LAS DOS ORILLAS

By MARÍA GARCÍA BARANDA - marzo 11, 2018


Dos grupos. Dos. Quienes viven y quienes juegan a vivir (la vida). Los dos existen, sí, creedme. Yo los he visto bien. Y sé diferenciarlos. 


A una orilla del río habitan quienes juegan a vivir la vida, a construirla con pequeñas maquetas planeadas por ellos y fijadas por otros. E incluso improvisadas, demasiado. Algunas veces sí, eso depende del aire que sople. Suelen vivir a impulsos. Qué bien nos suena eso, ¿verdad? Pero no es tan bucólico, pues no son destellos de espontaneidad ni de disfrute. Son auténticas hecatombes de vida. De esas que dan la vuelta a la casa y los vuelve irreconocibles unas cuantas veces en su vida. Veinte o treinta, quizás….
Quienes juegan quieren esto hoy y aquello mañana, y por razones que suelen ser del gusto del resto. Quiero decir, porque está muy bien visto, porque se le supone que es correcto, porque tiene vitola y porque es lo que se lleva. Y porque así está escrito, no se sabe bien dónde.
Quienes juegan a que viven son seres afligidos cuando toca. Y eso suele ser bastante a menudo, como si con ese gesto nos dijeran a todos que ellos viven por mil y les afecta el doble elevado a la enésima potencia y tendente a infinito. Preocupados. Intensos. Pero cuando les raspas la corteza se vuelven invisibles y se hacen un ovillo. Porque se desgastaron en el grito aparente de contarles a todos cuánto sienten. ¡Lo más! Y en los golpes de pecho de reivindicaciones que suelen ser por ellos. Para ellos. De ellos. Con ellos. Sobre ellos. Y son gente de mañas y de arrastrar los pies cuando caminan porque ahora toca encerrarse en sí mismos. Aunque al rato te salgan con alguna estridencia y no se pierdan  aquello que les gusta. Que ahí resurgen milagrosamente de su nublado mal. Ruido. 
Y por último, quienes juegan a su vida de juego, para ponerle banda sonora a su día a día, suelen sintonizar una emisora que me saca de quicio. Falta absoluta de empatía, de mirada social, pero de la de verdad. De la que se encuentra por la calle con la cara más cruda y no pasa de largo, o lo comenta con lugares comunes. De la de “hay que hacer algo” y luego lo hace. De esa no gastan o no quieren gastar, que bastante tiene cada uno con lo suyo. Y de ser salomónicos, mejor nos olvidamos. Que desprenderse de una gota de agua, así sin río, así sin fuente que contenga su brillante caudal, eso no gusta. Ni regalan, ni otorgan, ni ofrecen en balde, porque suelen luchar por conseguir el premio a la gymkana que creen que es su vida. Porque se lo merecen. 


Pero cruzando el río, llegando a la otra orilla, habitan otras gentes. Son aquellos que viven. Que viven de verdad y pase lo que pase. Porque la vida es eso. Viven oliendo y observando. Tocando y degustando. Aprendiendo. Creciendo. 
Quienes viven tropiezan multitud de veces a lo largo de su vida y se llevan media docena de bofetadas por año. También saben reír hasta llorar y disfrutar de un café solo con hielo mientras escriben sus pensamientos en un cuaderno apaisado de color negro. Les duelen las mandíbulas y no saben por qué. Y cada pocos días les invaden las ganas de hacer cosas. Muchas cosas. Cosas distintas. Tal vez indefinidas. O tal vez nada. Tal vez mañana. 
Quienes viven cometen de cuando en cuando una locura bañada en una espesa sensatez bien trabajada. Porque saben y porque quieren. Porque pueden permitírselo y porque les da la gana. Ya saben distinguir cuándo todo va en serio, cuándo se están jugando una parte de ellos, la más íntima, cuándo algo es intocable y cuándo defendible y conservable hasta la muerte. 
Quienes viven suelen compartir una misma respuesta cuando son preguntados por el rasgo que más aprecian en los seres humanos. Suele ser “lealtad”. En el sentido más amplio, enraizado y férreo del término. En su sentido eterno, a más decir. 
Quienes viven están aprovechando el tenderete, nadie podrá decirles que están aquí de paso. Ni a medias. Ni veletas. Y se conocen bien aunque lo nieguen, en una mezcla de modestia y sana duda existencial. Saben de dónde vienen. Y de qué. Y desde cuándo. Y puede que no sepan qué les traerá mañana, pero no importa. Porque se han aprendido la lección de que el mañana muta y de que lo que importa es ser fiel a uno mismo. Y a quienes permanecen. 

Dos tipos de personas. Dos modos enfrentados. Dos orillas de un río. ¿Cuál es la tuya?

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