SILENCIO (II)



Prefiero no leerme el pensamiento último.

De sobra sé. Ya sé, no me preguntes.

Por no decir, elevo mi silencio a cómplice verdugo vestido de cordura,

como la justa soga que extingue el hálito postrero de un cuello inmaculado.

Mas justo ahí, en ese mismo instante, lo convierto en el más áspero de los gritos.



Callo lo impronunciable, sí. No me preguntes.

Por no emitir sonidos inconexos que esbocen el más mínimo trazado hasta tu gruta.

Y no quemarme envuelta en el azufre que supuran las palabras prohibidas.





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