma automática una impresión e
incluso una idea certera. Es otra forma más de conocimiento, capacidad que
todos poseemos y de la que se dice que es desarrollada en mayor medida por las
mujeres. No hay tal diferencia en función del sexo. Es tan solo que nosotras le
prestamos mayor atención, dada nuestra tendencia a volcar más la balanza hacia
el platillo emocional que al racional.
Saber desarrollar nuestra capacidad intuitiva es fruto de
un trabajo constante de autoconocimiento, tarea que puede prolongarse hasta el
final de nuestra existencia, por cuanto siempre hay experiencias nuevas que
resolver. Gestionarlo con habilidad es el súmmum; o debe de serlo, porque la
que está aquí daría una fortuna por conseguir sacarle el mayor rendimiento
posible. Si me detengo a pensar cuál es mi freno, no he de rascar mucho para
saber que es el conjunto de mis defectos de madurez, entendidos como todo el
saco de inseguridades y dudas que como muescas han quedado marcadas en mi piel
a mis treinta y ocho. Paro aquí un segundo y advierto: ¡ojo!… que espero y creo
que toda muesca se vio aliviada por el bálsamo del autoaprendizaje; y que, aun
así, si me observo con un mínimo de dedicación sé que las cicatrices me
recordarán por siempre ciertos sentires. Aclarado esto, continúo.
A lo que me refiero con experiencias que frenan el efecto
de la intuición es, como dije, al conjunto de dudas que sobrevuelan sobre ti
mismo, sobre tus ideas, sobre los pasos que has de dar y sobre tus conclusiones
del entorno. Al efecto de todo aquello que deseaste que saliera bien y fracasó.
Pongamos un ejemplo. Supongamos que estamos frente a una situación que desde el
inicio y con la menor información al respecto percibimos como un proyecto
positivo para nosotros. Aún no sabemos por qué, pero tenemos el pálpito de que
ese asunto está hecho a nuestra medida, de que va a salir bien. Tras ese paso
inicial, fruto de nuestro inconsciente, ponemos a funcionar nuestro consciente:
observamos los factores intrínsecos, sacamos conclusiones favorables respecto a
los elementos integrantes de tal proyecto, descartamos inconvenientes y
finalmente deducimos que en efecto aquello es positivo y factible. Una vez
puesta a funcionar nuestra parte más racional la implicación es ya imparable,
pues es condición natural del ser humano una vez que le hemos dedicado tiempo y
esfuerzo, por mínimos que estos sean. Y justo ahí, en ese instante, ¡zas!, algo
sucede. Empezamos a dudar de nuestra conclusión, comenzamos a pensar si nuestra
valoración del asunto fue precipitada o infundada, basada en datos erróneos y
sin tener en cuenta toda la información de la que carecíamos. En un segundo
damos al traste con lo que se suponía que eran señales de que todo iba a ir
bien y nos invade una absoluta sensación de inseguridad en nosotros mismos y en
nuestra capacidad de interpretación de lo que nos rodea. Ahí es cuando nos topamos
de bruces con un “¿tan ciega estaba?”
Me pregunto qué deducción es la correcta. La basada en
nuestras primeras impresiones o la que se apoya en un trabajo de meditación del
asunto. La primera tiene la ventaja de poseer carácter de esencia pura, pero
podría ser fruto de la autosugestión provocada por nuestros deseos más
fervientes. La segunda posee la virtud de ser la suma de pistas y datos
simples, sencillos y cotejables, pero podría estar contaminada por los miedos o
fracasos del pasado que nos llevan a un aplastante: “me he equivocado, esto no
va como pensaba”.
De nuevo afirmo que me encantaría gestionar estos asuntos
con la mayor de las efectividades. Querría, cada vez que aparece el menor
síntoma de duda, descartarlo o inclinarme hacia ello en el primer
planteamiento, porque la duda genera duda y, como ya dije, cuanto más pensamos
sobre algo y más esfuerzo le dedicamos mayor es la implicación. Y a más
implicación, más duda. Vuelta a empezar y claro ejemplo de la pescadilla que se
muerde la cola, bucle del que salir resulta en extremo complicado. Habría, no
obstante, una solución consistente en ponerse del frente al asunto en cuestión
y decirle a la cara: “Oye… ¿lo que me parecían indicios de algo favorable, lo
eran verdaderamente?” Parece simple, habría de serlo, de hecho. Y sin embargo
hay dos muros que derribar: que el mundo no siempre está dispuesto a poner en
tu mano un trocito de verdad; y que gira y es voluble, con lo que aquello que
ayer fue verdad hoy puede dejar de serlo.
