EL MUNDO SE HIZO PARA LOS VALIENTES



Quien me conoce medianamente sabe que no albergo pudor alguno en manifestar libremente lo que pienso. Del mismo modo, la mayoría sabe a ciencia cierta que esa falta de recato puede extrapolarse a mis sentimientos cotidianos. ¿La razón de ello? Bien creo que es doble. Naturalmente hay desahogo directo toda vez que mis ideas salen de mi boca o se ordenan sobre un texto escrito; siempre lo hay. Por otro lado, y de un modo un tanto altruista, está el ofrecimiento de un minúsculo punto de vista -el mío- a quien pueda interesar, pues bien sabemos que todo está inventado, que no hay sentires nuevos, y que quien más y quien menos puede sentirse en ocasiones identificado con determinadas experiencias.
En numerosas ocasiones me han preguntado si no temo exponerme en exceso con mis letras. Es obvio que no. No sé si se trata de un gesto inconsciente o poco astuto por mi parte. Kamikaze incluso en ocasiones. Pero, si mostrar lo que soy y cómo soy es algo que me brota sin tabúes a cada paso, ¿cómo podría entonces no hacerlo cuando escribo? Es tan solo una parcela más. Me expongo cuando hablo, cuando camino por la calle, cuando doy una clase, cuando miro a los ojos a quien tengo enfrente, cuando beso y sobre todo cuando amo. Ya sé que ir por ahí sin un supuesto escudo puede convertirnos en blanco de potenciales ataques, pero juro y perjuro que no sabría dosificar cuánto de mí ofrezco al resto. Es pensar y sentir lo que nos hace en todo caso vulnerables, y no el expresarlo libremente. Y del mismo modo, sé también que en el pecado está la penitencia, y soy plenamente consciente de que cuando me cruzo con quien no sabe manejarse con tal regalo entre sus manos, asustándose ante la transparencia, deshará en minúsculos pedazos cuanto de mí obtuvo. Pero advierto: no soy yo la que pierde en tal supuesto, sino el que desperdicia un modo de vida, a mi juicio, más auténtico.
Cuando eso ocurre, la rueda vuelve a girar y de nuevo toca ponerse en pie y cuestionarse los porqués de todo, hasta de una misma. Escucho palabras que me dicen: no te muestres, no te entregues, no te enseñes tanto. Necesitaría un libro de instrucciones para ello y me planteo eso de nadar y guardar la ropa. Pero de pronto freno en seco y casi al instante me digo eso de: en qué mundo vivimos, si quien se ofrece abiertamente al mundo yerra sus pasos, y quien acusa una absoluta carencia de empatía, incapaz de discernir con quien se cruza, campa a sus anchas y sale indemne de dolores varios. No soy yo quien yerra en sus pasos en tal envite, sino quien necesita montar un circo de seis pistas plagado de oscurantismo para ¿protegerse? de esa compleja aventura que es la vida. Al fin y al cabo, dicen, el mundo se hizo para los valientes.





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