SACARME LOS ALFILERES SIN DESCOSER MI VESTIDO

By MARÍA GARCÍA BARANDA - octubre 15, 2018




     Si pudiera procurarme una mejora para el alma, para mi alma actual de mujer adulta, sería la de poder desclavarme los alfileres que se fueron incrustando en mi cuerpo con el curso de los años. Esas pulsiones mías que duelen con la intensidad de un solo golpe seco, directo y firme en la boca del estómago; que aceleran mi pulso hasta notar que este se me escapa atravesando mi carne a la altura del cuello. Son heridas convertidas en miedo. ¿O será al revés? No estoy segura. Pero pinchan. Y queman. Y me hacen que tema eternamente que los fantasmas rujan. Y sacar conclusiones aprendidas, solo por conocidas. Y que rompa a llorar como una niña que no encuentra a su madre en medio del desierto. Alfileres…, ¡agujas!, que provocan mi brinco y se quedan a cambio con un trozo de piel. 

    Si pudiera procurarme una mejora para el alma, para mi alma actual, sería el de extraerlas y curar los pinchazos uno a uno. Sin juzgar. Con paciencia. 

    El problema es que estos vinieron de la mano de todo lo aprendido, de ese manto sedoso que hoy porto con orgullo. Y mucho me temo que si intento sacarlas, se me caerán con ellas las telas que me cubren de sapiencia, intuiciones, del poso de la relativización de lo banal, del haber regresado de vuelta de donde no hay salida. De haberme hecho mayor, aunque siga creciendo. Me quedaré desnuda, tal vez. Y aun no sé si la vida se trate al fin de eso. 




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