NI ALGUNOS TAN LISTOS, NI YO TAN INOCENTE
By María García Baranda - junio 18, 2014
Me viene a la mente hoy una cita universal que reza así:
"Hay dos tipos de personas: los que pasan por la vida sin dejar huella
y los que la dejan. Entre los segundos, los que pueden crean y los que no son
capaces de tanto destruyen." ¿Quién no querría pertenecer a ese grupo
que va dejando a su paso una estela indeleble? Y, lo que es más, ¿cuántos se
adjudican la tan preciada cualidad, alimentados de arrogante inconsciencia?
No obstante, discrepo y perfilo mi concepto personal de
lo que supone dejar huella en los demás. Difiere pues este de cualquier acción
mínimamente destructora y, por ende, lo encuentro indisoluble a la tan escasa y
valiosa capacidad creadora del ser humano. Pocos son los elegidos. Y creo
firmemente que todo aquel que no consigue rozarla ni tan siquiera con la punta
de los dedos inicia un camino sin retorno hasta sumergirse paulatinamente en
una ciénaga de mezquindad.
Naturalmente desconozco la totalidad de las causas que
mueven a un individuo a tomar el camino de la mediocridad existencial. Tan solo
hay dos fuerzas motrices que reconozco con meridiana claridad: la envidia y su
consecuente frustración personal. Podrían estas tener remedio, pero conllevaría
un formidable esfuerzo por evolucionar emocionalmente. Habría pues que estar
dispuesto a mirarse al espejo –si es que no se ha alcanzado ya un incurable
estado de ceguera- y reconocer las propias limitaciones para, humildemente y
con sincera modestia, reconstruir aquellas partes insatisfactorias del yo.
Repito: pocos son los elegidos.
Bien, asumamos nuestra convivencia terrenal con tales
seres, pero ¿cómo reconocerlos? El destructor por antonomasia posee el rasgo
intrínseco de la subestimación del contrario. Y con maneras aún más osadas, es
capaz de creerse más avispado e ingenioso que aquellos que a su criterio se
sitúan en un estadio inferior y tildan, por tanto, de manipulables. Pobre
necio, pues con tal conducta jamás se distanciará de tal mediocridad,
retroalimentando así la referida frustración personal. Espiral sin salida. A
efectos prácticos, sírvanos saber que adquiere este un par de hábitos
inconfundibles. El primero es dar rienda suelta a su destreza lingüística,
disociada de cualquier actividad cerebral medianamente aceptable; esto es,
hablar sin saber y sin medir su repercusión, pensando que sus actos quedarán
indemnes per saecula saeculorum. El segundo es relacionar la
amabilidad y el buen carácter con un espíritu ingenuo. Craso error,
porque conviene no olvidar que tras una sonrisa aparentemente perpetua e
inofensiva se agazapa el más fiero de los rugidos, perfilado con el único propósito
de defender con uñas y dientes el costoso terreno conquistado. Y aquí, sí es
tan fiero el león aun no pintado. La esbozada sonrisa es producto y reflejo de
una trabajada inteligencia emocional en perpetua evolución, que desemboca en un
estado de paz con uno mismo que no se está dispuesto a perder.
Varias intentonas el pasado mes, tres en esta última
semana y en ninguna de ellas conseguí escribir ni una sola frase con sentido. O,
mejor dicho: no pude transferir al papel ni una palabra que recogiese por
completo y de manera exacta el quid de mi cuestión. Bloqueo total.
Inevitablemente busco la causa en el agotamiento, psíquico y comunicativo, pero
aún más me inclino a pensar en que se trata de otro tipo de debilidad. De
cuando en cuando, por esencial que sea, me canso de diseccionar al ser humano
y, por qué no decirlo, a mí misma. Ya conozco de sobra cada rincón, cada curva
y cada giro tomados por mi mente al abrigo de los estímulos externos. Y es que
seguramente son precisamente estos los que me llevan a sentirme extenuada.
Patrones de comportamiento humano repetidos de forma casi idéntica, donde tan
solo pequeños matices sin importancia marcan la diferencia. Saberte de memoria
los guiones, el final de la película y el minúsculo verso de un poema que decae
en su último terceto.
