¿Tan
difícil es empezar de nuevo? ¿O es acaso más sencillo quedarte en tu
confortable rincón, aunque éste se encuentre plagado de luces y sombras?
Posiblemente lo sea. Por intrépidos o desarraigados que seamos, a medida que
pasan los años todos tratamos de buscarnos ese rincón tranquilo. Un recodo en
el que en mayor o menor medida todo parece estar bajo nuestro control. O al
menos todo se envuelve en la apariencia de lo conocido. Y ya sabemos que más
vale lo malo conocido… porque además no siempre es tan malo.
El conflicto aparece cuando lo nuevo, bueno o no, llega para deslumbrarnos.
¿Qué hacer, entonces?... ¿ponerte una venda y hacer como si no hubieses visto
nada?, ¿preguntarte qué pasa y depurar tu vida?, ¿liarte la manta a la cabeza y
romper con todo y con todos, para empezar de nuevo? Aquí hay opciones para
todos los gustos. Y todas ellas son comprensibles y respetables. Depende su
elección, pues, de múltiples factores a tener en cuenta: del grado de
conservadurismo de cada uno; de la calidad y cantidad de la materia a perder;
del potencial de lo recientemente aparecido; del miedo al cambio y a lo
desconocido; del momento de fortaleza emocional que atravesemos…
Una vez valorados todos los factores, todos los pros y los contras, llega el
momento de ponerse a ello. Hay quienes enmudecen y observan, y deciden
reflexivamente no olvidar lo que tienen a su alrededor. Hay quienes enmudecen y
observan, pero deciden atenazados por el miedo y salpicados de comodidad. Hay
quienes parecen no inmutarse y prosiguen como si nada hubiese ocurrido. En el
lado opuesto, hay quienes dan dos golpes en la mesa, olvidan fácilmente su vida
anterior, rompen con todo y se ponen por bandera el lema de: la vida
son dos días. O también hay quienes miden, observan, sopesan y, al darse
cuenta de que la vida llega para pedir cuentas, ingresan en un nuevo estado
evolutivo.
Por mi parte, creo haber pasado por todas y cada una de esas fases y modi
operandi. Y hoy por hoy, me quedo con la última de ellas y renuncio
explícitamente a aquélla que me aleje de mí misma y me cubra con el velo de la
cobardía. Mañana… ya veremos.
Ellos tienen razón esa felicidad al menos con mayúscula no existe ah pero si existiera con minúscula sería semejante a nuestra breve presoledad después de la alegría viene la soledad después de la plenitud viene la soledad después del amor viene la soledad ya sé que una pobre deformación pero lo cierto es que en ese surable minuto uno se siente solo en el mundo sin asideros sin pretextos sin abrazos sin rencores sin las cosas que unen o separan y en esa sola manera de estar solo ni siquiera uno se apiada de uno mismo los datos objetivos son como sigue hay diez centímetros de silencio entre tus manos y mis manos una frontera de palabras no dichas entre tus labios y mis labios y algo que brilla así de triste entre tus ojos y mis ojos claro que la soledad no viene sola si se mira por sobre el hombro mustio de nuestras soledades se verá un largo y compacto imposible un sencillo respeto por terceros o cuartos ese percance de ser buenagente después de la alegría después de la plenitud después del amor viene la soledad conforme pero qué vendrá después de la soledad a veces no me siento tan solo si imagino mejor dicho si sé que más allá de mi soledad y de la tuya otra vez estás vos aunque sea preguntándome a solas qué vendrá después de la soledad.
Y rescato: "Hay diez centímetros de
silencio entre sus manos y mis manos. Una frontera de palabras no dichas entre
tus labios y mis labios, y algo que brilla así de triste entre tus ojos y mis ojos".
