LOS AMORES DIFÍCILES SON UNA TROLA (o mi proceso de radicalización)

By MARÍA GARCÍA BARANDA - enero 11, 2018




    Hubo un tiempo en el que llegué a creerme que las cosas tenían que ser así. Siempre. Tal y como ya eran. Que si hasta entonces la vida había resultado para mí de un color muy concreto era porque este estaba prefijado para mí con carácter eterno. Tal vez por mí misma, por mi modo de ser y de hacer, por mi carácter. O tal vez por un halo a mi alrededor que en confluencia con mi interior disponía mis asuntos de un modo muy preciso. Llegué a pensar que estaba destinada a sufrir por amor. Que toda historia sentimental que llegara a mi vida sería complicada por naturaleza. ¿Por qué? Porque sí. Así de sencillo. Porque es algo que ocurre mucho. Porque, de hecho, ya me había sucedido mucho, en grandes y espesas dosis. Y porque en ningún sitio ni en ningún documento suspendido en el cosmos ponía nada al respecto de que eso dejaría de suceder algún día, por más que la gente me lo dijera a cada paso. Por lo tanto, y a pesar de no perder de vista el hecho de que yo sí le había puesto sangre pura a mi vida amorosa, pasé casi a convencerme de que posiblemente ese estado era lo que habría de esperarme allí delante, por razones misteriosas y desconocidas, aunque también a la luz de la gran avería sentimental y emocional que se gasta el mundo ahí afuera. 
    La cosa es que pensaba que mis amores nunca serían del todo correspondidos. Nunca asentados, al menos. Que llegado el caso, o bien no querrían permanecer a mi lado, o no desearían comprometerse en una vida común por razones diversas. Que no se enamorarían del todo, o que no estarían dispuestos a vivir con una mujer como la que yo represento. Que no sentirían que compartían conmigo la misma visión de la vida o que se encontrarían insatisfechos con aquello que a mí me llena. Llegué a creerme de veras que ese, en cualquiera de las versiones anteriores, podría ser mi sino durante largo tiempo, a saber si de por vida. Y del mismo modo contemplé mi grado de culpa en ello. Yo había entrado en ese juego de aceptar y tratar de entender esa elevada complejidad del mundo amoroso que todo lo invadía actualmente. Observé que posiblemente las personas nos metemos en dinámicas que, como círculos viciosos, nos atrapan. Dinámicas vividas e interiorizadas a cierta profundidad desde la que no vemos el espacio exterior, asunto del todo necesario para saber conducirnos y tomar decisiones al respecto. Y a partir de ahí, llegaron justificaciones de todo tipo en las que creía sin género de duda: El amor es difícil. El amor es complicado. Las mochilas con las que cargamos son pesadas. A veces vamos a destiempo. Hay heridas que entorpecen. Has de entender. Has de conformarte. Has de empatizar. Rehacer vidas es misión casi imposible. El concepto del amor está desvirtuado…. De tanto tratar de entender y comprender, creo que me pasé de vueltas y llegué a perder la perspectiva en más de una ocasión. Me acostumbré a lo largo de muchos años a que mis historias amorosas superasen en lucha, lágrimas, quebraderos de cabeza,… a los guiones cinematográficos. No era algo buscado ni pretendido. ¡Nada más lejos! Y me decía: ¿No son siempre así?, ¿no son siempre así,… cuando se trata de mí o de aquellos a quienes hago de paño de lágrimas, aunque no para el resto del mundo mundial? Asentía. Y asumía. Y aprendía y mucho, eso sí. Pero llegué a no creerme que existiese historia de amor sencilla, fácil -que no relajada-, blanca, fluida. A estas edades es lógico, ¿no?
     Pues no. No es lógico. Hay años, mochilas, heridas, miedos, decepciones, fracasos. Pero también sus correspondientes enriquecimientos: vida, experiencias, satisfacciones, actos de valentía, alegrías, éxitos. Y naturalmente que volver a empezar no es pan comido. Pero el amor es sencillo, ha de serlo. Si no, no es amor. Y se basa en un principio fundamental: querer estar con la persona a la que amas. Quieres, lo necesitas, lo buscas, lo facilitas,… y lo haces. El resto de dramas que enredan las historias no son más que indicios de que uno de los dos integrantes -o ambos- no está en absoluto en posición de entregarse a nadie. A veces ocurre, sí, por lo que en ese caso es mejor retirarse de la circulación y quitarse esta estúpida idea de esperar que alguien ajeno a uno mismo te salve. Me gustas, pero no te quiero. Te quiero, pero no te amo. Quiero estar contigo, pero no sentirme novio/a. Te adoro, pero no estoy preparado/a para una relación. No eres tú, soy yo. No puedo estar sin ti, pero no se por qué. No estoy enamorado/a.... Podría seguir. Y eso solo con lo vivido en carne propia, con que si tiro de experiencias cercanas, no termino. Pero creo que todos sabemos de sobra de qué va esto. Por mi parte son muchas las horas, muchos los días, muchos los años, y aún más las letras dedicadas a desentrañar los misterios de los amores difíciles. De ese tema sé un rato, no tengo pudor en decirlo. Y con todo lo acumulado no me despego de aquello que llegué a entender a base de vivir, pensar, llorar, disfrutar, concluir y escribir. Alcancé claves que me han servido, que me sirven y que me servirán. Y espero alcanzar más, puesto que no hay nada en esta vida que me interese más que el comportamiento humano. Y por esto mismo rotundamente afirmo que el amor es sencillo, basta con que dos se quieran y simplifiquen. Al 99,9 %. Lo demás son patologías que hemos de curar individualmente. No reprochables, no censurables. No, al menos, si se detectan y no se hiere a nadie más a ser posible. Humanas pues. Pero patologías al fin y al cabo. 
   El amor es sencillo, sí. Querer, amar a alguien es intrínseco al ser humano. Es limpio, fresco, puro, satisfactorio. Es natural. Las complicadas somos las personas, el llevarlo a la práctica, nuestros defectos de carácter. Así que bien creo hoy que la primera criba que hemos de hacer(nos) ante una experiencia amorosa es la que emana del propio sentimiento amoroso. ¿Quiero estar con esa persona y entregarme? Un solo monosílabo hará caer la balanza del platillo adecuado. ¿El resto? Literatura. Y no se admite como prueba en el juicio. 


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