Entono el mea culpa. Y no
por mi cansancio, sino por permitir que los factores externos le tomen la
delantera a mis estímulos íntimos, personales y privados. Asignatura pendiente
la que tengo en esta compleja carrera que es la vida y que, sin que suene a
rendición, mucho me temo que no lograré aprobar mientras siga fresca la pasta
de la que estoy hecha. Ahí me digo: ¡vive con eso! No se puede depender en
demasía del entorno, de sus gestos, de su aprobación o de sus rechazos. Siempre
pensé que eso de la seguridad en uno mismo se lograba con una mezcla de
inmunidad ante las críticas y desarrollo de un sexto sentido para detectar los
entornos tóxicos. Pero no, no se trata tan solo de eso. Consiste en no pasarse
de autocrítico y en la capacidad de no ponerse siempre en lo peor al formular
hipótesis de andar por casa. Es administrarse protección para no manchar las
conclusiones procedentes de nuestra primera impresión, de la raíz más pura de
la intuición, porque cuando meditas en demasía…, lo mandas todo al carajo de un
plumazo. Una pena.
Releyendo estas
líneas no me es difícil percibir que hoy mi positividad se ha marchado por la
ventana a dar un paseo. Innegablemente estoy cruzada…, ¡qué le vamos a hacer!
Tal vez necesite unas vacaciones. O quizás un gesto ajeno que haga que me
desdiga de todo esto. Pero ¡ay!... ¿veis? Ya estoy dejando mi paz interior en
manos extrañas. Asignatura pendiente, repito. Debería plantearme seriamente
trabajármela. Pero no esta noche.
Colocarse una tupida venda antes de
que la herida sangre a borbotones.
Tal vez blindada excusa,
refugiada en los muros del miedo descarnado.
Cautela disfrazada de sutil
inteligencia.
Helarse y detener sus minúsculas gotas
al borde del abismo.
Tal vez, deliberadamente acaso, cubro a medias tan solo
los ojos con traslúcido velo.
A sabiendas de todo y no por ello
menos intensos,
puedo oírme uno a uno los latidos a un
tiempo acompasados.
Tal vez hoy dirija la mirada al
encuentro del otro
y permita escuchar sin cortapisas.
Indescriptible la sensación de descubrir poesía, fuente inagotable que te brinda la oportunidad de abrazarse a su cuello eternamente...
MEIRA DELMAR
Colombia (1922-2009)
CANCIÓN DEL AMOR IGNORADO
Tú ves mi rostro nada más.
Mi rostro.
que todo calla.
Mi rostro.
que todo calla.
¡Ay, si pudieras
mirarme el alma!
¿Es ella? ¿Es otra?
¿quién es esta mujer
enamorada,
que tiene el pecho en trémula agonía
de bosque en llamas?
Dirías...
Pero no sabes
nada.
CANCIÓN LEJANA
Tú me querrás inmensamente.
Mi corazón será infinito
para la angustia de tu frente.
Yo te daré los sueños míos:
amor, dolor sencillamente.
Mi corazón será infinito
para la angustia de tu frente.
Yo te daré los sueños míos:
amor, dolor sencillamente.
Después será la enamorada
sonrisa, el beso, la memoria
llena de ti, maravillada.
sonrisa, el beso, la memoria
llena de ti, maravillada.
Y el gozo azul de estar contigo
fuera del tiempo, sin palabras.
De golondrina en golondrina
nos llegará la primavera
de la mirada pensativa.
Y un mismo cauce de dulzura
tendrán las rosas y los días.
INSTANTE
Ven a mirar conmigo
el final de la lluvia.
Caen las últimas gotas como
diamantes desprendidos
de la corona del invierno,
y nuevamente queda
desnudo el aire.
Pronto un rayo de sol
encenderá los verdes
del patio,
y saltarán al césped
una vez más los pájaros.
Ven conmigo y fijemos el instante
-mariposa de vidrio-
en esta página.
Observaba aquellos labios repletos de ideas que moldeaban
arriba y abajo una fuente inagotable de conclusiones, aseveradas todas en ese
tipo de seguridad tan solo extraíble de las dificultades que los años conceden.