Yo estuve allí, en la Manifestación en Defensa de la Educación Pública. Al igual que miles de compañeros, alumnos y padres, ejerciendo mi derecho democrático ante una situación que me cala hasta el tuétano. Otros que no estaban de acuerdo decidieron no asistir. O no secundarla. Y con ello ejercieron igualmente su derecho democrático. La Constitución lo avala. ¡Faltaría más!
Por lo que a mí se refiere, era una cuestión de principios. Pero no -o no primordialmente- ideológicos, sino de principios estrictamente humanos. Una cuestión de lealtad conmigo misma. El día en que decidí dedicarme a la enseñanza establecí un compromiso personal y absoluto con mi función docente. Ese día, tomé la determinación de dedicarme en cuerpo y alma a ofrecer a mis alumnos cuanto estuviera en mi mano. Muy posiblemente, muchos de los que hoy no han apoyado la huelga y la protesta adquirieron un compromiso semejante. Jamás se me ha pasado por la cabeza ponerlo en duda. No soy tan osada. Sin embargo, quisiera ofrecer a quien pueda interesar mi visión de la historia.
En el día de hoy, 22 de mayo de 2012, hemos asistido a un hecho sin precedentes en la historia de nuestro sistema educativo. Hecho sin precedentes porque padres y madres, alumnos y docentes hemos puesto, al unísono, voz a nuestro dolor y rechazo ante una situación de involución que arrasa con los avances conseguidos hasta el momento en materia educativa. Nuestro sistema, al ritmo que nuestra propia sociedad, necesita de constante progreso y por supuesto es susceptible de continuas mejoras. Cualquier docente con un ápice de sentido común y responsabilidad sabe cada día, al entrar en un aula, que su labor es mejorable. Y lo intenta. Lo intentamos. No obstante, por más que nuestro sistema educativo precise de urgentes cambios, las directrices que se están tomando actualmente desandan un camino que se vislumbra nefasta y tristemente sin retorno.
A lo largo de estos meses, y coincidiendo con el inicio de las primeras protestas ante los recortes en Educación, hemos asistido a todo tipo de juicios y de críticas. Las primeras de ellas hacían blanco en la figura del docente, tachándonos de cómodos, insolidarios y vagos ante una situación económica que provoca escalofríos. Centrándose en nuestra negativa al aumento de nuestras horas lectivas, se nos calificaba de absolutos responsables del fracaso educativo de nuestro país. De insolidarios por acomodarnos en nuestra poltrona y negarnos a trabajar un poco más. Figuras relevantes de nuestro sistema político aducían que nuestra dedicación a la profesión –en horas y en calidad- era ínfima, que nuestros meses de vacaciones eran excesivos, que nuestra incapacidad de motivación a los alumnos era tangible y que el hecho de que nuestros sueldos fuesen recortados era lo que verdaderamente nos hacía revolvernos contra el sistema. Asimismo, se nos tachaba de no estar suficientemente preparados, o de no estar dispuestos a estarlo. Tales críticas dolían, pero desgraciadamente estamos acostumbrados. No importan tanto.
Sin embargo, quisiera explicar humildemente a cualquier ciudadano que lo desconozca o lo considere de su interés, cuál fue el motivo que puso en nosotros el germen de lo que hoy se ha visto. Lo que de verdad nos hizo revolvernos en nosotros mismos fue la puesta en marcha de una serie de recortes que no sólo -y en contra de lo defendido por el Ministerio y las Consejerías de Educación-, diezman la calidad de la enseñanza, sino que segregan, discriminan y privan a un gran número de alumnos de la citada calidad. Recortes que inmoral e inconstitucionalmente disparan a discreción contra la Enseñanza Pública. Curiosa y sorprendentemente no disparan contra la Enseñanza Privada. Al menos algunos se salvan, sean cuales sean los motivos de ello. El primero de dichos recortes es una sustanciosa reducción de recursos humanos: el despido masivo de aquellos docentes que, a su criterio, no son “ya” necesarios; aquéllos que sirvieron para desempeñar su labor cuando fue preciso y que hoy no lo son tanto; aquéllos que pesar de haber superado las mismas pruebas, requisitos y oposiciones que el resto, no pudieron obtener puesto fijo por -en muchos de los casos- razones económicas; correspondientemente con este despido aparece la sobresaturación de las funciones docentes para aquellos que mantienen su puesto de trabajo por ser merecidos funcionarios y que, desde este momento, pasarán a desempeñarlo en condiciones más que hostiles, en las que falta de medios y el azote de las exigencias burocráticas harán el resto. El segundo de los recortes se encuentra directamente relacionado con el anterior, por cuanto es medio de viabilidad de aquél: el aumento del número de alumnos por aula, con la consiguiente imposibilidad de que los docentes podamos dedicarnos a la imperiosa e imprescindible atención a la diversidad que nuestra sociedad actual pide a gritos. Menos profesores y más alumnos por aula en un momento en el que no nos lo podemos permitir.
