EQUILIBRIO PARA EL AÑO NUEVO (Parte II)



A la vista de lo tremendamente complicado que resulta cumplir con las tradiciones que despiden un año para dar la bienvenida al siguiente, es preciso no dejarse llevar por la tentación de depositar toda nuestra fe en rituales mágicos. Advierto, no obstante, que por mi parte cumpliré con lo que me toque en materia protocolaria, pero me parece indudablemente más útil centrarme en reflexionar sobre lo que me ha supuesto el año que dejo atrás y sobre los proyectos que pretendo abordar durante el que se avecina.
Al igual que la dilatada lista de ritos a tener en cuenta para la noche de fin de año, en esta señalada fecha siempre suena una larguísima lista de buenos propósitos a los que hincar el diente. Pero esta vez, en esta ocasión, en este año… ¡será la definitiva! Y se plantea como si al mismo tiempo que pasamos la hoja del calendario nos bebiésemos una pócima encantada que nos inoculase un sentido de la responsabilidad elevado a la enésima potencia. Dichos planes pueden ser de lo más variopinto, aunque bien es cierto que si preguntamos por ahí, algunos de ellos se repiten sin remedio: ponerse a dieta, apuntarse a un gimnasio, dejar de fumar, aprender un idioma, no llevarse el trabajo a casa, leer un número razonable de libros anuales, ahorrar un poco todos los meses, etc… Muy bien, ya que los efectos positivos de todos y cada uno de ellos no generan duda, seamos sensatos y preguntémonos: ¿a quién pretendemos engañar? Incorporar de una sentada un número inabarcable de hábitos de ese calibre es cuanto menos inhumano. Eso por no mencionar que la época del año en la que pretendemos ponerlos en marcha no podría ser más inapropiada. Ponerse a dieta en medio de las comilonas de Navidad, ir al gimnasio con tantos días festivos de por medio, dejar de fumar entre decenas de actos sociales, aprender un idioma o dosificar el trabajo en periodo vacacional, devorar libros cuando pasamos más tiempo que nunca en la calle, y…¡ahorrar!, en plena cuesta de enero. Fabuloso plan.
Por lo que a mí respecta, prefiero decantarme por un propósito muy diferente. Antes de entrar en él, he de decir que no considero esta fecha como la especialmente designada para ello, sino que creo firmemente que cualquier día es válido, por cuanto la reflexión sobre uno mismo nunca está de más. La empresa a la que me refiero tampoco es fácil ni insignificante. Se trata de hacer un sincero y exhaustivo balance a todo aquello que hemos llevado a cabo en el año anterior. Y lo que es más importante, poner la vista en lo que ha de solucionarse con extrema urgencia en nuestras vidas.
Si pienso detenidamente en mi 2013 puedo decir que mi balance final es positivo. No ha sido un camino de rosas, ningún año lo es, pero he conseguido importantes satisfacciones que afectan a mi mundo laboral, a mis relaciones, pero sobre todo a lo más íntimo y personal de mí misma. No recuerdo un año en el que haya sentido un crecimiento interno más potente que el que he experimentado en este que se nos va. Por lo tanto, me encuentro más que satisfecha. Y, ¿qué pretendo en 2014? Naturalmente se me vienen a la cabeza flecos que solucionar por ahí, siempre los hay. En mi caso considero que son de absoluta importancia, porque si los siento como materia pendiente es porque realmente condicionan mis actos y pueden ser la puerta de paso de unas etapas a otras. Por ello, para empezar pondré especial cuidado en dicha tarea. Mi segunda labor consiste en no perder la perspectiva y mantener como mínimo lo conseguido durante el año que se acaba: el foco de mi atención en lo que realmente soy, en lo que cotidianamente ocupa mi tiempo presente, en lo que quiero para mi vida y en lo que proyecto a futuro. Se trata de continuar manteniendo el equilibrio.

¡Feliz Año Nuevo a todos! (otra vez)



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