VACACIONES PARA EL ALMA

        En todos los trabajos se fuma, se dice. Esto es, ¿quién no necesita un parón a tiempo para recuperarse de los esfuerzos llevados a cabo? Y la mente necesita vacaciones, ya lo creo que sí. Y el cuerpo. Y los ojos. Y la voz. Y sobre todo el alma. Sí, sí, el alma. Que esta también se agota y es preciso, fundamental y vital diría, cargar su batería en estos tiempos en los no sabemos si las tecnologías ayudan o contribuyen a que esa bendita parte de nosotros se sobresature de emociones. Sea como sea, esta que está aquí se ha tomado unas vacaciones para el alma. Y aún sigo, permítanme, que no he finiquitado mi labor. Porque no exagero si asevero que en cada línea y cada coma pongo un trocito de esa etérea sustancia que se eleva y se merma al estar expuesta a factores los externos y a los ciclones internos. En efecto, al escribir pongo toda la intensidad de lo que opino y defiendo, critico y acuso, pero especialmente de lo que siento. Y de ahí que esta pobrecita alma mía necesite estar tendida al sol y algún que otro baño de mar ahora que la temporada estival me lo permite. Recomendable y medicinal, háganme caso, mantenerse ajeno a pensamientos, si no es en extremo preciso ni nos encontramos en fases existencialmente decisivas. Apagar el mecanismo y darse el gustazo de dejar que los días vayan trayéndonos los acontecimientos. Mirarlos a la cara, cerrar después los ojos y respirar su aroma. Y vivirlos. Buenos, malos y regulares. Porque son así las cosas y porque cuando es el alma la que está de vacaciones son los acontecimientos los que toman el mando y cuidando de nuestro descanso deciden por sí mismos. Y es que uno no puede estar siempre al pie del cañón y ha de saber delegar puntualmente a la propia vida. Que es sabia y más lo sería si nosotros mismos no la boicoteásemos con nuestras cabezonerías.
      Así que sí, un mes de vacaciones. Algo más de hecho llevo. Treinta y cuatro días para pensar y meditar de manera curiosa: dejando de pensar, solo sintiendo. Y viviendo. Y respirando. Degustando lo más sencillo de la vida, sin grandes gestas, sino llevando a cabo acciones tranquilas. Un mes sin escribir de mis elucubraciones, sin analizar, sin juzgar ni pretender. Un mes despertando cada mañana, paseando, descansando y durmiendo horas mil, divirtiéndome con simples aficiones, escuchando pausadamente,... siendo la versión más calmada y sencilla de mí misma. Un mes de vacaciones para el alma traducidas en guardar la pluma en un cajón para... ¿quién sabe para qué? Para simplemente ser, podría ser. Solo sé que mañana hará sol y eso me basta.


 

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