CON EL CORAZÓN POR BANDERA



¡No me dará la razón así lo maten!,…o así le bailen, tal vez. Pero en el fondo, muy en el fondo sabe, aun a ciegas y por más que no lo reconozca, que pase lo que pase en la vida hay algo que nunca cambia: nuestro rasgo más esencial, ese que nos hace diferentes, ese hilito que hace que no perdamos del todo el norte, ni siquiera en los momentos en los que no hay brújula que nos encuentre. Podremos perderlo todo, pero jamás se evaporará quiénes somos. Es lo que nunca falla. Podrá mutar, sangrar, adelgazar o henchirse. Podrá ser todo lo voluble que quiera en forma, tamaño y textura, pero permanece. Naturalmente me refiero a seguir siendo alguien movido por el corazón.

Hacerse piedra es sencillo. Y ser impasible. Y frío. Pero seguir manteniendo el corazón tibio es la tarea más difícil a la que puede enfrentarse un ser humano a medida que los años le van colmando de experiencias. Nadie dijo que sería fácil, eso es seguro, pero esa referida dificultad no reside en la cantidad de tropiezos que te encuentras por el camino, sino en mantenerte en tu esencia a pesar de ellas. Los momentos grises suelen traernos al pensamiento la tentación de dar un viraje al otro lado, de ponernos a salvo. Y desde luego, suelen poner en nuestros labios palabras que nos hacen cuestionarnos para qué nos sirve ser así. ¡Error! Ser así no es un para qué, no es una finalidad, es simplemente ser, es un punto de partida inevitable. Se es o no se es. No es síntoma de debilidad, sino de ser fuerte, de estar vivo y de no conformarse con lo que no nos hace felices. Ser así es no dejar que otros nos ganen la batalla, no entregarles el mapa de nuestra vida –porque solo a nosotros pertenece–, ni rendirnos a vivirla, por muy zorra que esta sea a veces. Ser así es no convertirnos en un mero reflejo de ella, sino en la imagen que proyectamos en el espejo. ¿Para qué sirve? Pues por lo pronto para seguir siendo dueños de nosotros mismos, pero también para que las personas que nos quieren por lo que somos no se vuelvan invisibles a nuestros ojos, valorando lo que sí tenemos. Y por extensión, para que ellos continúen queriéndonos por eso que somos precisamente. ¡Casi nada!

Por supuesto que dejarnos mover por el corazón duele, pero seamos justos: es la vía exacta que en determinados momentos nos hace asimismo elevarnos hasta donde no sospechábamos. Sufres como si no fuese posible sentir mayor desgarro, pero también cuando llega el momento dulce te entusiasmas y eres feliz como si no hubiese mayor plenitud. Reconozcámoslo. Es vivir intensamente y alcanzar cotas extraordinarias y eso es algo que muchos se pierden por el camino. Y no niego que cuando las cosas no van del todo bien nos decimos que el precio a pagar es demasiado alto y que no merece la pena tal dispendio, pero confesemos igualmente: cuando el tiempo mejora, es tal el éxtasis que sentimos que en ese momento damos por buenas las lágrimas del pasado.

Ser alguien de corazón es un riesgo, una rareza ya y un rasgo en extinción, lo sé; pero al tiempo es el regalo más puro y preciado del mundo, para quienes nos rodean, pero principalmente para nosotros mismos.










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