AMANECER II



Toda la semana esperando abrazarme a la almohada con fuerza y la primera luz de la mañana se ha colado entre mis sábanas para arrancármelas de un tirón. No sentí frío, al contrario, y abrí los ojos con un gesto seco. Incluso antes de ser capaz de procesar un solo pensamiento, esbocé una sonrisa pícara y visceral, despertando así del mismo modo en el que me venció el sueño.

Mientras escribo estas letras sonrío de nuevo acompañada tan solo de un café con leche endulzado con las imágenes cotidianas de los últimos días y consciente de que cuento con una facilidad pasmosa para perderme entre las dunas de arena movida por vientos nuevos. Y me dejo ir…

Mi casa, en absoluto silencio, se convierte en santuario de mis secretos y encuentro que no hay placer mayor que entregarse con todos los sentidos a revivir los gestos más sencillos. Con la vista, y recordar miradas que dicen más en un instante que miles de palabras pronunciadas en largos parlamentos. Con el olfato, rememorando los aromas de la gente que te provoca un mundo con tan solo acercarse. Con el oído, descifrando las frases que cuentan de una vida la esencia de sus más íntimos deseos. Con el tacto, sintiendo las veladas caricias que te erizan la piel despertándola de vacíos pasados. Con el gusto, saboreando palabras, guiños, confidencias, e imaginando más… Hay un sexto sentido y dicen que las mujeres lo desarrollamos en mayor medida, tal vez, pues se asienta este en la experiencia de las emociones vividas y en las recién nacidas: es la intuición. Constantemente me paro a medir lo certero o erróneo de mis conclusiones intuitivas y oscilo dudosa en mis conclusiones. No sabría decir si es bueno el tino de mis instintos, pero quizá si me concentro en los objetos de mis deseos, no yerre el blanco.



  MÚSICA: Íntimo, Marco Barriento (Solo)

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