PERMANENTEMENTE EN DUDA. PERMANENTEMENTE FELICES

By MARÍA GARCÍA BARANDA - marzo 15, 2018


    Creo que la clave de la felicidad se encuentra en hallarnos en duda permanente, esto es, en procurar no tener la certeza absoluta de prácticamente nada ni de lo importante ni de lo banal. Así, como me lo estáis leyendo. Justamente lo contrario de lo que siempre perseguí. Justamente lo contrario de aquello a lo que nos empuja el entramado en el que vivimos. Y es que cuando somos niños buscamos seguridad, y esa seguridad la encontramos en saber qué va a ocurrir(nos), cómo, dónde, cuándo,…. En sabernos a resguardo, protegidos, acompañados, libres de peligros. Tal necesidad es profundamente natural, tal vez la más natural de todas cuantas generemos a lo largo de nuestra vida, pues es alimento necesario de un ser aún altamente dependiente. Pero, ¿y después?, ¿por qué no nos despegamos del hambre de tener todo bajo control? Huimos despavoridamente de todo cuanto pueda ponernos en riesgo de shock.  Crecemos y seguimos -muchos, aunque bien sé que no todos viven así-, tratando de asegurar nuestro día a día. Los tiempos no acompañan para lanzarse en dirección contraria. Trabajo para toda la vida. Vivienda para toda la vida -y propia, por cierto, bien trincada-, pareja para toda la vida. Los sábados a la compra y los domingos al campo o a la playa. Algún día entre semana, si se puede, un café. Viernes de cine. Misma ciudad, mismas experiencias, misma gente, mismas costumbres y algún viaje de vez en cuando. Por más que a los cuarenta empiece a paddle o a los cincuenta a bailes de salón. En el fondo nada cambia. Y es que realmente nos aterra llevarnos un susto, recibir una noticia oscura y que nos desdibuje el decorado que conocemos, lo cual resulta comprensible hasta cierto punto. Solo hasta cierto punto, porque la búsqueda de esa felicidad basada en saber todas las respuestas constituye el medio más seguro para convertirnos en seres absolutamente infelices. Ahora o más tarde, pero a la larga, en unos pobres desdichados.

      Conseguir crear un mundo a nuestra medida y atar en corto la posibilidad de no saber qué va a pasar mañana o de si algo de lo que hemos diseñado va a variar tiene un precio altísimo. Eso por no decir que pagarlo tampoco es garantía absoluta de nada. Los seguros de vida no existen, pero se cobran en formas muy concretas: decir a todo o a casi todo que sí, hipotecarnos literal y metafóricamente, prescindir de sueños y deseos propios por la opinión ajena, responder a todos los principios establecidos por la sociedad en la que vivimos, callarse la opinión más de dos veces…. Todo en orden, buen vecino, buen ciudadano, pagos hechos, impuestos al día, puntual al trabajo, presente en reuniones de padres, vecinos y amigos,…. Si nada se escapa, nada perturbará y… tendré la certeza absoluta de que todo va permanecer más o menos inmutable. Pues aquí digo que… ¡ni en sueños! No sé si todos, pero la inmensa mayoría terminamos aprendiendo la lección de que la vida cambia de un día para otro y la certeza no existe. No en la vida cotidiana. Las empresas se cierran, los trabajos se pierden, las familias se rompen, las parejas se dicen adiós, las personas mueren,…. Ley de vida y capítulos que puede que nos ocurran o puede que no, pero, ¿quién sabe? Luego, venderse para obtener certeza, ponernos ciertos yugos para pisar seguros nos condena a convertirnos en malas versiones de nosotros mismos y por el camino nos lleva directos a un estado de no aceptación de lo que haya de venir y de frustración cuando algo distinto suceda. Infelices.

     Dudar no es malo, en absoluto, por más que nos lo hayan vendido así o nosotros mismos hayamos querido convencernos de ello para evitar sobresaltos. Dudar supone no conformarnos, ser conscientes de lo efímero que es todo y abandonar el estado de esclavitud a lo políticamente correcto a cambio de… ¡nada! Dudar nos hace seres mucho más fuertes psíquica y emocionalmente, puesto que nos refuerza en caso de que vengan mal dadas y nos permite relativizar sucesos que realmente no son tan graves. Dudar nos pone a funcionar la mente, contribuye a fomentar nuestro espíritu crítico y nos ayuda a practicar el desapego. Dudar evita que nos acomodemos en lo que uno jamás debe acomodarse, nos empuja a seguir trabajando lo que merece la pena alimentar y conservar, y trabajándonos por dentro para seguir evolucionando. Dudar nos lleva a apreciar a los seres que nos acompañan y la propia la vida. Permanentemente en duda. Permanentemente felices.






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