Tal movimiento se acompañaba de giros de cabeza firmemente asentados,
rebatiendo el oculto pensamiento de quien permanecía sin abrir la boca.
Mientras escuchaba atentamente aquellas palabras no podía dejar de pensar en su
imperiosa necesidad de huir del tópico. Insensato consuelo, similar a la fe con
la que el hombre se aferra a una imagen intangible, a un ser supremo, a fin de
mantenerse cuerdo en la irracionalidad de no alcanzar el entendimiento
anhelado. Le obsesionaba no caer en los convencionalismos que enganchamos como
un asidero frío y metálico cuando no ya nos queda nada para comprender; o más
bien, cuando no hay nada que haya de ser comprendido en un asunto cuya magnitud
no se mide con la cabeza, sino con el alma. Necesitaba nutrirse del tiempo
pasado y sacar de todo ello un aprendizaje que pudiese emplear en los días
venideros. No para colocar ninguna vivencia en un lugar bien dispuesto para
ello, ya era tarde, sino para comprender lo estaba por llegar.
En medio de aquella charla se sentía desgajada de la
realidad común. Todo cuanto escuchaba le quedaba a años luz del punto exacto en
el que ahora se encontraba. Tal vez hubiera podido encajarle meses atrás, años
atrás, pero ya no. En ese preciso momento tenía la certeza de que no hay en los
seres humanos patrones de comportamiento esperables y reconocibles. Sabía que
todos y cada uno somos tan etéreos, tan volubles, que podríamos ser dirigidos
al extremo del precipicio de un solo soplido. Capaces de dar la patada a lo que
fue nuestro centro en tan solo unas horas, así que ¿cómo esperar entonces que los
desconocidos, las conversaciones de un solo café, los efímeros instantes de
breves impresiones no sean susceptibles de evaporarse? Seamos adultos, casi
todo en esta vida tiene fecha de caducidad, y cada palabra pronunciada y acto
consumado fueron reales mientras duraron, vigentes en su momento presente. Lo
demás no cuenta. Y no por ello lo sentido y lo vivido habría sido menos
auténtico, no por ello lo que se dijo habría de carecer de validez. Lo que un
día sirvió sin competencia mañana puede haber dejado de alimentarnos, para el
desconcierto de quienes nos rodean. Somos fruto de las circunstancias, sí, pero
no tanto de las externas como de las que se alojan en nuestro interior.
Volvió a la realidad y puso sobre la mesa su visión del
asunto. Acuerdos y desacuerdos, frases desafinadas sostenidas combativamente
sobre la legitimidad de que las dota el día que habrá de extinguirse con la
media noche. Mañana, ya veríamos. Pensaba que había recorrido un espeso
trayecto hasta conseguir tocar con su mente la fuente de la relativización y
pretendía no renunciar a ello bajo ningún concepto. Sin que nadie formulara
acusación alguna se imaginó apuntada con el dedo de fuego de la extrema
tolerancia. Por si acaso construyó en silencio una autodefensa en la que la compresión
de la volubilidad del ser humano no era síntoma de rendición. Era señal de
haber entendido al fin que no hay contratos vitalicios que nos condenen a
mantenernos encadenados a lo que un día elegimos voluntariamente. Y si
esa tesis servía para ella misma, habría de ser aceptada para el resto, aunque
lo le gustase lo más mínimo.
Terminaron la reunión, la comida y el café, y paseó al
sol recorriendo con pausa las calles de su barrio. Las de siempre, pero esta
vez se fijó en los rostros sin nombre con los que se cruzaba, en sus atuendos y
actitudes. Se percataba al tiempo de que esas caras sin identidad la observaban
atentamente por más que desconociera la razón de ello. La curiosidad que sentía
le habría empujado a detenerse en seco y preguntarles si cambiarían algún
aspecto esencial de su existencia actual, si el diseño que un día hicieron de
sus vidas difería sustancialmente de lo alcanzado, y si por ello se inculpaban
de inconstantes. Tal vez en algún momento fueron tachados de desleales, de
niños caprichosos que en un tiempo récord y sin causa aparente arrugan el
boceto de sus deseos. Naturalmente no preguntó. Tan solo enganchó ferozmente
una idea entre sus dientes: reuniría el valor suficiente para averiguar en qué
momento las figuras con nombre y apellidos de su vida decidieron un cambio de
sentido, y las razones que les empujaron a ello. La respuesta no cambiaría el
curso de los acontecimientos, no la haría sentirse mejor en determinadas
ocasiones y seguramente no amortiguaría ciertos golpes. Pero bastaría. Si lo
lograba, habría subido un peldaño más en la interminable escala de la
comprensión del ser humano. Y ya se sabe, conociendo al de enfrente se
comprende uno mismo..., ¿o es a la inversa?