Efectivamente, nuestra sociedad ha cambiado sustancialmente en las últimas dos décadas. Las estructuras familiares son radicalmente distintas, como así lo son los perfiles sociológicos y emocionales de nuestros niños y adolescentes. Chicos de variadas procedencias geográficas, con distintos niveles de aprendizaje, con situaciones familiares impensables hace veinte años, con necesidades físicas, psíquicas y educativas de tan rápida aparición, que ni a nosotros nos da tiempo a abordar. La sociedad –aun cuando a veces seamos los mismos, con distinto maquillaje-, cambia a un ritmo vertiginoso y con ella ha de cambiar nuestro proceso de enseñanza-aprendizaje. Por ello, eliminar de un plumazo medidas -siempre mejorables, claro-, que favorecían la atención a grupos reducidos, el uso de materiales, y la disponibilidad de personal suficiente y cualificado al respecto supone la más absoluta imposibilidad de educar con calidad y atender a dichas demandas sociales.
Yo estudié en aulas con 40 alumnos. Estudié sin medidas de atención a la diversidad. Sin programas de acogida al alumnado inmigrante. Sin proyectos de inmersión lingüística para alumnos sin conocimientos de español. Sin expertos en pedagogía terapéutica para alumnos con dificultades de aprendizaje. Sin aulas de compensatoria. Lo hice y aquí estoy. Entiendo por ello, que muchos se rasguen las vestiduras al oírnos decir que hoy día volver a aquello es inviable. Pero quisiera invitar a la reflexión de que estudié en un tiempo en el que se formaba “el listo” y “el que no servía” se iba fuera; en un tiempo en el que la globalización era un proceso sin extender y, por ende, las cifras de inmigración en España eran insignificantes; en un tiempo en el que alumnos con dislexia o trastornos de hiperactividad y déficit de atención eran no sólo no diagnosticados, sino incluso calificados de alumnos sin ganas de aprender; en un tiempo en el que el alumno que había perdido algún curso quedaba directamente fuera de la rueda; en un tiempo en que las posibilidad de ampliar estudios en el extranjero era opción de unos pocos; y sobre todo, en un tiempo en el que el alumno que se sentaba en un aula de secundaria no lo hacía de forma obligada –me permito recordar, ESO: Educación Secundaria “Obligatoria”-, sino que lo hacía voluntariamente. Por todo esto no podemos volver atrás. Rescatar un sistema educativo similar al de los años 70 en una sociedad del siglo XXI es dirigirse al precipicio. Y a ello se está volviendo sin reformar excesivamente los planes educativos, ni los diseños de cursos y asignaturas. Tan sólo es preciso reducir el número de profesores, masificar las aulas, imposibilitar la dedicación particular e individual que cada alumno demanda de nosotros, eliminar las aulas de refuerzo, suprimir las aulas de educación compensatoria, reducir las aulas de formación de alumnado adulto…. Con ello, ya tenemos el retroceso. El pastel ya está en el horno y a ello se dirige el plan de recortes educativos: reducción de recursos económicos y reducción de recursos humanos.
