TRAÉRNOSLA AL PAIRO

     Siempre me gustó la expresión "me la trae al pairo". La uso muy a menudo, tanto como suelo rebelarme contra algo y decir bien alto que ese algo me la trae bien al fresco, esto es, me da igual. Cuando esto sucede los propios hechos, mis propios actos hablan por sí mismos. Se me nota, ¡vaya! Levanto una ceja, hago oídos sordos y sigo ruta. Como todos. Pero a veces me siento... ¡tan satisfecha de decirlo en voz bien alta y con todas sus letras! Vocalizándolo y gesticulando incluso. Se queda una liberada. "¡Me la trae al pairo!"
        Y sí, esa expresión concreta me atrae por dos razones. La primera es puramente lingüística y tiene que ver con su procedencia. Viene del término náutico "pairar", "poner al pairo", que no es otra cosa que tratar de colocar la embarcación de forma estática respecto al fondo. No importará, pues, la marea, ni el arrastre, que aquella mantendrá su postura. ¡Impertérrita! ¿Es o no es preciosa la metáfora? A mí me parece que los términos marineros -tal vez me venga de herencia- tienen un encanto especial. Me imagino poco menos que en un bergantín, no sé si con diez cañones por banda, pero luchando contra los elementos. Y al igual que él, manteniendo mi posición a pesar de las embestidas, no ya de la marea, sino del día a día.  La segunda razón por la que esta expresión me cautiva es por la propia esencia que en ella se encierra. Esencia que ya he referido anteriormente y que se condensa en la idea de conseguir que nos den igual ciertos asuntos, cuestiones que hemos de conseguir encajar sin que nos tumben, determinadas agresiones externas que en caso de debilidad pueden herirnos de consideración. Lograrlo en una cantidad, digamos adecuada, se me antoja antídoto de dolores varios y al tiempo vitamina de fortalecimiento propio. Casi nada.
       ¿Cómo lograr que ciertas acciones o desmanes del día a día no nos encojan el corazón? Es difícil. Para mí, al menos, lo es. Conseguir que te resbale una reprimenda, una crítica, un desprecio, un desaire,... es signo de madurez, pero sobre todo de seguridad en uno mismo, que creo firmemente que es el talón de Aquiles de cualquiera. Sí, eso pienso. Encajar una crítica o una opinión adversa es de sabios. Es al fin y al cabo otro modo de aprender o de mejorar. Pero en mi caso, siempre acabo preguntándome, más allá del respeto al pensar de otros,... ¿por qué unas hieren y otras no? Veremos. Creo pertinente matizar que prácticamente todos somos en mayor o menor medida sensibles a ello. Reacciones las hay a docenas, pero casi nadie está exento de sentirse contrariado o realmente herido. Así lo pienso. Incluso aquellos que dicen poseer una gran seguridad en quienes son, lo que son, lo que saben, cómo hacen las cosas,...etc, etc, etc... No me creo nada de nada. Es más, siempre he sido de la opinión de que cuanto más marca dichos rasgos alguien, más defectos tiene de los que adolecer. Y podrá creérselo -¡pobre!-, pero necesitaríamos rascar mucho rato para descubrir el pastel. Esas personas parece además que no muestran jamás afectación alguna ante agresiones que podrían hacerles tambalearse. Podría ser en algunos casos, gentes tan seguras que no sienten ni el más mínimo pinchazo. Pero tampoco me creo que todos aquellos que muestran dicha faz sean tan inmunes a ello. Creo que es más bien una estrategia defensiva, tan válida como otra cualquiera. No seré yo quien la juzgue. Pero siempre he imaginado que en privado y hablando con ellos mismos la heridita supura. Un segundo grupo de "seguros" sería el integrado por aquellos que ni sienten ni padecen en la vida. Actos de contrición, pocos. Defectos,... ¡uyyyy, ninguno! Así que en estos ni me detengo, porque,... ¿quiénes son? Y en tercer lugar considero que hay un grupo que ha alcanzado el gran premio: que se la traiga a ese famoso pairo todo aquello que no merece preocupación ni ocupación. ¿Por qué dudar de uno mismo?, ¿por qué ponerse en tela de juicio con cosas poco importantes?, ¿por qué ser vulnerable a la palabra ajena?,... Y podría seguir. Crecer por dentro es aceptarse. Aceptarse es conocerse. Y conocerse es ponerle cara a virtudes, defectos, deseos, proyectos y sueños, triunfos y fracasos. Esas son todas las caras del cubo. Conocerse entonces es tarea perpetua y aceptarse significa perdonarse, no exigirse en demasía y llegar a obviar determinadas opiniones ajenas. Humildemente declaro que es la tarea más difícil del ser humano. Creo que es perenne, perpetua, eterna. E igualmente creo que se retroalimenta.
