¡LO SABÍA!



Hace unos meses que sigo respetuosa y levemente una historia ajena a mí y al tiempo no tan ajena. Llegó a mí de manera arbitraria, pero me sonó ciertamente familiar y simplemente observé. No está en mi curiosidad el motivo de seguirla, juro que no, sino que hubo un tiempo -bastante tiempo ya, de hecho- en el que pudo salpicarme en mayor o menor medida la onda expansiva de algún que otro acto cercano y es por eso que no puedo evitar dedicarle un par de minutos muy de cuando en cuando. Hay además en ello una razón de justicia intelectual. Sí, sí, intelectual porque los acontecimientos hoy día han llegado para ratificarme una serie de conclusiones alcanzadas en los más absolutos de los silencios y las afectaciones. Conclusiones, por cierto, que había de sacar para salir precisamente de la zona de peligro en la que me metía dicha historia. Sabía de antemano que ciertos hechos habrían de producirse. Observé comportamientos concretos y deduje personalidades perfectamente perfiladas. Tras ello dejé tales reflexiones apartadas y tomé mi propio camino. No me equivoqué ni en un milímetro en el cálculo y no es cuestión de mérito, sino de horas de trabajo echadas al proyecto. Tan solo consistió en abrir bien los ojos y los oídos, tener en cuenta todos los movimientos hechos sobre el tablero y atar fuertemente los cabos.

Concluir desde fuera de una historia –o medianamente desde fuera- ciertos pensamientos resulta fácil. A pesar de que la tarea no me resultaba tan aséptica, he de reconocer que no me encontraba exactamente en el epicentro del seísmo y quizás fuese eso lo que me proporcionaba cierta claridad mental –a veces- para llegar a mis conclusiones. Por lo tanto, debería sacar en limpio que las emociones nublan el entendimiento, para bien y para mal, pero no creo con ello haber dado con la piedra filosofal. ¿Cómo es posible que todo el mundo menos los interesados tengan una idea preclara de lo que está ocurriendo e incluso de lo que va a acontecer, mientras que aquellos  implicados en determinadas vivencias se encuentran sordos, mudos y ciegos en la mayoría de las ocasiones? La respuesta es clara: la falta de aceptación. Aceptar las situaciones que la vida nos va trayendo supone un ejercicio similar al de tragarse un pildorazo sin agua ni ayuda extra. Supone dar al traste con determinados planes previamente diseñados. Y obliga, además, a sentirse extraño ya con las vivencias y las personas con las que uno se sentía en casa. Digerir, por tanto, algo de semejante enjundia no es tarea fácil, porque supone una cierta dosis de negación de uno mismo y de la propia vida. Supone darle la espalda a una parte de ti, para intentar adivinar quiénes seremos a partir de ese momento. Asumir y aceptar. Y seguir. O supone incluso salir de la zona de confort para aventurarnos a salir a mares desconocidos, en los que tal vez haya calma total, pero que nos asusta.

Todos nos hemos visto en una situación así alguna vez en la vida –o dos veces, o tres,…-, momentos en los que es preciso quitarse la venda de los ojos, tragar saliva y continuar en pie, porque de otro modo la caída no nos permitiría erguirnos de nuevo. Y no queda otra. Lo curioso es que en gran parte de esas ocasiones somos nosotros mismos los que nos boicoteamos y retrasamos ese momento de iluminación que coloca todas las piezas del puzle en su lugar correcto. Podría haber bastado con escuchar a quienes ya sabían lo que se estaba cociendo. Podríamos haber marcado nuestros límites mucho antes. Pero no. Esperamos y esperamos, rezando por un cambio llegado de la nada y generado de la manera más espontánea. Y en tal trance prorrogamos la llegada de esa verdad que habría de hacernos, al fin, libres de horas de angustia o preocupación.

No sé si el truco de todo está en saber escuchar a quien parece tener las cosas claras. No sé si podría ser un error, por cuanto se trata de individuos ajenos a dichas vivencias y a nuestras propias vidas. Quizá se trate, más bien, de escucharnos a nosotros mismos en nuestras primeras impresiones, más allá de meternos de lleno en aventuras que nos lleven a esperar que todo cambie de la manera más milagrosa, cuando sabemos que el asunto hace aguas por todas partes y se precisa un viraje urgente. O tal vez se trate de que cada uno tiene sus tiempos y sus ritmos, y solo alcanza tales estados de lucidez cuando se encuentra realmente preparado para ello. El caso es que esa ocasión, esa historia, pone en la punta de mis labios un “lo sabía” y un “te lo dije” como una catedral, aunque no pronunciaría esas palabras ante nadie ¡ni por la muerte! No soy quien. Y sí, lo supuse, por más que preferiría haber errado en mis cálculos y haber asistido a un final feliz para los implicados, toda vez que ya no me encuentro en su radio de acción.
Y es que hay cosas que nunca cambian. Lo único que cambia con el tiempo es nuestra forma de ver las cosas, ¿no?





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