Esta noche y no otra
tornará la delirante luna en color
escarlata.
La sangre derramada cubrirá a los
amantes extenuados,
sacará de un hachazo
de sus pechos los amores más hondos.
Y al no correspondido le hará volver
la espalda a la evidencia,
dejándose en el suelo
un pedazo de carne del olvido.
Esta noche sin luz,
sin atisbos ni muestras de tu anhelada
boca,
me abandono a tus ojos y ¡te pienso!
Y vestida tan solo
con un velo de sangre que me recorre
el cuerpo,
te invito con mis versos a
contemplarme el gesto.
Tradúceme las letras
que en silencio traslucen
lo que a gritos te dirían mis labios.
![]() |
| Luna de sangre, 15-04-2014 |
ME DESPIDO DEL HOMBRE Y NO DEL GENIO
By María García Baranda - abril 18, 2014
(A Gabriel García Márquez)
Torcí mi gesto anoche al
enterarme. Las pérdidas artísticas –por más que su obra prevalezca- nos dejan casi
siempre suspendidos en un vacío eterno; pero en esta ocasión el adiós de García
Márquez nos deja huérfanos de voz. Utilizó sus letras como vehículo de
transmisión de lo que cualquier ser humano anónimo y sencillo se encuentra a cada paso.
Entendió como pocos a los hombres y se vistió con la capa de la ausencia de
miedo para gritarle al mundo lo que muchos pensamos, pocas veces decimos y casi
nunca tenemos el valor de defender en alto. Pensé: ¿quién va ahora a leerme el
pensamiento y a contárselo al mundo?
Ochenta y siete años de
vida son muchos años cuando se asientan en el paradigma de la autenticidad
existencial. De nada serviría sentarse en una silla y reclinarse a contemplar
los días sin otra tendencia que la de una inerte aceptación ausente de cualquier
aprendizaje. Quienes, sin perder la noción de lo transitorio de aquella, se
beben las mieles de cada éxtasis y las hieles de cada descenso a los infiernos podrán dar por bien empleado su paso por el
mundo.
Torcí mi gesto anoche al
enterarme. Las pérdidas artísticas –por más que su obra prevalezca- nos dejan casi
siempre suspendidos en un vacío eterno; pero en esta ocasión el adiós de García
Márquez nos deja huérfanos de voz. Utilizó sus letras como vehículo de
transmisión de lo que cualquier ser humano anónimo y sencillo se encuentra a cada paso.
Entendió como pocos a los hombres y se vistió con la capa de la ausencia de
miedo para gritarle al mundo lo que muchos pensamos, pocas veces decimos y casi
nunca tenemos el valor de defender en alto. Pensé: ¿quién va ahora a leerme el
pensamiento y a contárselo al mundo?
Me despido del hombre y no
del genio; y lamento su pérdida. Se va el preclaro pensamiento de lo que somos,
de lo que nos muerde el alma sin huidas, de lo que nos empuja a despegar del
suelo nuestros pies,… Llamó amor al amor, sexo al sexo, mezquindad a la
mezquindad, placer al placer, justicia a la justicia; y jamás se rasgó las
vestiduras por hacerlo. Era tan solo un hombre, ni más ni menos, cronista de
unos tiempos en los que no abunda la naturalidad en la palabra y cuesta menos
arrancar un vestido que desnudar el alma; consciente de que bien podría haber
vivido en la Hélade, en la oscura Edad Media o en tierras de Mahoma, que no
habría tenido que cambiar ni una coma de sus palabras. Me despido del hombre y
no del genio, sí; porque escribir son muchos los que escriben y aunque su lápiz
me parezca sublime, me admiran mucho más sus reflexiones humanas y su capacidad
de poner sus entrañas encima de la mesa y compartirlas.
