UN MISMO SER CON DISTINTAS TONALIDADES

Escucho una canción de madrugada, un tema que cuenta ya con década y media, y que me traslada de inmediato al año en el que hice mis maletas y me marché a vivir a Londres, con un cierto espíritu inconsciente de aventura. Los momentos más significativos de una vida, las personas que hemos ido conociendo en el camino suelen asociarse con una música, con un olor concreto y hasta con una sensación táctil. Y es precisamente la melodía que acabo de oír la que se erigió entonces como banda sonora de dicha vivencia, esa como un tren de mercancías,  me ha hecho recordar unas sensaciones que no quisiera que se extinguiesen jamás, por cuanto me mostraron una nueva, auténtica y sorprendente cara de mí misma.
Ese pinito que hice hace ya unos cuantos años, aunque no me llevara a las antípodas de lo que era mi vida de entonces, me supuso un absoluto reto, pues colocó frente a mí tan solo una imagen simple y sencilla: la de mí misma frente a mi propio espejo. Naturalmente que he de reconocer que hubo momentos de soledad y de necesitar sentirme cuidada por  aquellos que me quieren. Una es sensiblemente amorosa, por más que tire hacia adelante cueste lo que cueste. Y sin embargo,  el crecimiento llegó entonces enraizado en un acusadísimo instinto de íntima e individual supervivencia emocional, basado en la pregunta de qué espero realmente de mí y de mi existencia. Es seguramente uno de los recuerdos que más claramente identifico con mi principio vital esencial: comienza por serte leal a ti misma, busca lo que te (re)mueve el alma y ve a por ello sin descanso. Lo demás, poco importa.
Fue aquella una fase más de mi evolución personal. Llegarían muchas más y más determinantes seguramente, pero hoy una simple canción me ha hecho volver a hacer balance de aquella etapa. Creo que en cada uno de nosotros hay un auténtico abanico de versiones sin desarrollar que salen a flote tan solo cuando el decorado y las circunstancias externas de nuestro día a día cambian por completo. Evidentemente hay una esencia que se mantiene intacta, pero la adaptación al medio provoca el nacimiento de nuevos rasgos de carácter y la reubicación de nuestras prioridades en la vida. De hecho, de no ser así, la diversidad social y cultural desaparecería de un plumazo. Tantas vidas como paisajes dibuja el mundo… Y me pregunto, al tiempo, cuántas vidas puede vivir un mismo ser humano. Las posibilidades son infinitas a poco que combinemos las variables esenciales, a razón de: lugar de residencia, estatus económico, familia, hijos, trabajo,…y amor. Aunque bien es cierto que mi generación no se encuentra ya tan presionada por los arquetipos prediseñados para lo que hoy día se considera una vida estable, si recurrimos a los cálculos de la estadística, sigue ganando la batalla un patrón un tanto recalcitrante basado en la inserción en la rueda de la sociedad de consumo sustentada en la familia tradicional. Pero, ¿y si algún día un portazo seco me impulsara a tomar un hato con lo esencial y conocer otros mundos?
Yo misma pensé en numerosas ocasiones que si algún día la vida me arrancaba del lugar en el que me encontraba confortablemente posicionada, mi opción sería la de darle un giro tan grande a mi existencia como para vivir más allá de la frontera, más allá del sistema socioeconómico que mueve occidente. Optaría por un cambio tan drástico que me llevaría quizás a arribar a alguna playa en la que no importase cuánto tuviese en mi bolsillo, ni qué indumentaria vistiese, sino los recursos intelectuales y sentimentales acumulados por mi experiencia. Y con ellos trataría de aportar algo útil a sociedades tan dispares como la que me vio crecer, sabiendo con certeza que seguramente serían ellas las que enriquecerían mi trayectoria en unos ámbitos a los que solo se puede acceder despojándose de todo aderezo superfluo. Piel con piel y sangre con sangre como únicos vestidos.



Toploader, Dancing in the moonlight. 2000.



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