LOS LÍMITES DE MI MENTE


Poco habitual que el locuaz –no necesariamente elocuente– se quede sin palabras. Salvo que un impacto lo silencie transitoriamente, no suele sucederle. Y resulta una verdadera lástima. No ya por hacerle callar,… ¡pobre sujeto!, sino porque cada vez que la mudez asola, tenemos la oportunidad de pensar en ella con la más escrupulosa, pausada y silente, como es natural, de las calmas.

Pero… ¿y si es cierto lo afirmado por Wittgenstein? “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente”. Me inquieta y ¡mucho! Claro que a veces nos resulta imposible parar de expresar todo lo que se nos pasa por la cabeza: mil ideas brotando torrencialmente, con o sin orden ni concierto. Pero otras –y eso lo escritores lo saben mucho mejor que el resto de nosotros–,…otras no sé qué demonios ocurre, que no sabemos por dónde empezar. Nada. Mudos. Desenchufados de la red del habla.  

¿Cuáles podrían ser las causas de ese engañosamente irreversible silencio? Se me ocurren varias. La primera: no tenemos nada que decir o sobre lo que escribir. Peregrina, básica y simplona idea. Me niego a creérmela, por cuanto no juzgo la calidad de nuestras palabras, sino su cantidad. La segunda: tenemos sobresaturación de pensamientos oprimiendo y atrofiándonos la capacidad expresiva. Tal vez, y más teniendo en cuenta los deshumanizados tiempos presentes. Pase. La tercera: estamos tan sobrepasados emocionalmente que nos es dificilísimo regalar ni un gramo de nuestro interior a nadie más. O no sabemos cómo hacerlo, quizás. Me encaja y bastante, porque el desarrollo intelectual del ser humano en tal contexto desnaturalizado suele ser, pues, directamente proporcional a la falta desarrollo de nuestra inteligencia emocional. Por protegernos, dicen. No sé yo... Pero es que nunca se me habría ocurrido pensar en una cuarta razón: la reflexión antes mencionada de Wittgenstein. Repito: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente”… Por supuesto. Pero nunca, hasta hoy, lo llevé al siguiente extremo: si no escribo es porque no pienso en nada. Si no hablo es porque ya no siento nada. Silencio. ¡Qué desasosiego! Pero, ¿y si ese vacío es en realidad una forma de escuchar atentamente sin interferencias ni adulteraciones lo que deambula por mente y alma? Seguramente. Voy a pensar en ello. A ver si va a ser eso a lo que la gente llama “reflexionar”…

[Es que llevaba mucho sin poner nada por aquí]

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