(“Dile que sí, aunque te estés muriendo de miedo, aunque
después te arrepientas, porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida
si le contestas que no”.
El amor en los tiempos del
cólera. G.G.M.)
Cuesta poco darse cuenta al asomarse a este blog de que
la inmensa mayoría de los textos versa sobre mis reflexiones personales sobre
las emociones, los sentimientos, las relaciones, los cambios originados por el
tiempo y las experiencias… ¿Qué le voy a hacer?, ¡es lo que hay! Cuando comencé
a escribir en él no era muy consciente de la dirección que tomarían mis letras,
pero sabiendo que en mi balanza cae por su propio peso del lado del corazón la
causa es cristalina.
Son muchas las horas del día que empleo en mis labores
cotidianas, pero entre los entresijos de cada una de ellas se enredan miles de
pensamientos que no dejan que me olvide de cómo me siento y de la gente que
ocupa un espacio en mi vida. Siendo sincera y justa con el periodo vital que
atravieso, reconozco que profesionalmente estoy satisfecha conmigo misma; no
acuso carencias de apoyo y reconocimiento de mi entorno más próximo. Mis
relaciones personales me hacen sentir profundamente querida y parte de un todo
esencial para mi gente. Granito a granito voy construyendo la vida que quiero.
No es tal y cómo pensaba antes de atravesar la puerta de la edad adulta, nunca
lo es; el camino ha sido arduo, en extremo doloroso alguna vez y tremendamente
pleno otras. Y lo más importante es que con muchísimo esfuerzo interior voy
sumando y no se agotan mis ganas de seguir haciéndolo, más bien al contrario,
ya que estas se retroalimentan.
Así descrito, cualquiera habría de decirme -palmadita en
la espalda incluida-, que no hay motivo de desasosiego; no me quejo, sin
embargo, he de decir sin pudor que últimamente me encuentro ciertamente
inquieta. Sé con certeza absoluta que deseo algo con fuerza; y creo que ese
algo no ha de ir a buscarse, sino que ha de llegar por sí mismo, precisamente
por su condición de elemento esencial en el camino de quien lo espera. Por todo
ello, la tarea no es en absoluto fácil, al menos a mí no me lo resulta. Si bien
el miedo a equivocarme y la inseguridad en asuntos materiales brillan por su
ausencia, mi capacidad de derretirme espiritualmente ante el anhelo más
profundo, ese…ese no se puede medir. Pongamos un metafórico ejemplo. Si se
tratase de elegir un vestido del escaparate de una tienda descomunal, calculo
que entre todas las posibilidades habría uno, o tal vez dos, que me enganchase
la mirada. Sería naturalmente atractivo a mis ojos, pero también de un tejido
natural y envolvente, de esos que se convierten en una segunda piel. Al
ponérmelo me haría sentir especialmente guapa, pero también elegante. Hasta
aquí, sin problema. Restaría entrar a probármelo y ahí es el vestido quien
habla porque ha de cumplir dos condiciones fundamentales: la primera, que esté
disponible para mí; la segunda, que al dejármelo caer sobre el cuerpo quiera
encajar. Así pues, no es únicamente la elección que hacemos personalmente, sino
la que hagan de ti.
Entendido el concepto, vuelvo ahora a mi inquietud ante
la impotencia de no poder controlar los anhelos y deseos, pero sobre todo
frente a algo que me desconcierta aún más, llegando incluso a enfadarme conmigo
misma: el hecho ponerme freno y dejarme influir por las reacciones ajenas,
paralizando mi capacidad de acción y restándome valentía para expresar lo que
siento. Me queda ahora averiguar por qué demonios no me rehago y me soy fiel
únicamente a mí misma, si de sobra sé que no es mi estilo. A ver cómo me las
apaño para dejar a un lado todo aquello que no nazca únicamente de mis
instintos y diga el mundo lo que diga, ir a por lo que quiero cuando al fin lo
veo… aunque eso suponga desnudarse en público.
