A TI, QUE ME IMPULSASTE A NO CALLAR MI VOZ



La herencia recibida, el más amplio horizonte de recuerdos
que habitaban un cuerpo casi niño. Aún perduran.
 

Dudabas el dejarnos un perenne legado,
sostenido en el cálido abrigo de la seguridad tangible.
Olvidabas entonces mirarnos a los ojos,
en los que ya se hallaba la semilla injertada.
Palabras de quien pudo medir, únicamente tú,  
el trayecto de un tren cubierto de neblina.
Tanto sé, cuánto más desconozco.
 

Tu otra mitad se admira en el orgullo.
Trazaba entonces un mapa dibujado en carbón,
sin experiencia, acaso dando pasos a tientas sobre el barro.
Corazón tan blanco. No puede ser más grande la mujer.
Tanto amor nos entrega, cuánto más recibimos.
 

No me avergüenza gritar a quien me encuentre
que tengo la certeza de tocar con los dedos
tu mirada saciada. Tu simiente
no sería posible en modo alguno sin ti.
Sin ella.
Tanto enseñado, cuánto más aprendido.



Me prometí entonces, nunca más. Sin añadidos
que me obligaran a padecer más pérdidas.
Qué equivocada estuve, desconocí un momento
que nos dejaste Amor. Hoy lo entrego a raudales.
Es ese tu legado y lo mantengo. Lo juro.




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