ÁNGELES Y DEMONIOS

By MARÍA GARCÍA BARANDA - febrero 24, 2019



   ¿No os ha pasado nunca?..., ¿que habéis oído hablar perrerías de alguien de las que vosotros no habéis visto ni asomar la patita por debajo de la puerta? A mí sí me ha pasado. Tal vez no en demasía, pero alguna que otra vez. Tener un concepto absolutamente positivo de alguien que para otros era depositario de una amplia cadena de faltas intolerables. En esos casos inevitablemente termino cuestionándome sobre mi capacidad analítica: ¿será acertado mi juicio?, ¿estaré cegada por el afecto?, ¿me las están dando con queso?, ¿estará en marcha ese buenismo mío que me invade tres días de cada cuatro? Y observo el panorama desde un par de metros más atrás para terminar dándome cuenta de que ese hecho con toda seguridad se da de igual modo a la inversa. Negaciones personales, portazos y reproches a decenas de gentes que para otros son intachables. Incuestionables. Irreprochables. 

   Es posible. Bien sé que hay un nutrido grupo de almas sin gracia alguna pululando por ahí. Que hay quienes no merecen apenas elogios ni suscitan demasiadas simpatías. Tipos y tipas que sacan de quicio al más calmado. Pero me da la sensación que, más allá de la esperada evolución y mejoría humana a la que hemos de aspirar, más allá de nuestro empeño en no volver a cometer errores ya gastados, cada ser es matizablemente diferente en función de con quién se relacione. Tal vez así sea. Tal vez haya quien se libre del blanco frente al negro y nuestra percepción resultara propia e intransferible. Nada nuevo si pensamos en la importancia darwinista del contexto. Y tal vez aquel ser angelical marcó de dentelladas a Fulanito. O quizás Zutanita, tras llevarnos a la desesperación, es puro savoir faire y dulcísima compañera de viaje con quien corresponda. Quién sabe. Eso me digo. Y cuánto de mí reside en cómo se condujeron, se conducen y se conducirán conmigo. Cuánto de mí vive en esos ángeles y demonios. 

   


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