¿EL AMOR NACE O SE CONSTRUYE?



Punto de partida: conversación de madrugada y una pregunta en el aire: ¿el amor se construye? Ante tal cuestión y concentrada en la conversación afirmo de inicio que el amor ha de construirse. Sin embargo, en ese instante mi conversador me hace pensar en si ese vocablo resulta adecuado por encontrarse demasiado cercano al concepto de crear. Empieza mi reflexión y es él precisamente el que provoca que le dé unas cuantas vueltas a la idea y que esta desemboque en estas letras. ¡No lo puedo evitar!

Entiendo perfectamente y comparto su matiz de que el amor no se crea, como si de un diseño u objeto prefrabricado se tratase, pues sería en ese caso algo forzado, ausente de fuerza de sentimiento. De igual modo, me muestra la necesidad de que el amor fluya desde un punto de origen de enamoramiento mutuo y a partir de ahí… Particularmente, comparto también el sentir de que conocer a alguien que despierta tu interés amoroso contiene una fuerza arrebatadora, sí, una sensación de enamoramiento omnipresente que te hace vivir en las nubes. Al respecto de esa visión mía, me dijeron por cierto en una ocasión que tenía una forma de vivir el amor un tanto adolescente, pues le daba un lugar preponderante a ese citado arrebato inicial en el que la ilusión te invade, en el que no piensas en otra cosa y te sientes volar. Sigo creyendo en ello, por lo que tal vez tenga ese componente de amor romántico viviendo conmigo. Y sin embargo, hay también para mí, y en connivencia con ese romanticismo, algo mucho más fuerte en lo que al amor se refiere; o al menos lo hay ahora que ya he atravesado determinadas experiencias. Sigo cayendo rendida ante gestos románticos como la espontaneidad a la hora de expresar lo que estás comenzando a sentir, el transmitir las inmensas ganas que se tienen de estar con la otra persona, las notas de una canción de amor o una frase de las que te dan un vuelco el estómago. Naturalmente que sí y, es más, lo necesito. Pero sí creo que hay un espacio de construcción de la relación amorosa sin que ambas cuestiones tengan que ser excluyentes. Creo, además, que llegadas determinadas etapas de la vida en las que uno ha pasado ya por múltiples experiencias, caídas, relaciones fallidas,… esta cuestión se acentúa y la necesidad de tomarse con calma y firmeza las relaciones sentimentales se hace de imperiosa necesidad.

Descubrir que sientes amor o que te estás enamorando de alguien es absolutamente maravilloso cuando te encuentras en ese estado inicial de limerencia al que me refería anteriormente. Pero seamos conscientes de que conlleva una fase de idealización en la que la persona que tenemos enfrente no presenta fallo alguno y creemos haber dado con la cuadratura del círculo. Así pues, tal sentimiento corre el peligro de ser efímero o poco consistente, al menos si detrás no llega algo de dimensiones mayores. Evidentemente, si no hay correspondencia de sentimientos, hablar de esto resulta inútil, pero el hacer que se desarrolle como una verdadera relación amorosa lleva tiempo de descubrimiento, máxime cuando ya tenemos un bagaje detrás en esa búsqueda constante de la persona “correcta”. Aquí es donde empieza la construcción. Y esto es así por cuanto de humanos, de seres reales, de seres de carne y hueso hay en nosotros. Enamorarte de verdad, amar de verdad, creo firmemente que pasa por toparte con las vulnerabilidades de la otra persona, porque sin duda estas van a hacer acto de presencia y son, al tiempo, las que hacen que realmente te estés enamorando de alguien concreto y no de esa idea del amor creada en nuestras cabezas. Y ahí, a pesar de todo lo imperfecto o, mejor dicho, con todo lo imperfecto es cuando comienzas a percibir sensaciones como la de no querer perder a esa persona ni que salga de tu vida. Sensaciones como la de buscar su presencia porque algo en ella te hace sentir bien, aun sin saber todavía por qué, qué es lo que sientes o si sientes. No hay ya idealización, sino realidad. Y es que lidiar con las neuras del otro, con tus propias neuras, con las oscilaciones y las vacilaciones no es nada fácil y en ocasiones puede llegar a ser hasta devastador; pero es parte del camino y comporta una fuerte dosis de voluntad. Yo misma lo experimento como tal y he de reconocer que cuando dichos rasgos aparecen, mis bases se tambalean y doy incluso un par de pasos hacia atrás al menor atisbo de duda en la otra persona. ¡Tentaciones de salir corriendo como alma que lleva el diablo, vamos! Mi amor se nutre del amor del otro y se deshincha si el de la otra persona se vuelve volátil. Y es exactamente eso, la falta de voluntad, lo que me hace plantearme la idea de marcharme, no el hecho de que la otra persona presente taras ni el no saber a dónde llegará todo.

Esta es mi humilde opinión de que el amor no son solo los fuegos de artificio iniciales, sino que también y principalmente es construir y la voluntad de construcción. Pero repito,…es tan solo mi opinión.




…porque las letras le pertenecen
no solo a quien las escribe,
sino a quien provoca el sentimiento que las inspira.





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