En ocasiones la sociedad no apoya. En otras simple y comprensiblemente desconoce lo arriba expuesto. Es natural. Pero lo sangrante es que quienes se encuentran al mando de este barco, aquellos que son elegidos, votados y pagados por la ciudadanía, vuelvan la cabeza, hagan oídos sordos o, lo que es peor, padezcan una absoluta ceguera al respecto. Hoy mismo, ante la respuesta de huelga del colectivo educativo, desde las propias Consejerías de Educación se la ha calificado de un movimiento “más político que sindical”. Muy señores míos, permítanme decirles, con todos mis respetos, que no se trata de una acción de esos mimbres. Se trata de una respuesta absolutamente social, dado que la Educación no debería estar sujeta jamás a tintes ni a colores políticos. Los cargos públicos, toda vez que han sido elegidos democráticamente en las urnas –votados por unos y acatados por otros-, o bien nombrados como cargos de confianza por aquéllos, se deben en cuerpo y alma a su labor pública. Tan en cuerpo y alma como un docente a sus alumnos. Están obligados a tomarle el pulso a la realidad social. Por ello, la respuesta, nuestra respuesta, no es desmedida, sino directamente proporcional a las acciones tomadas por los poderes nacionales y autonómicos. Y en este caso, las medidas de recortes vulneran derechos constitucionales y esenciales como el derecho a una educación de calidad libre y gratuita, y el derecho y deber de trabajar dignamente. El primero afecta directamente a alumnos y familias. El segundo afecta a los docentes. Ya estamos todos: respuesta social.
Por estos motivos nos revolvemos. No porque los centros educativos públicos –al contrario que los privados- hayan dejado de recibir, hasta hace bien poco, las dotaciones económicas durante casi un año. No porque se haya pedido a los docentes apretarse el cinturón y para ello se hayan recortado sueldos –como a muchos trabajadores de la empresa privada-. No porque muchos docentes vayan a quedarse sin empleo –como los más de cinco millones y medio de parados que ya lo están-. O no solamente nos revolvemos por esas razones. Nos revolvemos fundamentalmente porque el futuro de nuestros niños y jóvenes no es moneda de cambio. Nos revolvemos porque nuestra obligación es protegerlos de esta vorágine. Nos revolvemos porque los cargos públicos, desde el momento en el que juran como tales, se deben a su labor pública y no a cualquier otro tipo de intereses. Nos revolvemos porque los responsables de ministerios y consejerías de ámbito social (educación, sanidad, asuntos sociales) jamás han de descuidar las prioridades y necesidades básicas de tales ámbitos, aduciendo razones económicas. Nos revolvemos porque, hasta el momento, ninguno de los países inmersos en la crisis actual ha considerado que dinamitar los presupuestos educativos pueda favorecer la salida de esta misma. Más bien al contrario, reforzar la educación de nuestros jóvenes es la única puerta de esperanza de mejora que podemos abrir en estos momentos.
María García Baranda
Profesora de Lengua castellana y Literatura - Cantabria
Hoy reivindico la aceptación de la propia identidad. Reivindico ser fiel a lo más privado de uno mismo. Reivindico la vida en absoluta libertad de pensamiento y sentimiento. Reivindico el ser capaz de dar rienda suelta a los más íntimos deseos, quereres y objetivos. Reivindico el derecho a no sentirse juzgado. Reivindico la valentía a seguir el propio camino a pesar de sentirse observado, juzgado e incluso psicoanalizado. Y, lo que, es más, reivindico el respeto ajeno ante las diversas opciones de vida existentes. Reivindico la empatía ante los sentires, miedos y sueños ajenos.
