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QUE NO SE TRATA DE ESTAR, SINO DE SER

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He pensado que voy a hacer un pacto conmigo misma. Bueno, y también con quienes caminan por ahí afuera. No sé si voy a ser capaz de cumplirlo, ni si contaré con la destreza suficiente como para percibir si voy bien encaminada o estoy más ciega que un topo, pero al menos voy a proponérmelo. De ahora en adelante trataré de rodearme de gentes con quienes pueda mejorar mi ser, y no mi estar. Me explico, que ya sé que suena confuso. Estar bien se puede estar con mucha gente. Hay con quienes puedes hablar sin cansarte, con quienes puedes compartir temas interesantísimos, e incluso confiarte en tus más íntimos asuntos. Hay con quienes con solo intercambiar dos palabras tienes la diversión y las risas aseguradas, con quienes fluye el buen rollo. Hay con quienes aprendes un montón de cosas y con quienes te apetece adentrarte en asuntos novedosos y apasionantes, con su correspondiente punto de locura incluso. Cuando eso sucede sueles tomar un especial afecto a esos seres en los que descu…

DÉJAME CONOCERTE

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Si el optimismo que me acompaña acaba teniendo razón, debo de encontrarme aproximadamente en el ecuador de mi vida. Del total de los años vividos, dos tercios han sido de asentado uso de razón, y un medio de vida adulta. A lo largo de todo este tiempo, como es natural e inevitable, me he topado y relacionado con un considerable número de personas, a parte de las cuales he tenido la oportunidad de conocer. La medida en que lo he hecho ha variado en función de mil circunstancias: formas de ser, grados de apertura de cada uno, estado psíquico y emocional en el que nos encontrábamos, factores externos a favor o en contra de dicho vínculo,… Lo de siempre. Y de todos ellos, hoy me pregunto: ¿a cuántos seres he podido conocer realmente en la plena y completa extensión del término? Dejando a un lado a los miembros de mi familia, a mis pedazos de corazón, si me centro en el resto de lo que ha sido o es mi entorno, no creo que pudiese contabilizar mucho más de media docena de personas a …

PEQUEÑOS ESBOZOS: Las mejores cosas

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Las mejores cosas de la vida fluyen solas, brotan espontáneas, con fuerza. De puro naturales. Aparecen aparentemente porque sí, porque no se pueden evitar y porque, ¿a fin de qué habría que hacerlo? Son limpias, claras, luminosas. No precisan sortear obstáculos innecesarios para llegar a ellas. No ponen pegas ni problemas, frenos ni retrocesos. ¿Se quieren?, se hacen. Se sienten. Se viven. No suscitan desconfianzas ni segundas intenciones. No son extrañas, raras, ni complicadas. Y tampoco provocan quebraderos de cabeza. Las mejores cosas de la vida son sencillas. Tan bonitas por sí mismas que nutren. Una sonrisa, una caricia, un beso largo, una carcajada, una conversación amena, un susurro. Todas bailan al ritmo de una misma música, al compás de la sencillez de la belleza sin adulterar. Alimentan, sí. Y sacian. Y enriquecen al ser desde lo más profundo hasta la última capa de una piel susceptible de erizarse al sentir de esas mejores cosas. Las que llegan así, para alegrar la v…

LO ESTÁS HACIENDO BIEN

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¿Sabes cuándo te das cuenta de que lo estás haciendo bien?, ¿de que estás viviendo bien? Cuando te percatas de que, precisamente, estás haciendo esto último: vivir. Cuando percibes que el día de hoy es un poquito distinto al de ayer, o tal vez muy distinto, no solo un poco. Que tus pensamientos han girado determinados grados, como los girasoles cuando buscan la luz del sol. Cuando notas que tus sentimientos laten, bum-bum, bum-bum,… hacia el lugar que ellos determinan por sí mismos y sin directrices bobas de las que no sabemos los humanos. Cuando te miras en el espejo y ves belleza, o bien una arruga o una cana que no crees haber visto ayer, pero te observas y sonríes, porque eres tú y te reconoces. Cuando de pronto te apetece hacer algo diferente a lo de siempre, algo que quizás nunca antes te había despertado curiosidad. Cuando observas otras formas de vivir, atenta y detalladamente, y te agrada lo que allí descubres. Cuando tu piel responde a una sensación distinta e inesper…

RELATOS ENCRIPTADOS: Viento sur.

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Se dirigió al recibidor y abrió la puerta de entrada a la casa. Era uno de esos pesados portones macizos en los que se pueden apreciar los nudos de la madera, los cambios de tonalidad y alguna imperfección de talla. En los goznes, tres gruesas bisagras de color bronce. Y un poco más arriba de la altura de sus ojos una aldaba metálica y sencilla, que había comprado en un mercado artesano de esos que ponen los domingos en los pueblos. Se asomó a la calle. De pronto había cambiado la estación del año, de un momento para otro. El tiempo estaba confuso. No hacía frío, al contrario, la temperatura era más alta de lo que había calculado y hacía un viento sur endiablado. Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla. Apenas se había asomado afuera y en menos de un minuto se le revolvió el pelo tanto que decidió recogerse las ondas en una coleta alta. Miró al cielo y torció el gesto. Cogió una gabardina fina del perchero y un paraguas plegable, y cerró con llave. Comenzó a andar calle…

USUFRUCTUARIOS PERSONALES

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Saberse utilizado, rentabilizado, aprovechado. Quien más y quien menos ha padecido esa sensación en alguna ocasión de su vida, dentro de cualquiera de los múltiples contextos en los que puede aparecer. Llego a pensar que dicho sentir comienza a ser visible desde que somos niños y que, por ende, las personas comenzamos a utilizarnos desde nuestra más tierna infancia. Seguramente se trate de un rasgo tan humano como lo es el respirar, tan connatural a nosotros como nuestro propio instinto de supervivencia. Pero lo que sí calculo, y deseo fervientemente no equivocarme, es que su aplicación práctica de forma más o menos inconsciente esté directamente relacionada con la catadura moral de cada uno de nosotros. Espero que no haya fugas al respecto.
    Llevo un tiempo más que considerable dándole vueltas al concepto de la utilización de las personas desde su contexto más cotidiano y mundano. Dejo a un lado ahora sofisticados y elaborados planes de sacar rendimientos materiales de algui…

DÓNDE

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No se puede regresar a dónde ya no hay nada. No se vuelve a un dónde inexistente, evaporado. Ya no está. No hay espacio, no hay lugar, no hay sitio. Quizás lo hubo, claro, pero desapareció con el paso de las noches eternas y la erosión de los acontecimientos. El decorado se fue deshaciendo centímetro a centímetro hasta quedar de él solo las ruinas, esas que terminaron llevándose un par de inviernos fríos de agua demasiado salada y viento de locura. Primero alguna piedra. Después escombros. Luego solo cenizas. Tras ello,… nada. Sin hueco, sin hogar. Y no se vuelve donde no hay hogar, no. No se viaja de nuevo a la nada. Porque para volver hay tener a dónde. 
Tan solo se regresa donde aún quedan cimientos, vigas maestras que sostienen el porqué de las cosas. El porqué de esas vidas y de los sentimientos. Cuando ese dónde existe, ubicado en un mapa imaginario o arraigado, más bien, en el fondo del alma. Profundo. Anclado con los pies hasta el mismísimo estómago. Ahí queda un espacio, un …