LA PODEROSA FUERZA DE LAS BUENAS INFLUENCIAS (2ª PARTE)


Primer día de la primavera. Bueno, primera noche ya. Titulo mi artículo con unas palabras empleadas en otro hace ya unos meses durante el último tramo del verano: La poderosa fuerza de las buenas influencias. Es esta una continuación, como se puede apreciar, pues. Comenzaba entonces un nuevo curso y yo me encontraba absolutamente motivada por la presencia de alguien nuevo en mi día a día por aquel entonces. Así lo valoré, como una buena influencia en mi vida, alguien que había aparecido inesperadamente y que a mis ojos se había dibujado como alguien que reunía las cualidades que yo más valoro en las personas. Era un bálsamo, un soplo de aire fresco, una esperanza de que sí queda alguien de ese tinte. Alguien absolutamente especial. Desde entonces hemos pasado el otoño, el invierno,…y hoy, en el comienzo de la nueva estación me reitero en aquella valoración. Y no quito ni un punto ni una coma a lo dicho, sino que por el contrario añado mucho más a esa primera impresión. Una buena influencia representada en un ser de carne y hueso con todos los matices que he tenido la oportunidad de ir conociendo. Claros y brillantes, risueños, grises y oscuros, cambiantes, crecientes, decrecientes… variados sin duda, pero poderosísima es su fuerza y buena es su influencia.

A la vista de todo ello y de la importancia que tiene en mi vida, me viene a la cabeza la reflexión que tantas veces leemos de cuánto pueden llegar a influenciarnos una persona y sus comportamientos para que el día nos resulte luminoso o sombrío. En nuestro devenir se nos dice por activa y por pasiva que la felicidad depende de nosotros mismos y que ha de partir de nuestra propia raíz y de la satisfacción personal que alcancemos. Autorrealización como la llave de nuestra felicidad. No voy a decir que no. Sé que es esencial saber qué terreno pisamos y sernos fieles, como mil veces he repetido por aquí. Pero como soy sincera en lo que escribo diré que despegarse de los actos de los que nos rodean a la hora de encontrarnos bien o mal es más difícil que acertar a la lotería. A no ser que seamos una roca, claro. Admito que hay personas bastante controladoras de sus emociones y que no dejan que casi nada o nadie perturbe su día. Sin embargo, no es mi caso en absoluto. No creo que lo fuera en otra vida, ni que llegase a serlo si existiera la reencarnación. Por mi parte una llamada de teléfono, un comentario, una visita, un mensaje,… si proviene cualquiera de ellos de alguien que me importa me eleva hasta tocar el cielo o me deja K.O. hasta nueva orden. ¡Qué le vamos a hacer! Una, que es así de sensiblera.

Así que vuelvo ahora a esa fuerza con identidad a la que me refería al principio y a quien dediqué y dedico primera y segunda partes de este artículo, para decir que ciertamente cuenta con un notabilísimo influjo en mis días. Mil veces me hace esbozar una sonrisa inmensa solo con una ligera presencia… ¡y amanezco! Y si no está, tuerzo el gesto y cambio la postura; y ahí,… ¡nubarrón! Y sé que muchos me dirían que un buen o mal día no habría de depender de nadie más que de uno mismo, ya, ya… ¡y un cuerno! ¡No me lo creo! Porque cuando alguien se convierte en realmente importante en tu vida, el cómo se sienta, cómo le vayan las cosas, cómo sea su relación contigo,… el que esté ahí o lo eches de menos, aunque solo sea por un rato, te cambia el humor. Y punto. Creo de veras que la mayor parte de nosotros somos material ultrasensible a ello y es tan precioso y tan fácil iluminar el día de los que nos importan,... Solo por eso todo merece la pena.

Y a ti te digo: tus conversaciones, tu risa, tus detalles,… influencian mis días. Lo sabes. Ya lo era así entonces y lo es ahora mucho más. No me equivoqué en las impresiones, ni sobre ti, ni sobre tu efecto en mí… Pero es que diré más. Lo extraordinario de todo esto habita en que no te tengo entre mis brazos cada día, en que no contamos con la posibilidad de mirarnos a los ojos a diario, ni de compartir cada momento. En que las circunstancias nos han hecho ir y venir como la marea. Y sin embargo, a pesar de la distancia física, a pesar de los tiempos irregulares, de silencios y dificultades, consigues entrar en mí con una fuerza que muchos, estando a centímetros, no logran jamás. Me preguntaste una vez, o dos, o... el porqué de lo intenso de mi sentir. Tú eres la respuesta y lo que me provocas lo demuestra. Ahora ya es tanto lo que me aporta, lo que lo necesito y lo que me he acostumbrado a ello que mordería a cualquier amenaza que viniese a llevárselo. Y aquí estamos, influenciándonos. Y por mi parte, sonrío como una boba mientras escribo esto. Y eso también te lo puedes figurar.






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