Nadie dijo que vivir en sociedad y acoplarse a las circunstancias fuese labor fácil. De hecho, creo, nos volcamos en ello con absoluta dedicación. Sin embargo, se nos olvida en la mayor parte de las ocasiones el paso previo y fundamental: sentirse en paz con uno mismo y hacernos justicia. Sernos absolutamente leales, aunque se desmorone el mundo que nos rodea. Y es este asunto primordial, porque mal podremos dar un paso hacia nada o nadie si no iniciamos la tarea mirándonos escrupulosamente a las entrañas y averiguando con minucia quiénes somos. Ése sí es el verdadero conflicto. Triple salto mortal. Adquirir el suficiente grado de inteligencia emocional como para diseccionarse hasta el tuétano, colocar cada elemento encontrado en su sitio, y, a pesar de ello, aceptarnos y ser consecuentes. Llevar nuestra verdad hasta la última de las consecuencias. Sernos fieles.
Arrastramos con nosotros una pesada mochila vital. Respiramos constantemente por las heridas abiertas e incluso por las cicatrices de las ya cerradas. Nos miramos al espejo y, sin ver los enormes espacios del alma aún vírgenes, giramos nuestros ojos hacia los cortes profundos. Ahí se cruzan dos caminos: permanecer absortos, regocijarnos en ellos y lamernos las heridas; o, con cierta distancia, saber que son sólo una muestra más de que estamos vivos y, a pesar de ellos, seguir viviendo con la misma intensidad. Opto por este último, por laborioso que sea y aun con el titánico esfuerzo que ello supone. Gano en enriquecimiento personal, pero especialmente, en lealtad hacia mí misma. Y esa, esa no la vendo por nada ni por nadie, ni siquiera por mi miedo y fragilidad.
Volvía cada tarde del colegio contando a mis padres las
andanzas del día. Pelos y señales de cada conversación, de cada juego, de cada
anécdota... Olía a frío. A madera, a hojas secas, a lluvia, a castañas asadas,
a katiuskas, a ruido de niños. Olía a tardes de invierno plácidas y sencillas.
El “baby” aún puesto, bajo el abrigo y recogido como si de un delantal se
tratase, porque en su interior guardaba celosamente manzanas pequeñas y
arrugadas, caídas de los árboles del patio. "¡Mi madre podría hacer una
tarta con ellas!".
Al llegar a casa, tocaba merendar: bocadillo de salchichón, o de chorizo, o de
bonito en aceite, Sabrosos, pero ¡eternos! Después deberes: el deber siempre
antes que la diversión; pero es que en este caso no había línea divisoria entre
ambos. Y lo mejor habría de llegar después: charlas, canciones, teatrillo
improvisado y espontáneo, cariños, juegos con mi hermano del alma -mi
compañero-, y con mis padres. Siempre atentos. Siempre dispuestos e
infatigables conversadores. Y así cada noche hasta la hora de la cena. Pijama,
lectura y a dormir. El reloj mandaba, porque mañana sería "día de escuela".
Y el pensamiento de si esa noche, al levantarme a por agua, me dejarían al fin
quedarme un ratito más para así poder ver un poquito de esa película de
Hitchcock o La Zarzuela por televisión. Creo que lo daban los
domingos, pero no estoy segura.
No se trata de la peli de Pedro Almodóvar. Se trata de un
continuo que me encuentro a cada paso y cada vez más frecuentemente: la mala
educación. Numerosas ocasiones en las que me topo todo género de despropósitos
de este pelo. Y de entre todas ellas hay una, que, si no fuera tan
lamentablemente absurda, daría –y dio– para reír. ¡A carcajadas!, y que me hizo
decirme: “la ocasión la pintan calva y mañana sin falta a este tema le va un
articulazo de tomo y lomo”.
