CON ARENA EN LOS OJOS

By MARÍA GARCÍA BARANDA - diciembre 15, 2018





Tenía la ropa llenita de arena. Se le había ido colando poco a poco y casi sin darse cuenta; o tal vez sí, pero la había pillado distraída, tratando de remar contracorriente. Y ahora se revolvía en sí misma. Arena entre las costuras, en el escote de su blusa, en los bolsillos del pantalón, en los tobillos. Arena incluso por dentro de su ropa interior. ¿Cómo habría ido a parar allí? No encontraba postura. Ni de pie, ni sentada. Mucho menos tumbada.

Y le decían que esa pequeña y polvorienta molestia no era del todo mala. Que era fruto de las experiencias que arañan y pican, que irritan levemente la piel para recordar lo vivido y no olvidar lo tropezado. Eso decían. Aunque ella no estaba demasiado convencida de esa teoría. A ella le gustaba acariciarse la piel y notarla fresca y suave, hidratada y tersa, sin impurezas. Desprotegida tal vez, pero sin resto de rencores ni costras. De lo contrario, como ahora ocurría, se sentía mala. Sí, sí, algo más mala de lo que había sido hasta entonces. Menos blanca, más alerta; y desde luego infinitamente más quebradiza y desconfiada de las bondades del ser humano. “Eso no es malo, de veras –decían–, aprendizaje”. “Desaprendizaje, más bien” -se decía ella. Y aquella sensación le hacía sentirse un poco peor consigo misma. En efecto, justo así: se sentía peor mujer que antes; por saberse de vuelta de mucho cuando aún estaba de ida de otro tanto. Más a lo suyo, más huraña unas veces, más irritable otras, algo más egoísta cuando se encabritaba y de gesto más altivo cuando creía necesitar defenderse a sí misma. Lo normal, al parecer. ¿Tal vez más sabia?, podría ser, sí; pero desde luego…, con los ojos llenos de arena. Y sin discernir si ese hecho la convertía en más o menos ciega ante la vida. Todavía.


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