EL MUNDO SIGUE ESTANDO HECHO PARA LOS HOMBRES (O al menos para algunos)



Creo que con las letras que aquí siguen corro el riesgo de meterme en un jardín un tanto farragoso. Lo sé, lo confieso, soy consciente. Y precisamente el hecho de que tales líneas sean justamente interpretadas se me antoja aún más atractivo. Trataré de que así sea, aunque para ello haya de comenzar puntualizando tres aspectos que para todo aquel que no sepa de qué pie cojeo o con qué pie me impulso, pueden resultar de utilidad.

El primero acota a los destinatarios de mis pensamientos en un grupo concreto de hombres que en absoluto pienso extender a la generalización. Ha habido, hay y habrá hombres a mi alrededor que jamás habrían de darse por aludidos, por cuanto su comportamiento es absolutamente coherente en los referido a los roles que hombres y mujeres desempeñamos.

El segundo de ellos consiste en ofrecer abiertamente mi punto de vista al respecto de la lucha por la igualdad de sexos. No soy feminista y aborrezco el machismo. Tomen ustedes perspectiva sin preguntarse cómo se come eso. El feminismo a ultranza me resulta desproporcionado, por cuanto genera el riesgo de entrar en radicalismos sustentados en la discriminación positiva. Y todo aquello que me huele a sobreprotección y corporativismo se ha ido cayendo de mi santoral de devociones a medida que he ido cumpliendo años. Por otro lado, abandonar el feminismo en Occidente -y recalco, en Occidente-, como se entendió en tiempos en los que era acto de valentía imprescindible, sería el mejor de los síntomas de que algo ha cambiado. Como ejemplo, diré que cada 8 de marzo clamo por la idea de que tal fecha deje de celebrarse en un futuro no muy lejano como el día de la mujer. De la mujer trabajadora, sí, por aquellas que se dejaron la piel en las calles -y en sus propias casas- en defensa de uno de los derechos fundamentales del ser humano. Pero que tal efemérides desaparezca como conmemoración de reivindicación femenina sería, como he dicho, el verdadero símbolo de que la anhelada igualdad entre hombres y mujeres ha llegado a todos los rincones del planeta.

Mi tercera puntualización sirve para que se me sitúe respecto a mi ideario en cuanto a las posibles diferencias entre ambos sexos. Que yo diga a estas alturas que estas existen es cuanto menos blandito. La ciencia nos las explica con meridiana claridad y el sentido común nos hace llegar a la idea de que gracias a ellas, e incluso a pesar de las mismas, podemos llegar a converger en más puntos de los que muchos se imaginan. No sentimos de forma tan distinta, solo que para llegar a ello solemos recorrer caminos diferentes. Generalidades aparte, naturalmente cada persona es un mundo y ahí ya no depende tanto de su sexo.



Aclarado lo anterior, retomo la tesis que me ha llevado a sentarme a escribir hoy: el mundo sigue estando hecho para los hombres, o al menos así se conduce un número considerable de individuos. Palabra que el idealismo de mi juventud me llevó a negarme la mayor durante muchos años. Y palabra que en estos últimos tiempos la estadística me lleva a pensar que tristemente son muchos quienes se siguen inclinado de ese lado de la balanza; por jóvenes, modernos y mega alternativos que se crean. Olvidándome ahora de otros ámbitos, me ajusto a observar únicamente las relaciones directas y personales entre hombre y mujer, especialmente aquellas que conllevan una relación física y/o sentimental. Muchos son aún los que siguen manteniendo un doble rasero a la hora de juzgar un comportamiento femenino. Estos en inicio puede parecer que buscan a una igual en esa batalla que es la seducción. Una mujer directa y con las ideas claras, abierta de mente y cuerpo, y que allane y simplifique el camino del cortejo. Alguien con quien disfrutar sin preocupaciones y que vea como ellos las relaciones mutuas, ya sean carentes de implicación sentimental o si la hubiera en su justa medida. Hasta ahí, idílico. Dos seres bailando al mismo ritmo. Y sin embargo, llegado un punto x de la película tal coordinación se desvanece, pues para dichos individuos, más vale que esa supuesta igual se transforme en una especie de damisela despojada de todo punto de atrevimiento, a fin de no ser descartada del foco de su interés. Algo así como: ponme el camino fácil, pero no demasiado, no vaya a ser que ya no sienta que la conquista es mía. Dame señales de que tengo el campo abonado, pero no en exceso, pues ya no me resultaría tan atractivo el reto. De nuevo me viene a la mente la idea de que el hombre es cazador y la mujer recolectora para poder buscar una posible explicación al fenómeno, porque de otro modo no me explico cómo una vez conseguido el foco de sus deseos, este llega a dibujarse como una empresa demasiado asequible y que ya no motiva. El niño ha conseguido su juguete y pronto se ha aburrido de él. Y sí, existe. Para sorpresa de muchos he de manifestar que existe en una abundancia mayor de la deseada y esperada.

Calcular y pesar la justa medida en la que hemos de mostrar nuestro interés, señores, es tremendamente agotador, créanme. Además de injusto e hipócrita. Querer una mujer libre, pero no demasiado; descartarla si da el primer paso, por asociarla con una come hombres; utilizar incluso su desinhibición como arma arrojadiza;… todo ello no solo es pueril, sino permítanme decirles que es obsceno. Desnaturaliza y desequilibra las relaciones humanas y, ahí sí, cosifica a la mujer. Y en esto se basa mi idea de que el mundo sigue  aún estando hecho para los hombres en múltiples ocasiones.
         Pero cierro rompiendo una lanza por todos aquellos que han logrado despegarse de tales arquetipos y les envío desde aquí mi más profundo respeto y mi cariño. Si no fuera por ellos, mi pérdida de fe en las relaciones sanas entre hombres y mujeres sería absoluta. Y a ellos dedico estas letras. Va por vosotros. Por vosotros y por todas aquellas féminas que no se dejan desmontar por más seres abyectos que se topen por el camino.





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