PERDER EL TIEMPO (O la enorme estupidez del ser humano)



Cualquiera que tenga un mínimo de sentido común es consciente de lo efímero de nuestra existencia y del enorme deterioro que sufrimos desde el mismo momento en el que ponemos un pie en este mundo. Conscientes sí, pero a veces solo a medias. Pasamos los días preparándonos para el mañana, acaldando las mañanas y arrullando las noches para que cuando venga lo que haya de venir nos pille listos. Ahora no, no estoy preparado aún. Quizás mañana. Mañana ese cambio de vida, mañana ese trabajo, mañana ese amor, mañana esas paces, mañana recuperar a ese amigo,… mañana.
Me llega hoy el video de un cortometraje, Naturales, en el que se muestra la cara amarga de la enfermedad del Alzheimer para pacientes y familias. Ese duro y triste proceso de olvidar quiénes fuimos, quiénes son nuestro centro y cuál fue nuestra vida. Olvidar involuntariamente. Perder forzosamente. Y mientras lo veía, no pude evitar romper a llorar. La pantalla se clava en la sensibilidad de cualquiera, pero además automáticamente me vino una idea a la cabeza: ¿qué hacemos con nuestros años, con con lo sencillo de nuestros días?, ¿qué estamos haciendo con nuestro devenir cotidiano perdiendo un tiempo de oro que tan solo debería estar destinado a vivir intensamente? Yo he visto la muerte de cerca. No la mía, sino la de una de las personas que más amaba. En mis propios brazos. Y sé bien que la exhalación del hoy es el adiós del mañana. Mi verbo más odiado: perder. Pero sobre todo me revuelve las entrañas cuando lo que perdemos es la posibilidad de ser felices, de vivir nuestros sueños, de luchar por obtener lo que más queremos y de acompañarnos de quienes verdaderamente deseamos tener a nuestro lado. Y perdemos el tiempo, sí, imbuidos en temores, en miedos, en inseguridades, en prejuicios y en lamentos, cuando lo más sencillo sería lanzarnos en plancha ante la mínima posibilidad de avanzar y rozar, aunque solo fuera con la punta de los dedos, esa felicidad. Y perdemos la valentía, la capacidad de hacer locuras y de sentir sin más, que al final es lo único que cuenta. Y lo hacemos por cumplir con preceptos establecidos en nuestras propias cabezas. No le echemos la culpa al exterior, no, cuando es nuestro propio microcosmos el que establece límites constantes a nuestros movimientos. Qué conscientes, como decía, sí. Qué sensibles con dichas causas. Y qué poco hacemos por impregnarnos realmente de esa lección y pegar un puñetazo en la mesa por dejar atrás lo que no tiene caso ni gravedad y por dar un sentido auténtico a lo que nos rodea. Mucho decir y poco hacer. Me exaspera y me enfada. En mi gente y en mí misma. Y me llena de impotencia esa pérdida inútil del escasísimo tiempo de reacción del que gozamos. ¡Qué coraje me da!
Veo el video, sí. Y creo que en un momento de lucidez, cualquiera que atraviese por un trance así, por el trance de perder su norte, podría pensar: qué estúpido fui cuando esperé para ser feliz y dejé que el tiempo se escapara entre mis propios dedos; esperando a estar listo, esperando a un mejor momento, creyendo que mis posibilidades serían infinitas y que esto que tenía frente a mí era eterno. Enorme estupidez del ser humano.






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