UNA LEY DE MEMORIA HISTÓRICO-SENTIMENTAL




    Hace mucho tiempo algún anónimo debió de contar a sus allegados haber oído que por ciertas tierras se rumoreaba que en algún remoto escondite estaba escrito que los seres humanos al separarse han de iniciar una batalla campal a fuego y a sangre. Que cuando dos personas dejan de compartir espacio y tiempo, y toman destinos diferentes han de profesarse un odio y una sed de venganza tan arraigadas a los huesos como para justificar los actos más detestables. Efectivamente algún documento de enjundia debe de recoger ese principio, con seguridad, porque de otro modo no me explico cómo es posible que tal mediocridad humana se practique con tanta alegría. Y sin despeinarse. Desconozco si se enseña en las escuelas, en las calles o en el entorno de algunas familias a la hora de la cena. Desconozco si es un rasgo propio de un genoma o fruto de la imitación. Lo que sí sé es que me provoca un profundo asco  cruzarme con quien sin temblarle el pulso es capaz de volverles la cara a aquellos con los que un día caminó de la mano, por no hablar de llevar a cabo acciones capaz de procurarles todo género de incomodidades, pesares e incluso males de variados colores, formas y tamaños. Tiene que ser documento de ley, ¡por fuerza, sí! Esa ha de ser la explicación para conseguir entender el hecho de que nos crucemos a diario con tan ingente cantidad de gilipollas. ¿Qué otra causa podríamos hallar en ello, pues? A no ser que…, a no ser que se trate de algo simple, sencillo, maniqueo,… como el mero hecho de que la mezquindad abunda por cada esquina. Sobresale por los bordes, rebosa, estalla la estupidez humana. Seres empachados de egoísmo, faltos de miras, capaces de llevarse todo por delante y con un enorme vacío de principios. Seres que esparcen su labor en la más repugnante forma posible: siendo desagradecidos y mordiendo la mano que un día los acarició. 
     Sobre gustos no hay nada escrito y habrá a quien este hecho que hoy describo no le haga especial mella, o no más que otros, pero por lo que a mí respecta, diré que me genera un total y absoluto desprecio. No son pocos además -lo cual no me consuela-, los ejemplos en los que veo, oigo y compruebo cómo un individuo o individua le desea un perjuicio equis a quien fue íntimo. Y ahí, en tales casos, justo en esos momentos, quisiera poder tener la capacidad de crear y administrar ley, regia yo, indiscutible. Aplicaría una ley de memoria histórico-sentimental a las relaciones humanas. Una ley inapelable y de obligado cumplimiento. Una ley según la cual, desde el mismo momento en el que nace una relación personal basada en los sentimientos, hubiéramos de firmar con el otro un compromiso vitalicio de mutuo respeto. Limpio, sano y blanco. Honesto. Profundo. Además, y de manera muy especial, en el caso de que dicha relación fuese de pareja, contraeríamos una deuda mediante la cual habríamos siempre de recordar que esa persona que está ahora ahí, al otro lado, no es en absoluto un extraño. Que fue alguien a quien quisimos y nos quiso, a quien amamos y nos amó, y a quien protegimos seguramente de todo peligro. Que es parte de nuestra vida y que lo será siempre de un modo u otro. Que le debemos años, vivencias y gestos importantísimos y agradecimiento por haber sido nuestro compañero de viaje. Por más que hoy los caminos de ambos se hayan separado, el amor de pareja se haya extinguido y la felicidad de cada uno se halle ya en otro lugar, como es obvio ya que en caso contrario no se habría originado una separación. ¿O no? Una ley de memoria histórico-sentimental... La pondría en marcha, sin duda. Y sería implacable. Su incumplimiento merecería para mí el mayor de los castigos: ostracismo social, abandono y una condena de desamor perpetuo. Nada más y nada menos. Porque quien olvida el sentimiento y la entrega un día recibidos, y paga con despropósitos, desplantes y daños gratuitos no merece volver a recibir amor ¡jamás! Y es que no perdono a quienes pronto se olvidan de aquellos con los que se compartieron, a quienes borran de su memoria el hecho de que hubo un tiempo en el que crecieron, convivieron, quisieron, amaron a esa persona, a quienes con la mayor de las frialdades y crueldades convierten en extraño a ese ser de quien recibieron verdadero amor. No lo perdono y por ende no me merecen ni el más mínimo de los respetos. Y habrá quien diga que el ser humano necesita odiar, sentir rencor, culpar y patalear, pero no, no me sirven los despechos, el sentirse abandonado, ni la infidelidad. Tampoco el hartazgo o el no ser feliz ya con el otro. En tales casos, cada uno por su lado y santas pascuas, que estamos en fecha además. Un periodo de resquemor en privado y hasta de desahogo poniendo verde al otro,… pero nada más allá. Esa es mi visión. 
     Sé bien que mi versión puede resultar un tanto idealizada a más de uno y de dos. Y sé mejor aún, como cualquiera, lo que es sentir ese despecho, ese rencor, esos celos, esa rabia,… y desde luego ese dolor amargo y profundo. Pero doy gracias de no pertenecer a esa tipología de seres, doy gracias a quienes me educaron y sobre todo doy gracias a mi sentido común, que siempre me llevan al lado opuesto de ese comportamiento. ¿Cómo lo hago? Sencillo, muy sencillo. Amando de verdad. Sabiendo lo que es el Amor verdadero y que este es sin duda generoso y desprendido. Teniendo claro que se encuentra en el platillo opuesto del interés y justo al ladito de no querer sacar siempre tajada de todo. Recordando que el que las cosas vayan bien no tiene nada que ver con que ocurra siempre lo que y como queremos. No olvidando que esa otra persona tiene también necesidades, miedos, vulnerabilidades e insatisfacciones. Y, por supuesto, no prostituyéndome nunca en historias porque estas me reporten un beneficio, sea que me pasen la mano de continuo, me solucionen los problemillas, me sostengan económicamente o me aguanten mis neurosis,.... Y si algún día me vuelvo así, si tomo alguna de esas formas de quienes estoy segura que no tienen ni pajolera idea de lo que es amar y ser amado, si eso ocurre, ¡mándenme ustedes a la mierda y aplíquenme de paso la ley de la memoria histórico-sentimental! Sin indulto. 



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