Situémonos, 23 de julio. Comenzaban las fiestas de Santander. Desde primera hora
la calle era un auténtico hervidero de gente: santanderinos y no santanderinos,
visitantes de numerosos puntos de España, estudiantes que se encuentran en los
cursos de verano de la UIMP, guiris y veraneantes… La noche prometía
ambientazo –excesivo quizá para el habitante común de la ciudad–, y no
defraudó. Así, tras la cena entre amigas, nos dirigimos a la Plaza Cañadío, que
con el buen tiempo tiene el encanto de vivirse en la calle. No cabía un
alfiler, y entrar a por una copa a cualquiera de los locales habituales se
convertía poco menos que en una hazaña épica. Elegimos local y elegimos bebida. ¡Chicas, a por unos mojitos! La primera parte ya estaba hecha. Lo que venía a
continuación ya era más complicado y consistía en hacerse con uno de los huecos
exteriores de la plaza, y más aún, con una mesa. El conseguir ya algún que otro
taburete era el triple salto mortal, pero todo podía ser. Oteamos y… ¡voilà! Entre la multitud se dejaba ver un amplio hueco en una mesa en la que sólo se
encontraba una pareja esquinada. La chica, epítome de nuestro siempre amable y
sociable Santander, rondaría los veintitantos. Él, extranjero y de una edad
similar, chapurreaba algo de español.
Ubicados ya en el espacio-tiempo, paro aquí un momento la narración para
hacer una reflexión de los hábitos y costumbres sociales. De todos es sabido
que, en ocasiones como la que cuento de alterne y gentío, no es nada extraño el
compartir hueco, mesa e incluso conversación con quienes te rodean. Es momento
para la cortesía y, por qué no, para las relaciones sociales, para conocer
gente. Costumbre ésta vieja como el hombre. No hay más que viajar para darse
cuenta de que es esto un hábito por el que nadie se rasga las vestiduras. Más
bien al contrario. Es frecuente encontrarte incluso con el ofrecimiento de
alguien para sentarte a su mesa, sin que por ello piense que vas a inmiscuirte
en su conversación ni atentar a su privacidad. Quizás en España –o
especialmente en el norte–, pueda ser algo más común esa tendencia a cerrarse
en uno mismo y en su gente, y a tratar de preservar la intimidad del momento.
Sin embargo, el hecho está ahí y se da cada vez con más frecuencia.
Volvamos entonces a la historia, Santander y Plaza Cañadío, a eso de la
una de la mañana. Nos dirigimos a la mesa discretamente y la cara de la
mencionada chica comienza a tornarse en una mueca en absoluto amable. Una de
nosotras, Emma, con una amplia sonrisa y discreta prudencia, se dirige a ellos
y les dice distendidamente, entre pregunta y afirmación: “compartimos mesa”. He
de suponer que en ese momento la chica en cuestión –porque él ni hablaba ni se
movía–, sintió una cuchillada fría en el estómago. Tuvo que ser eso, tuvo que
sentirse agredida, acosada, herida en lo más profundo de las entrañas. ¿Cómo
era posible que unas completas desconocidas apoyasen su copa en el extremo
opuesto de “¿su mesa?” Sí, no tengo la menor duda de que debió de sentirse como
Boabdil al perder Granada, a juzgar por la expresión y color de su cara. Su
tono iba tomado un color rojizo, su expresión… encolerizada. Y su voz, ¡ay, su
voz! Agria, brusca, seca, pronunció unas palabras que no olvidaré mientras
viva. Esas palabras pasarán a formar parte del bruto de expresiones que han
pasado a la Historia: “¡No, ésta es nuestra mesa, hemos llegado antes!” En ese
preciso instante el tiempo se detuvo, la cara de Emma, la mía misma, eran
auténticos poemas. Nos habíamos perdido un episodio. No sabíamos de qué, pero
algo faltaba. Y, sin embargo, Emma, sin perder su sonrisa, dio otra oportunidad
al momento y explicó que nos quedábamos en un rinconcito sin molestar. Pero no
