MALDIGO

    Al igual que le canto a los buenos sentimientos, como humana que soy, tengo espacio y día para formular lo que se halla en el platillo opuesto. No haría justicia si no tuviera el arrojo de igualmente formular las correspondientes denuncias y maldiciones a quien proceda y a lo que corresponda. Merecido lo tienen. Por ejemplo aquí... Por fortuna, hace tiempo que dejé de frenarme a la hora de decir la verdad sobre esas gentes con las que por desgracia una se cruza para despertar el más espeso de mis desprecios. En efecto,  así lo manifiesto: me generáis un profundo asco, una repugnancia tal, que más allá de esperar que sea el tiempo el que hable, os dedico el peor de mis deseos. Me refiero a individuos que carecen de catadura moral alguna y tienen el rostro de, con el correspondiente golpe de pecho, proclamar a los cuatro vientos su creída -o impostada, ya no lo sé- decencia y con total desvergüenza acusar al resto precisamente de eso de lo que ellos pecan. En tales casos, solo me cabe en la cabeza un par de explicaciones: o padecen una disfunción mental grave -véase mezquindad supina o trastorno psíquico de gravedad (o ambos a un tiempo)-; o su disfunción es moral y en su maldad son capaces de mentir descaradamente hasta llegar en su absurdez incluso a creérselo. Sea como sea, he llegado a un punto en el que en mi caminar diario no me inspiran ni medio miligramo de comprensión o empatía. Sería estúpida si así lo sintiese, y en mi caso, sin modestia alguna declaro, me lo impide la falta de remordimiento o culpabilidad a tal efecto, y el sentido común e inteligencia de que ellos, precisamente, carecen. No puedo, por tanto, más que maldecir y declarar mi guerra eterna a ese tipo de seres con los que prometo que no claudicaré jamás.


A quien es capaz de morder la mano que un buen día le brindó de comer.
A quien ingratamente olvida que le ofrecieron todo cuanto fueron. Y más. Sin pedir nada a cambio.
A quien miente a la cara del vilipendiado, mirándolo a los ojos y manteniendo el tipo casi sin despeinarse.
A quien ataca al que no la devuelve estando en su derecho de defensa.
A quien niega verdades que bien conoce, que un día confesó y que hoy calla a lo perro.
A quien hiere a ese ser al que algún día amó (si es que supo sentirlo) y lo vende después al mejor postor, a algún advenedizo o a su propio interés, que de eso sabe un rato, por cierto.
A quien se arrima a otros hasta que no interesa. 
A quien le pone precio a las personas.
A quien nunca dio nada, pero siempre exigió lo que nunca llegó a ganarse o a merecerse.
A quien no asume culpas, jamás, teniendo en su retén prácticamente todas.
A quien descarga en otros sus negros desvaríos (a cientos), sus excentricidades y su miseria humana.
A quien es incapaz de construir su vida con sentido y sobrevive chupándole la sangre a quien pueda servirle.
A quien no tiene escrúpulos, decencia, humanidad, como para ponerse ni tan solo una vez en segundo lugar. Caiga quien caiga. 
A quien solo ha sabido mirar hacia su ombligo, aunque en el ejercicio perjudique a quien debe protección absoluta. Indefenso, sagrado, intocable. 
A quien fabrica sin temblarle la mano una imagen falsa y victimista, y es capaz de fingirla incluso ante su sangre.
A quien no quiere a nadie, quien no sabe querer a nadie en absoluto. Que hoy vende a su madre o a su padre, y mañana a sus hijos, por una vida fácil y por sacar tajada. 


Sigue la vida. Seguirá. Y yo me sentaré a mi puerta y veré a aquél que pase frente a ella, y veré cómo pasa y en qué estado. Yo lo veré. Lo juro. 


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