EL ENGAÑO

By MARÍA GARCÍA BARANDA - febrero 22, 2019






    El engaño. Ente abstracto, comúnmente intangible, de hermosos y larguísimos tentáculos que abrazan a su paso todo caso de historias, circunstancias y seres. Aparente, muy aparente. Es gigantesco y poderoso cuando se ejerce sobre la propia vida, ¿saben ustedes? Y es que son muchos los que caminan largos trayectos sujetos a los asideros proporcionados por una mentira creada por ellos mismos.

 Así, la ejercen a modo de placebo, engañándose en una especie de estado de semiinconsciencia que los ayuda a sobrellevar aquello que les gusta solo a medias. O ni una pizca. Convenciéndose de que cuanto viven huele a auténtica verdad y sabe a elección libre, plena y placentera. Con suerte, con el tiempo llegarán a olvidarse de cómo empezó todo y, por ende, de que se sumergen cada día en una existencia sintética y ficticia. Al parecer de ese modo se conducen tranquilos y hasta son felices. No seré yo quien chiste, aunque tuerza mi gesto si me cruzo con ellos. No es cosa mía.

   Otros, en cambio, y estos me gustan mucho menos, son fabulosos tejedores. Desde apenas niños, aprenden a tomar sus finas agujas y a ir elaborando una perfecta red de embustes para sí mismos. De feísima faz, ese espeso tejido se encargará de cubrir por completo cada desatino, mezquindad, metedura de pata leve y despropósito grave, bajo una textura de convencida disculpa constante. Lo que vulgarmente llamamos “echarle la culpa al empedrao”, vaya. Cuanto acontezca se deberá a equis o zeta asunto, inevitable él y causante de todos los males padecidos y causados. Y se lo creen. A pies juntillas, de veras. Y si no fuera porque en su drama suelen llevarse por delante hasta a los tramoyistas, diría que allá cuidados, cada uno se suicida como quiere, oigan. 

   Ya por ceguera, ya por dramático convencimiento, el engaño propio es abundante. Adictivo tal vez una vez dentro. Pero huele a rancio. Así que para quien lo quiera. 

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