TRANSFORMACIÓN CONTINUA Y PERMANENTE

By MARÍA GARCÍA BARANDA - enero 17, 2019




     Llegué a pensar, en mi pasmosa ingenuidad, que si algo sucedía en mi vida en forma de decisión, acontecimiento ultra relevante o compromiso existencial, esto habría de ser así para siempre. Si deseaba mantenerlo, se encadenaría a mí sin riesgo de evaporación. Y si por el contrario se convertía en una cadena de doloroso porte, yo habría de sostenerla sin queja ni esperanza de escapatoria. Así habían llegado las cosas y así habrían de permanecer.

    Más tarde, con un tramo de camino ya recorrido y media docena de bofetadas en ambos carrillos, averigüé que no. Que esa inmutabilidad era imposible -después aprendería además que tampoco es conveniente-; que eso de aguantar estoicamente al borde del precipicio es una solemne tontería con dramáticos gestos de autoflagelación; que no hay por qué; y que ni en ningún oficialísimo documento pone eso de que hayamos de adquirir un compromiso vitalicio absolutamente con todo lo iniciado. Puede que sí o puede que no. 

    Como consecuencia de ello sentí que todo ser humano habría, tarde o temprano, de experimentar una transformación de enjundia. Por la razón que fuera. En fondo y forma. En su visión del exterior, pero sobre todo de sí mismo. Y, no sé si vino dado o fue decisión consciente, a ello me dispuse. Fui variando, creo, abriendo los brazos a los distintos modos de vida que alcanzaba mi vista; en efecto, transformándome en mi versión más libre sin dejar de ser yo misma. 

   Pero el techo de la propia existencia no se toca jamás, supe. De nuevo la inocencia me había llevado a pensar que la citada gran transformación era, si llegaba, una. Una sola. Enorme, convulsa, radical, definitiva ella. Y qué errada, pues, ya que tras ese movimiento sísmico en el interior de uno mismo, comienza una serie de incontables réplicas que habrán de durar hasta nuestra última respiración. El cambio está servido y es permanente, por fortuna. Y no requerirá traicionarnos por dentro, ni separarnos de aquellos a quienes más queremos. El canje no siempre tiene ese aspecto. No siempre surge tras una caída o a consecuencia de una pérdida. A veces simplemente es crecer, seguir creciendo siempre, nunca dejar de hacerlo… Afrontar nuevos retos. Con el viento a favor y el influjo de todos aquellos que nos aportan luz y amor del grande. Conservándolos a nuestra vera. 

    Imprescindible el ejercicio, aprendí, por tanto: transformación continua y permanente. Que si eso no sucede, bien podemos diagnosticarnos de memos de manual.





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