ESPACIO, AIRE Y TIEMPO. (Renovarse o morir)


      Todo gran cambio vital profundo, serio, radical suele ir precedido, y a veces algo solapado incluso, por un íntimo estruendo interior que arrasa con al menos la mitad de quienes somos. Eso como mínimo. Me suele gustar dar por hecho que todos pasamos en la vida al menos por un par de ellos, por eso de que me provoca una enorme desilusión el pensar que existen seres inmutables. No me engaño, pero lo edulcoro. Pero sí, las vueltas de campana existenciales están ahí y tengo claro que experimentar un giro de ciento ochenta grados suele acompañarse de una explosión silenciosa en el mismo epicentro del alma. Cruje. Arde. Origina un sonido estridente y ensordecedor para uno mismo, pero casi mudo para el resto. Deja ver algún resto al exterior, inevitablemente, pero en absoluto permite calibrar a los demás cuán drástico es ese movimiento ni qué intensidad de emociones siente su protagonista. Ni falta que hace, tampoco. Se verán pistas en el aspecto del sujeto, eso sí, como pérdida de peso, tono apagado y sequedad en la piel, cabello más áspero y con aparición de alguna zona más blanqueada, tono muscular debilitado, muestras de alteraciones del sueño,…. Por su parte, el ánimo permite también adivinar que algo sucede. Mayor lentitud a la hora de acometer quehaceres corrientes, tendencia a la introspección y menor disposición a la conversación, falta de concentración para algunas actividades y sorprendente dedicación exhaustiva a otras, necesidad de espacios tranquilos y alejados del bullicio, intolerancia a determinados comportamientos humanos considerados erróneos u ofensivos,…. El cuerpo ha sido forzado al detectar que la mente está de cambio, que ha estallado, y a partir de ese momento esta pide espacio, aire y tiempo. Mucho espacio para sí misma, sin que nadie moleste. Aire -literal y metafórico- para respirar a grandes bocanadas, sin que nadie moleste. Y todo el tiempo que precise, sin que nadie presione,… sin que nadie moleste. 
      Cuando se atraviesa, por tanto, un gran cambio de vida, resulta imprescindible aprender a escucharnos, el cuerpo y los pensamientos, incluso cuando parece que no tenemos nada que decir o no somos capaces de esbozar una idea con claridad. Pero es así. De eso se trata, precisamente. Si no se diera de esa manera, no hablaríamos de una vivencia como a la que hoy me refiero. En estos casos, pues, sea cual sea la causa del cambio, sea este buscado y voluntario o sea -aún con más razón- forzado y obligado, la mente ha de bloquearse varias veces, dejar de pensar, vaciarse. Vaciarse de capacidad de reacción y de solución. Llegaremos a creer que hemos perdido nuestras destrezas, el tino y fino pulso para hacer las cosas y enfrentar nuestros asuntos, las ganas y el espíritu que antes sentíamos y reconocíamos solo con que asomara unos centímetros. Pero no se trata de nada de eso, sino de que aquellas destrezas ya no nos sirven, o no de la misma manera. El pulso para hacer las cosas nacía y era útil precisamente para ella, para aquellas cosas, en aquellos momentos y en aquellos espacios, pero no en uno absolutamente distinto, como lo es el actual, y mucho menos en aquel que aún no hemos ni formado. Y las ganas eran tales para esos contextos en los que nos desenvolvíamos, pero en el nuevo decorado en el que vivimos resultan del todo inútiles y obligan a ser sustituidas por otras. Paso a paso, poco a poco. Espacio, aire y tiempo. Aquella mente cumplió su cometido, enfermó y se hizo vieja, o tal vez la hicieron enfermar y envejecer. Ahora precisa renovarse. Renovarse o morir. Ha de comenzar recibiendo cuidados y mimos sencillos, regalos en forma de acciones que reporten solo bienestar y alejen todo aquello que altere en lo más mínimo la calma diaria. Ha de ir probando, tan solo con la punta de la lengua, poco a poco, quién es ese sujeto que hoy la porta, aquí y ahora, y enseñarle a disfrutar de otros sabores que quizás antes no pudo o no supo apreciar. Ha de entrar en todo aquello que no tuvo ocasión de conocer y descubrir esas facetas en las que podría nutrirse, crecer, desarrollarse. Siempre surgen. Inidentificables a priori, finalmente aparecen. Pero sobre todo la mente ha de ser consciente de que, a pesar de que se haya debido a una hecatombe, el cambio que ahora habrá de encarar es un talón en blanco. No hay garantías, no hay quimeras absurdas, no hay un contrato firmado ni es una novela de final cerrado. Pero hay oportunidad. Con paciencia y ritmo, eso sí. Con espacio, aire y tiempo.


(Por experiencia propia,
de aquella que siempre se dice 
que nada ni nadie garantiza 
que el karma traiga de la mano el éxito final. 
¿Y eso dónde lo pone?
Pero creo en el espacio, en el aire y en el tiempo.)








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