hubo suerte, la chica enrojecía y enrojecía. Sin duda, ¡pobrecita mía!, se
sentía de nuevo agraviada, vulnerada y como respuesta vocalizó con perfecta
rotundidad y antipatía local un “no” que por poco provoca un cataclismo. Ahí
sí, ahí nuestra perplejidad cambió de sentido y de nuevo Emma, aunque atónita,
levantó la espada y con un gesto definitivo le dijo: “Pues ahora es cuando nos
quedamos”. Pensé que era el final, mi vida entera pasó ante mis ojos. El resto
de nosotras nos aproximamos a la agredida víctima, haciéndola saber que no era
nuestra intención molestar, pero que al mismo tiempo su actitud nos resultaba
desmedida e incomprensible. Su respuesta no tardó y se tradujo en tres gestos:
el primero consistió en dirigirse al nuestro grupo para reprobar nuestro
comportamiento, según ella impropio de “nuestra edad”; el segundo fue contestar
a las palabras de Patricia con un “y con usted no quiero hablar”; el tercero
fue asirse fuertemente al extremo de la mesa y moverla hacia ella, cual niño
que hace saber que su juguete es suyo. Eso fue bonito, muy bonito. ¡Qué
capacidad defensiva!, ¡qué arrojo!, ¡qué bravura!, ¡qué bien y pronto se
habría resuelto la supuesta Reconquista de haber contado con heroínas de tal porte! Pero
nos hemos olvidado del acompañante foráneo. Él, que curiosamente no perdía una
tímida sonrisa, acertó tan sólo a articular unas palabras: “Yo es que no hablo
mucho español”. Marta dio entonces nuestra respuesta unánime: “Mejor, mucho
mejor que no hables casi español”. Y lo era, porque el suceso fue, además de
absurdo, incomprensible, lamentable, vergonzoso, pero sobre todo humana y
sociológicamente desolador. Y allí nos quedamos, cada uno en lo suyo. Después
de un rato, ellos habiendo terminado su copa, partieron a su siguiente destino.
Sin embargo, al marcharse, ella, la chica, la víctima del suceso, la heroína…
olvidó llevarse consigo “su mesa”.
Pensar que cuando escribimos lo hacemos
únicamente por y para los demás es, cuando menos, ingenuo. Aseverarlo –en
algunos casos incluso belicosamente–, nos priva además de cualquier
calificativo artístico que el lector pueda otorgarnos. Pero si además creemos
que nuestro cometido es reflexiva y eminentemente didáctico no sólo es
presuntuoso, sino un absoluto engaño.
Cuando decidimos tomar un trozo de papel y
plasmar un sentimiento, contar una historia, formular una crítica, ofrecer una opinión…,
lo hacemos principalmente por y para nosotros mismos. A partir del momento en
que decidimos ponerlo negro sobre blanco, nos inunda e incluso obsesiona una
tremenda necesidad de salir al mundo y gritar a todos, aquello que habita, cual
okupa, en nuestra cabeza. Es catártico. Sí, con su punto artístico, pero una purga,
al fin y al cabo.
Todos hemos probado alguna que otra vez la
terapia. Al hacerlo se siente por fin una liberación tal, que, desde ese justo
momento, y con ciertas dosis de masoquismo, se está preparado para volver a
llenar ese armario intelectual y emocional que se convertirá de nuevo en
nuestro tormento. Y otra vez a empezar: llenar, dar forma, expulsar y vaciar.
Así que muy señores míos, quien escribe,
sea artista, profesional, amateur, ocasional…, lo hace siempre para sí.
Necesita expresarse y pronunciarse sobre todas las cosas, por más que en un
gesto, mitad generoso, mitad egocéntrico, decida en mayor o menor medida
regalarle sus páginas al mundo.
Dentro de cada autor –cree poesía, novela,
opinión, teatro…–, hay un lírico en potencia. A veces, éste sobresale por
encima del novelista, articulista o dramaturgo. Otras veces se esconde
agazapado en la sombra. Pero sea en la medida que sea siempre está presente.
Omnipresente. ¿O no es cierto que en cada escrito y en cada autor hay siempre
una cierta pincelada de egolatría y vanidad? La hay.