QUIEN NO AMA NO VIVE
Quienquiera que fueres, óyeme:
si con ávidas miradas
nunca tú a la luz del véspero
has seguido las pisadas,
el andar süave y rítmico
de una celeste visión;
O tal vez un velo cándido,
cual meteoro esplendente,
que pasa, y en sombras fúnebres
ocúltase de repente,
dejando de luz purísima
un rastro en el corazón;
Si sólo porque en imágenes
te la reveló el poeta,
la dicha conoces íntima,
la felicidad secreta,
del que árbitro se alza único
de otro enamorado ser;
Del que más nocturnas lámparas
no ve, ni otros soles claros,
ni lleva en revuelto piélago
más luz de estrellas ni faros
que aquella que vierten mágica
los ojos de una mujer;
Si el fin de sarao espléndido
nunca tú aguardaste afuera,
embozado, mudo, tétrico
mientras en la alta vidriera
reflejos se cruzan pálidos
del voluptuoso vaivén,
Para ver si como ráfaga
luminosa a la salida,
con un sonreír benévolo
te vuelve esperanza y vida
joven beldad de ojos lánguidos,
orlada en flores la sien.
Si celoso tú y colérico
no has visto una blanca mano
usurpada, en fiesta pública,
por la de galán profano,
y el seno que adoras, próximo
a otro pecho, palpitar;
Ni has devorado los ímpetus
de reconcentrada ira,
rodar viendo el valse impúdico
que deshoja, mientras gira
en vertiginoso círculo,
flores y niñas al par;
Si con la luz del crepúsculo
no has bajado las colinas,
henchida sintiendo el ánima
de emociones mil divinas,
ni a lo largo de los álamos
grato el pasear te fue;
Si en tanto que en la alta bóveda
un astro y otro relumbra,
dos corazones simpáticos
no gozasteis la penumbra,
hablando palabras místicas,
baja la voz, tardo el pie;
Si nunca al roce magnético
temblaste de ángel soñado;
si nunca un Te amo dulcísimo,
tímidamente exhalado,
quedó sonando en tu espíritu
cual perenne vibración;
Si no has mirado con lástima
al hombre sediento de oro,
para el que en vano munífico
brinda el amor su tesoro,
y de regio cetro y púrpura
no tuviste compasión;
Si en medio de noche lóbrega
cuando todo duerme y calla,
y ella goza sueño plácido,
contigo mismo en batalla
no te desataste en lágrimas
con un despecho infantil;
Si enloquecido o sonámbulo
no la has llamado mil veces,
quizá mezclando frenético
las blasfemias a las preces,
también a la muerte, mísero,
invocando veces mil;
Si una mirada benéfica
no has sentido que desciende
a tu seno, como súbito
lampo que las sombras hiende
y ver nos hace beatífica
región de serena luz;
O tal vez el ceño gélido
sufriendo de la que adoras,
no desfalleciste exánime,
misterios de amor ignoras;
ni tú has probado sus éxtasis
ni tú has llevado su cruz.
Quienquiera que fueres, óyeme:
si con ávidas miradas
nunca tú a la luz del véspero
has seguido las pisadas,
el andar süave y rítmico
de una celeste visión;
O tal vez un velo cándido,
cual meteoro esplendente,
que pasa, y en sombras fúnebres
ocúltase de repente,
dejando de luz purísima
un rastro en el corazón;
Si sólo porque en imágenes
te la reveló el poeta,
la dicha conoces íntima,
la felicidad secreta,
del que árbitro se alza único
de otro enamorado ser;
Del que más nocturnas lámparas
no ve, ni otros soles claros,
ni lleva en revuelto piélago
más luz de estrellas ni faros
que aquella que vierten mágica
los ojos de una mujer;
Si el fin de sarao espléndido
nunca tú aguardaste afuera,
embozado, mudo, tétrico
mientras en la alta vidriera
reflejos se cruzan pálidos
del voluptuoso vaivén,
Para ver si como ráfaga
luminosa a la salida,
con un sonreír benévolo
te vuelve esperanza y vida
joven beldad de ojos lánguidos,
orlada en flores la sien.