Resulta extraño ver como quien se te va cruzando en el
camino atraviesa por experiencias que tú ya viviste anteriormente y que por su
gravedad o importancia supusieron un cambio sustancial en tu vida. Como no
tengo hijos, he de suponer que es justamente lo que sienten los padres cuando
ven que sus vástagos van haciéndose mayores, experimentando y eligiendo. Estoy
segura de que son miles las ocasiones en las que tienen que morderse la lengua
para no decirles qué es lo que deberían hacer ante una encrucijada o para no
afirmar bien alto que ellos ya sabían de antemano cómo terminaría un asunto en
concreto. Es lo que ellos interiorizan, con todo esfuerzo, como: dejar volar.
Tal sensación ocurre igualmente con tu entorno más
próximo, coetáneos que comparten contigo el día a día y con los que en absoluto
se establece una relación paternalista. Sin embargo, en determinados momentos
te gustaría darles un golpecito en el hombro y guiarlos por el que sospechas
que es su camino correcto. Quizá sea una sensación personal y estrictamente
íntima la que me hace afirmar tales cuestiones. No tengo idea de si ese mismo
impulso es común y habitual, pero por lo que a mí respecta puedo decir que
estoy absolutamente sensibilizada con las experiencias que inquietan sobre
manera al resto. Llámenlo empatía, tal vez, aunque más bien creo que es la
consecuencia de los tiempos duros del pasado. Sospecho además que es la
sensación de tratar de que un momento doloroso sirva finalmente para algo
bueno, no solo para mí, sino para los demás.
Estoy convencida de que estas letras leídas de forma
contextualizada podrían recordar a las páginas de los libros de autoayuda, pero
nada más lejos. No tengo tentaciones de ir regando mis vivencias por el mundo,
pero tampoco me invade ningún pudor en ponerlas sobre la mesa si la ocasión y
la persona lo merecen. Indiscutiblemente cada cual tomará su camino: quedarse o
avanzar; pero yo no podré evitar pensar un “sé lo que sucederá elijas lo que
elijas”. Ley de vida.
Lo que podría lamentar de todo esto es no tener la
oportunidad de compartir ciertos conocimientos con mis círculos cercanos o no
tanto, de no interactuar constructivamente en sociedad, ejercicio que sin duda
alguna podría resultar considerablemente útil. Soy consciente de que
naturalmente tal acto sería factible únicamente si la persona que se sienta
frente a ti tiene paciencia, ganas de un par de cafés distendidos, y sobre todo
disposición y confianza para abrirse al mundo sin cortapisas. Y del mismo modo
sé que escasean los cuerpos que no corren a esconderse a un cómodo rincón
cubierto de un velo de silencio cuando se ven mínimamente descolocados. A ellos
les diría que hablar de las cosas abiertamente es sencillo y muy barato, además
de ser una infalible fórmula de ahorro de tiempo, quebraderos de cabeza y
energías. Por no hablar de que una vez que lo pruebas, ya no puedes prescindir
de ello.
OCTAVIO PAZ (1914 Méjico D.F. - 1998 Méjico D.F.)
Cuando del nacimiento de un poeta se cumple un siglo...
DOS CUERPOS
Dos cuerpos frente a frente
son a veces dos olas
y la noche es océano.
Dos cuerpos frente a frente
son a veces dos piedras
y la noche desierto.
Dos cuerpos frente a frente
son a veces raíces
en la noche enlazadas.
Dos cuerpos frente a frente
son a veces navajas
y la noche relámpago.
Cuando del nacimiento de un poeta se cumple un siglo...
DOS CUERPOS
Dos cuerpos frente a frente
son a veces dos olas
y la noche es océano.
Dos cuerpos frente a frente
son a veces dos piedras
y la noche desierto.
Dos cuerpos frente a frente
son a veces raíces
en la noche enlazadas.
Dos cuerpos frente a frente
son a veces navajas
y la noche relámpago.
