IRIS




    Dentro de tu iris se esconde todo un mundo, casi inabarcable, formado por media docena de vidas, por algún crujido y por una súbita chispa con que muerdes el tiempo. Con que le hincas los dientes y, con pausa, le das la vuelta al suelo.
     Y es que hay mucho que ver allá adentro, en tu iris. Kilómetros de luz para absorber de ti y para descubrirte. Para escucharte horas y para acariciar una ternura inmensa, generosa. Te confieso que suelo perderme observándolo en las tardes de sol. En esas en que coges mi mano y me cuentas tus cosas, y tu iris se hace eterno. O cuando tu pupila, al escuchar las mías, se dilata o contrae liberando con ello un color jaspeado. Color que he de decirte, así como te pongas o aunque me lo niegues, que se torna en verdoso en lo más claro. Cada día un poquito, sí, un tanto más verdoso. Y también más brillante. Y aún más transparente. Tanto, que cruzo a su través. No me cuesta trabajo adentrarme en tu iris, ¿sabes?, no me es ningún esfuerzo. Es casi mágico, instantáneo, fugaz. Soy capaz de llegarte hasta lo más profundo y de oler cada hueco, cada víscera latente, cada gota de sangre, y de sudor. Y te sorprenderías cuánto consigo ver. Y de qué modo. Y cuánto me emociona, de hecho, cada rincón de ti que te descubro. En silencio me digo, afortunada yo, que menos mal que tuve los ojos bien abiertos. Que menos mal que fui capaz, que anduve un poco lista, y despierta. Que no haberte observado habría sido estúpido. Y no verte un delito. No sé si tuve mérito, o lo tuviste tú por permitirme ser. Lo que sin duda es cierto es que cuando me miras, cuando tomas mi mano, cuando te siento el pulso, cuando miro a tu iris,… no necesito más. En ti lo tengo todo, enorme todo tú. Y tan cálido eres, tan tibios son tus ojos, que jamás siento frío.


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