ÚNICA (Frontera 601)

   



     Agradar, gustar, encantar, adorar, apasionar, querer, enamorar, amar,… Gradaciones y jerarquías. Porque en esta vida tendemos a jerarquizarlo todo. Nuestra mente necesita patrones, tablas y moldes, calificaciones, nombres y clasificaciones. Para saber. Para ubicarnos. Para poder decir. Para poder contar. El qué, el quién, el porqué y el cómo. Para explicarle al mundo lo que somos, lo que soñamos, lo que sentimos, lo que pensamos. Pero lo cierto es que para nosotros mismos no hay medidas ni pesos. Tampoco necesitamos un orden lógico de intensidades, ni una cronología de avances. No somos tontos. Sabemos lo que hay. Diferenciamos perfectamente lo que nos resulta agradable, aquello que nos gusta, la voz que nos encanta y el ser a que adoramos. Sabemos sentir quien nos apasiona, detectar por quién velamos porque lo queremos, pronunciar el nombre de quien nos ha enamorado y el alma de quien amamos. No es necesario ponerle puntuaciones. Sabemos y sentimos. 
     Ya lo decía Borges con acierto, eso de que uno está enamorado cuando sabe que esa persona es única. Y lo es. Única. Única para pensarla, extrañarla y llorarla. Única para reír y para desearla. Única para querer protegerla de todo mal. Y única para provocar tu enfado. Para ir a buscarla o para dejarla ir. Única. Para volar con ella y por ella. Para crecer y subir escalones. Por quien caer por pánico y volver a ponerse en pie. Única. Irremplazable. Una vez, esa vez en la que todo se vuelve punto de inflexión. La frontera de todo, entre el ayer y el hoy. Único. Ese ser y nadie más. 

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