     Solo sé que no sé nada, decía. Sabio sin duda. Y a mayor sapiencia, mayores temores, mayores talones de Aquiles. Recobrar desde ese punto el equilibrio y quererse a uno mismo, a pesar de los déficits, es casi tan duro y complejo como ascender al Everest. Tal vez sea una consideración subjetiva, fruto de mi propia personalidad. Quizás para otros no sea una materia tan complicada. No lo sé. Pero para mí es... "lo más". ¿Por qué? Ofrezco respuesta a ello porque sí la tengo. Al contrario de la seguridad que dicen que irradio en mí misma, soy tremendamente autocrítica con muchos de los aspectos que a mí se refieren. Luego, soy vulnerable a las críticas ajenas. Inmodestamente, en lo que sí me siento firme, creo que soy una mujer bastante completa. Si resulta inmodesta, como digo, la autovaloración, eso es algo que me la trae al pairo, por el mero hecho de que sé que es así. (¡Qué bien me quedo al decirlo!). Me gusta aprender, tratar de mejorar profesionalmente y al tiempo ser hogareña y cocinitas; y coqueta y osada; y tímida y sensible; discutidora y comprensiva; lógica y contradictoria;... Un poco de todo, de ahí que mi objetivo es tratar de ser completa. Ese es mi ideal. Y ser en cierta medida completo supone, por lo tanto, tocar varios palos, tratar de ser versátil y polivalente, por lo que no podrá ser uno eminencia en la mayor parte de esas facetas. Y ahí, en el autoconocimiento de que no se es una maquinaria perfecta en todo es donde surgen las autocríticas, sabedores como somos de lo muy mejorables que podríamos llegar a ser en la mayoría de los ámbitos. Y de la misma manera estaremos expuestos a la crítica externa. Porque en momentos determinados habrá quien se fije en una de esas facetas, porque la ocasión lo requiera, para emitir un posterior juicio. Rara vez entonces obtendremos un diez. Y nos importará. Y a veces dolerá. Y lo que es más, suspenderemos. Y eso dolerá aún más.
     Lo que acabo de describir es el día a día de cualquiera. Críticas positivas y negativas. Flagelaciones propias y ajenas. Puteos varios, casi siempre desde uno mismo. Es lo que supone convivir en sociedad. Lo que me llama la atención es la alegría con la que determinadas personas juzgan las acciones y la vida de los demás. Y curiosamente esos "demás" suelen ser seres que no pagan con la misma moneda, que suelen llevar a cabo un comportamiento constructivo y que miden, no ya lo que dicen -porque en la sinceridad hay un gran valor-, sino cómo lo dicen y la finalidad de pronunciarse. Ley de Murphy. Sea como sea a mí me resulta una auténtica hazaña el pasar olímpicamente de esas cosas. Tal vez porque suelo tener respeto y cuidado con ellas. Puede ser. Quizás porque siempre intento evitar el daño gratuito y más cuando proviene de la más absoluta subjetividad. Ese vive y deja vivir, ese respeta las vidas ajenas. No sé, lo veo sencillo, pero ¡oye!, ¡será cosa mía! Será que una reacción dura o molesta creo que ha de llevarse a cabo para un buen fin. Y del mismo modo creo que porque algo se salga de mis cánones de vida, porque alguien proceda de manera distinta -siempre y cuando no dañe- no ha de estar equivocado. Será que creo que hay muchas combinaciones de rasgos personales y que los estereotipos son un engañabobos para mantenernos bajo control. La cuestión es que por tratarse por tanto de una conducta que creo que es nociva por poco constructiva y bastante destructiva e hiriente, yo no he conseguido ser inmune a ella. Y sí, lo ideal sería que me diese igual. Ya he conseguido que me importen un comino cuando proceden de gente que ni fu, ni fa, cuando vienen de alguien que creo que tiene mucho por lo que callar o cuando lo veo un auténtico sinsentido. Ahora solo me queda lograrlo cuando provenga de alguien cercano. Ahí, y dejando a un lado, claro está, los asuntos importantes, debería hacer que un dardito banal, pero bien proyectado me entre por un oído y me salga por el otro. A ver cómo me las apaño. ¿Cómo solucionarlo? Vuelvo al inicio: haciendo que el daño se desvanezca, siendo emisores y receptores constructivos  y sabiendo identificar cuando sea necesario,  esas acciones que han de traérnosla traiga al pairo.
    Me queda una cara del cubo por tratar. ¿Cómo evitar herir con nuestras opiniones y actos? Más difícil todavía, por cuanto muchas veces es inconsciente. Otras veces es irresponsable y un pelín egoísta, pero quiero pensar que la mayor parte de las veces se hace sin querer. ¿Cómo minimizar daños sin dejar de ofrecernos, de aportar opiniones, sin dejar de compartir impresiones? Yo me plantearía tres premisas. La primera es si conduce a algún sitio dicho comportamiento o dicha opinión; ¿para qué?, ¿para quedarte a gusto? La segunda es si, dentro de la subjetividad que toda acción y todo pensamiento propios poseen, gozan de algún grado de objetividad. La tercera la ofrezco con una metáfora. Dicen que los arquitectos de Japón, hartos ya de ver derrumbados sus edificios por el constante y devastador efecto de los terremotos, decidieron poner la mayoría de su empeño en fortalecer sus bases. Revisaron sus sistemas de construcción poniendo especial atención en diseñar unos cimientos resistentes y, mediante un sistema basculante, consiguieron que a pesar de los azotes externos y de los movimientos sísmicos, sus rascacielos no se vieran arrasados. Ciertamente lo que fortalecemos por su base, nos costará más destruirlo. Lo que se encuentra nutrido puede pasar algunos días de ayuno.  A ver si no se me olvida.
        Y me viene de nuevo a la cabeza esa nave puesta al pairo, asentada al fondo y manteniendo posiciones. Una de mis cuentas pendientes.




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