DE CORDEROS CON PIELES DE LOBO



¿Y si con el paso de los años se hubiese evaporado tu capacidad de ver a través de los ojos de los demás?, ¿te lo has preguntado alguna vez? Yo sí, desde luego. Y no una, ni dos, ni tres docenas de veces… sino cientos. Acaso cada día. No quisiera perder esa destreza, pero sé que esta es frágil y voluble. Inflamable al contacto del infierno interior que muchos no consiguieron extinguir. De hecho, percibo alrededor un desalentador número de invisibles muros protectores que circundan a tipos que podrían merecer la pena, y mucho.  La reacción es hasta lógica. Y yo que suelo encajar bastante bien las debilidades humanas -según me dicen y admito-,  alcanzo a comprender la decisión de no querer mirar al interior de determinadas personas que podrían hacer tambalear nuestros cimientos.  Se evita con ello un acto de introspección masivo a lo más oscuro de uno mismo, y al tiempo nos pone a salvo de esa inconsciente tendencia a hacernos de miel, a sumergirnos en la ternura provocada por los rasgos más humanos de quien se muestra como el más feroz de los lobos. Bajo la cetrina piel de la mayor parte de ellos -no de todos, ¡ojo!-, se esconde un corderillo que ante las inclemencias se vio obligado a abrigarse un poco más. Seguramente ha llegado a dudar sobre la posibilidad de despojarse de dicha rentable corteza y volver a vestir su atuendo original, pues hay que ser muy valiente para ello. Posiblemente retrasa la decisión, diciéndose que el momento aún no ha llegado. Y muy probablemente cree haber olvidado cómo, por qué y si de veras quiere hacerlo. Le advierto desde aquí, ahora que no nos lee nadie, que no será suya la decisión de descubrirse, sino que el gesto provendrá unas manos ajenas en un breve y casi inapreciable movimiento; pero de eso ya se dará cuenta.
     Reacción lógica, decía, la de mantenerse guarecido de dolores padecidos y causados, con sus lamentos o sentimientos de culpa correspondientes. Comprensible, pero venenosa. Quedarse a vivir eternamente en ese país de combativo proteccionismo enfría el alma hasta ser incapaz de admitir que una mirada puede estar provocada y dirigida únicamente por y para nosotros. Inesperada revelación a la que deberíamos tender la mano y abrirnos como un verdadero triunfo de vida. Uno sabe muy bien reconocerla cuando se cruza con ella, por lo que no hay causa tan grave que nos impida enviar un guiño de vuelta.
 Concluyendo, y volviendo a la cuestión inicial, confirmo que tengo clara mi respuesta: ni he perdido la voluntad de rebuscar en el interior de las personas, ni bajo la guardia ante el siempre traicionero y amenazante miedo a hacerlo. De eso estoy segura. No me compensa sentirme un poco más a salvo de posibles resbalones, porque estos son también parte de la vida y porque arriesgarse puede regalarnos enormes satisfacciones. No quiero arrepentirme de lo que no osé hacer; de hecho no quiero arrepentirme y punto. 
Y por si hubiese el menor síntoma de duda, diré que precisamente hoy me han preguntado sobre si hay algo en mi interior que se ha endurecido hasta impedirme sentir en modo alguno. Mi respuesta ha sido un no rotundo. No me he hecho más dura, me he vuelto más flexible. He entendido que ya me siento en absoluta plenitud con mi vida presente y con lo que de mí voy logrando, por lo que no deposito en otros hombros una responsabilidad que solo a mí compete. Relativizo y admito que compartir la vida con los seres con los que te vas cruzando es cuestión de sintonías y acordes bien afinados, en el momento justo y en lugar preciso, pero con el arrojo de querer componer algo mínimamente aceptable. Y sé que lo que haya de venir llegará por sí solo, porque es fruto del libre fluir de las relaciones personales en las que como mínimo hay dos voluntades que interactúan. Y entonces, solo entonces, habremos de estar preparados para recibirlo, porque esa acción sí que depende únicamente de nosotros mismos.


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