PEQUEÑOS ESBOZOS: Mejor

By MARÍA GARCÍA BARANDA - abril 12, 2018




    Acabo de sentirme afortunada, muy afortunada, después de que un pensamiento haya brotado en mi cabeza: de los cambios que -llevados a cabo por mi propia acción- he atravesado a lo largo de mi vida puedo decir que todos han sido para mejor. Todos. Con la totalidad de ellos he salido ganando, avanzando, evolucionando. Claro está que eso lo digo ahora, a toro pasado. Y que cuando me encontraba en el epicentro del seísmo sentía que mi mundo se desmoronaba a mis pies. Y en efecto así era, como nos pasa a todos cuando todo lo conocido se esfuma o has de dejar atrás, sin echar una última mirada para no convertirte en sal, eso a lo que te encuentras encadenado. En verdad se despedaza el mundo sobre el que vives, aquello que conoces y reconoces como tuyo; pero nadie dijo, aunque aún no lo creas, que hubiera de ser el mundo ideal. Ni sano, ni feliz. Ni tan siquiera el correcto. Lo que ocurre es que todavía no lo sabes. En ese momento tan solo percibes los temblores, tu aturdimiento y el hecho de que te quedas con las manos vacías. Entonces nunca piensas que el cambio será para mejor, porque en la ecuación existe el factor pérdida y ante eso no hay quien crea que la mutación será positiva. Pero… se verá. Salvando las pérdidas incuestionables, abstrayéndonos a ellas, para poder evaluar el resto con justicia habrá que esperar. Será preciso aguardar a que dejen de agitarse los cimientos para asomarse afuera. Y entonces, una vez allí y con perspectiva, observar alrededor. Y al interior.
    Hasta el día de hoy, por lo tanto, puedo sentirme muy agradecida. Y una mujer con suerte, porque no sé lo que es el arrepentimiento por las decisiones tomadas, al menos no sobre lo que resulta en verdad importante. Acabo de hacer repaso mental y cada resolución tomada, cada vez que cerré una puerta o abrí otra, cada vez que decidí afrontar algo desconocido y nuevo, y dejar algo atrás, con cada “hasta aquí” hice lo correcto y salí ganando en la apuesta. Dolió, costó, me provocó verdadero miedo, me hizo sentir profundamente sola, o culpable,… pero hoy sé que acerté. El paso me llevó, a pesar de la tormenta, a mejor.
   Me he planteado, desde luego, si hoy opino como opino por una tendencia a tratar de sacar lo positivo y un aprendizaje de cada experiencia vivida, más aún si esta resultó en especial compleja o penosa. También me he planteado si existe conformismo en mi opinión o necesidad de edulcorar la vida. O si después de haber vivido días agrios, la calma posterior me hace sentirme en un subtipo de paraíso. Pero a decir verdad mi sistema métrico para este tipo de situaciones es el siguiente. Si una vez que consideras las pérdidas inevitables -sin desmerecerlas, dejar de lamentarlas, ni hacerles caso omiso-, captas que tu ánimo mejora, que creces emocional y/o intelectualmente, que has dado portazo a dolores y estados de pena o angustia, que has aprendido, que vives emociones antes desconocidos u olvidados de paz o felicidad,…. si te sucede cualquiera de estas cosas, es que en efecto has ganado en ese cambio. Yo así lo siento. Hay pavor a los adioses, tendencia al apego y enganches, pero a su pesar los indicios son inequívocos. El dolor atravesado y lo que queda atrás es el precio a pagar. Pero el puñetazo en la mesa, ese mandar todo al carajo de una vez por todas sucede porque de verdad ha de suceder. El hartazgo también ayuda. Ha de ser y es. Y eso siempre trae consigo algo mejor.
   No miento. Cada cambio decidido y llevado a cabo por mí me ha traído consigo una nueva María que, si bien un día temblaba de incertidumbre y se sentía desolada y aterrada, reunió fuerzas para llevar a cabo una jugada valiente. Arriesgada tal vez, pero al final acertada. Todos podemos perdiendo un poco de pudor y un mucho de conservadurismo. Y a partir de ahí… no arrepentimiento.





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