LA JAULA

By MARÍA GARCÍA BARANDA - agosto 26, 2018





        Cuando era pequeñita me parecía un lugar precioso. Atrayente, brillante, reluciente. Un lugar que tarde o temprano, y si ningún contratiempo me lo impedía, alcanzaría para tomar en él placentero alojamiento. Un lugar donde, ya mujer, poder desarrollar mi vida adulta y formar parte de esta sociedad que conformamos todos con ahínco. Algún día, si hacía bien las cosas, podría ser parte de él. Y soñé. Soñé mucho y planeé. Así que hice todo lo que se supone que ha de hacerse para que eso sucediera, poniendo ganas, tiempo, esfuerzo y una buena dosis de mí misma, de esa que nunca se recupera porque se invierte a fondo perdido a ver qué pasa. Contención y entrega para tocar aquello que realmente merece la pena. Y un día alcancé ese lugar ansiado. Era mayor. Miré a mi alrededor y vi que ya estaba dentro. Con su deslumbrante e imponente figura ejerciendo una imparable atracción a los de afuera y llena de docenas de ojos orgullosos de quienes estábamos dentro. Al fin. Pero tras un considerable rato degustando el sabor de todo aquello, me acerqué a un extremo, al borde del lugar, y vi que la columna en la que me apoyaba no era de majestuoso mármol ni de antiquísima piedra, ni siquiera un elemento natural, un árbol centenario frondoso delimitando el espacio en el que me encontraba, sino que se trataba una barra metálica y plateada. Me enfrió al apoyarme en ella. Observé un poco más y a su lado pude ver otra de idéntica forma y altura. Y a su lado otra. Y después otra. Y entre todas y cada una de ellas pequeños espacios entre los que a duras penas y haciendo un considerable esfuerzo podía deslizarse una persona. Lo entendí entonces. Entendí en ese instante que ahí, en el epicentro de mi vida, esta habría de convertirse en un nuevo proyecto distinto al que siempre había perseguido y que no era otro que el de volver a alcanzar el exterior de aquel espacio. Para siempre.  (Y contigo).

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