RELATOS ENCRIPTADOS (IV)


Había leído aquella novela media docena de veces, pero nunca había reparado en esa palabra como en aquella ocasión. Se le erizó la piel y sus ojos comenzaron a brillar con la fuerza de los cuerpos celestes. Con un movimiento cuidadoso cerró el libro y lo apretó fuertemente contra su pecho como si quisiera atesorar en lo más hondo la fuerte impresión que había sentido, y que le había provocado un fuerte escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, desde la punta de sus pies hasta el último rizo de su pelo. Sonreía, entendía el concepto con una intensidad vívida que sabía poco habitual. Los presentes, figuras desdibujadas a su vista, se percataron de que algo extraordinario le estaba sucediendo. La miraban inquisitivamente unos, con curiosidad otros, queriendo averiguar con avaricia el contenido de aquellas letras que la habían transformado la expresión del rostro. Comenzaron a especular sigilosa e individualmente, para después dar paso a un sinfín de cuchicheos. Se oían comentarios acerca de si entre las páginas de aquel libro habría encontrado la inspiración para comenzar alguna otra historia o si le habría recordado alguna experiencia ya vivida.

Ella callaba cautelosamente. Apenas dejaba oír su respiración cuando comenzó a sentirse observada y a temer si era evidente lo que emanaba de su expresión, si todos cuantos la rodeaban podrían adivinar lo que estaba sintiendo. Y por otro lado jugaba al despiste, por aquello de que las hipótesis se tambalean siempre ante la amenaza de la certeza de no conocer nunca del todo a quien tenemos en frente. Prefirió mantener el misterio.

El día que comenzó la relectura de su novela buscaba en ella resquicios no percibidos en ocasiones anteriores, nuevas perspectivas de la historia a través de los ojos de personajes aparentemente insignificantes. Lo que de ningún modo pudo sospechar fue que en esa ocasión iba a sentirse absolutamente identificada con la protagonista, la misma en cuya piel se había puesto tantas veces y a la que creía conocer como a una amiga. Tantas veces había hecho suyas sus palabras, tantas había reaccionado conforme al retrato que de ella ofrecía su autor,…y sin embargo esa era la primera vez que comprendía lo que le atravesaba el alma. Eso le hizo asombrarse de sí misma y llegó a pensar que una y otra vez había paseado entre las páginas de su historia tan solo de puntillas. Y al punto dio con otra posible causa: jamás antes aquella palabra había adquirido tal dimensión porque cuando llegaba a sus dedos, estos estaban dormidos por la rutina e incluso por los momentos de letargo que había atravesado en momentos anteriores de su vida. Ahora no. Ahora esa palabra se había desplazado como un calambre brazo arriba, alcanzando sus hombros, recorriendo su cuello hasta llegar al extremo de sus labios. Una vez allí el resto del trayecto fue sencillo pues un suspiro hondo permitió que entrase en el interior de su boca. Su sabor era dulce y pulposo, y al tiempo emitía un ardor incombustible. Era una palabra con cuerpo, grandiosa y sería por sí misma agua y alimento. No haría falta nada más, pues en tan solo un segundo le había despertado los sentidos sin tan siquiera pronunciarla.

Durante unos minutos llegó a plantearse si sería conveniente decirla en voz alta para que tomase vida por sí misma y no correr el riesgo de que se desvaneciese en el camino. Pero el miedo de no tener voz suficiente para que todos pudiesen oírla se apoderó de ella y pensó que tal vez sería mejor esperar a escucharla y así palpar su ritmo, su volumen, su tono. Le invadió la duda: ¿las palabras se sienten o se piensan?, ¿se dicen o se escriben?, ¿se reinventan o se reviven? Tendría que consultarlo con la almohada, a menos que alguien le diese una palmadita en la espalda y esta saliese espontáneamente de sus labios. Fuera como fuera, una cosa era clara: tarde o temprano esa palabra sería pronunciada con la misma fuerza con la que ella la había redescubierto entre las páginas de su novela favorita.

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