ENORMEMENTE

By MARÍA GARCÍA BARANDA - julio 29, 2018



    Me siento enormemente feliz. Quería decirlo. Tal vez hoy no tenga una historia curiosa que contar, ni pueda ofrecer una reflexión profunda sobre un tema común ni tampoco un sentir íntimo en el que cualquiera, tarde o temprano, se identifique; pero tras unos días de ocupadísimas vacaciones abro la persiana para compartir esa realidad tangible en mi vaivén de caderas cotidiano: me siento enormemente feliz. Tras dichas vacaciones, densas de sabores y de olores, y plenas de mundo, de verdad, de una misma y de vida; y rápidas, como lo son siempre los buenos momentos de veras. Vacaciones a medias y al tiempo vacaciones multiplicadas por la enésima cifra. Y en efecto me siento muy feliz. Igual que cuando se inaugura un nuevo curso, de mayores; que cuando se recibe una merecida recompensa, largamente esperada; o que cuando amaneces y recuerdas qué está ocurriendo ahí afuera (de la cama),… y tu primer pensamiento es el de recordarte eso, maravilloso y emocionante que apenas acaba de sucederte la noche anterior. Así de feliz.

    Eso lo da la vida, me digo. Y los años. Y las horas de microscopio. Y las ganas de aire que se aloje en los pulmones a discreción. De saberme en una etapa en la que sin mover, aparentemente un solo dedo, lo importante va haciendo acto de presencia en mi vida. Lo descolocado se recoloca, lo inexistente nace, lo equivocado se resuelve, lo inconsistente se desvanece. Abrir los ojos y decirme cómo y cuánto me gusta mi vida, qué buena onda me acompaña en el viaje, y muchas otras sentencias que me guardo para mí,… pero todas de ley. De hacerme sentir eso, sí, enormemente feliz en cada ángulo que me proyecta el espejo. De degustar a qué sabe la manzana caída por su propio peso. De saberme hoy un poco más rica que ayer. De sentirme, ya lo dije, ¿no?,... enormemente feliz. Felizmente. Muy enorme.








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