Si celoso tú y colérico
no has visto una blanca mano
usurpada, en fiesta pública,
por la de galán profano,
y el seno que adoras, próximo
a otro pecho, palpitar;
Ni has devorado los ímpetus
de reconcentrada ira,
rodar viendo el valse impúdico
que deshoja, mientras gira
en vertiginoso círculo,
flores y niñas al par;
Si con la luz del crepúsculo
no has bajado las colinas,
henchida sintiendo el ánima
de emociones mil divinas,
ni a lo largo de los álamos
grato el pasear te fue;
Si en tanto que en la alta bóveda
un astro y otro relumbra,
dos corazones simpáticos
no gozasteis la penumbra,
hablando palabras místicas,
baja la voz, tardo el pie;
Si nunca al roce magnético
temblaste de ángel soñado;
si nunca un Te amo dulcísimo,
tímidamente exhalado,
quedó sonando en tu espíritu
cual perenne vibración;
Si no has mirado con lástima
al hombre sediento de oro,
para el que en vano munífico
brinda el amor su tesoro,
y de regio cetro y púrpura
no tuviste compasión;
Si en medio de noche lóbrega
cuando todo duerme y calla,
y ella goza sueño plácido,
contigo mismo en batalla
no te desataste en lágrimas
con un despecho infantil;
Si enloquecido o sonámbulo
no la has llamado mil veces,
quizá mezclando frenético
las blasfemias a las preces,
también a la muerte, mísero,
invocando veces mil;
Si una mirada benéfica
no has sentido que desciende
a tu seno, como súbito
lampo que las sombras hiende
y ver nos hace beatífica
región de serena luz;
O tal vez el ceño gélido
sufriendo de la que adoras,
no desfalleciste exánime,
misterios de amor ignoras;
ni tú has probado sus éxtasis
ni tú has llevado su cruz.
Le dijeron una vez que vivía con la intensidad de los
tiempos pasados, sintiendo cada emoción como si no hubiese nada de mayor
importancia que ocupase sus días. Al oírlo frunció el ceño. Lo tomó como una
crítica injusta, un golpe a su lado más sensible, tildada incluso de conservar
aún excesivos rasgos de una adolescencia ya olvidada en el tiempo. Al rato, un
resorte le hizo pensar que quien pronunciaba tales palabras no tenía ni la más
pequeña idea de lo que era sentir profundamente; por nada ni por nadie. Se
convenció de ello en su camino a casa, sin dejar de dar vueltas a la imagen de
que tal vez era ella quien celosamente guardaba en su mano la misteriosa llave
de los corazones ajenos. ¿Por qué no?
Automáticamente comenzó a tejerse una manta con las madejas
de sus pensamientos. En ella había dos colores bien diferenciados. De un lado,
diversas tonalidades de un opaco gris azulado. Del otro, hebras de un intenso y
ardiente rojo. Instintivamente le venían asociadas a la mente las figuras de
caras impertérritas y gestos mecánicos, que cubriéndose con un lívido velo se
protegen de implicaciones emocionales que los días pudieran traer consigo,
viviendo a medias, riendo a medias, llorando a medias… En la cara opuesta, los
rostros de quienes se mordían los labios con tal fuerza, que la sangre
derramada se mezclaba con la respiración de sus amantes. Sabía que ambas clases
de personas no podrían mezclarse, pues si lo hicieran provocarían tal explosión
que a su paso dejaría tan solo un yermo paisaje de color parduzco.
Detuvo su labor, soltó sus agujas y recostada en su
sillón se quedó inmóvil. Miró al reloj que colgaba encima de su chimenea y se
dio cuenta de que el tiempo se había detenido. En ese momento lo supo. Con un
gesto brusco agarró el pedazo de manta que inconscientemente había ido tejiendo
y creo que tardó menos de un minuto en deshacer aquello que no le recordase a
la vívida imagen de un desierto humeante. Ni más ni menos. Seguiría abrigándose
con los colores de quienes se dejan un pedazo de vida en cada paso. Desoiría
las palabras sordas de los que recomiendan ponerse a salvo, intentando no
olvidar que el verdadero peligro se encuentra en unirse a aquellos que
sacrifican la autenticidad por un retazo de paño grisáceo.
