RELATOS ENCRIPTADOS (VI)

Observaba aquellos labios repletos de ideas que moldeaban arriba y abajo una fuente inagotable de conclusiones, aseveradas todas en ese tipo de seguridad tan solo extraíble de las dificultades que los años conceden. Tal movimiento se acompañaba de giros de cabeza firmemente asentados, rebatiendo el oculto pensamiento de quien permanecía sin abrir la boca. Mientras escuchaba atentamente aquellas palabras no podía dejar de pensar en su imperiosa necesidad de huir del tópico. Insensato consuelo, similar a la fe con la que el hombre se aferra a una imagen intangible, a un ser supremo, a fin de mantenerse cuerdo en la irracionalidad de no alcanzar el entendimiento anhelado. Le obsesionaba  no caer en los convencionalismos que enganchamos como un asidero frío y metálico cuando no ya nos queda nada para comprender; o más bien, cuando no hay nada que haya de ser comprendido en un asunto cuya magnitud no se mide con la cabeza, sino con el alma. Necesitaba nutrirse del tiempo pasado y sacar de todo ello un aprendizaje que pudiese emplear en los días venideros. No para colocar ninguna vivencia en un lugar bien dispuesto para ello, ya era tarde,  sino para comprender lo estaba por llegar.
En medio de aquella charla se sentía desgajada de la realidad común. Todo cuanto escuchaba le quedaba a años luz del punto exacto en el que ahora se encontraba. Tal vez hubiera podido encajarle meses atrás, años atrás, pero ya no. En ese preciso momento tenía la certeza de que no hay en los seres humanos patrones de comportamiento esperables y reconocibles. Sabía que todos y cada uno somos tan etéreos, tan volubles, que podríamos ser dirigidos al extremo del precipicio de un solo soplido. Capaces de dar la patada a lo que fue nuestro centro en tan solo unas horas, así que ¿cómo esperar entonces que los desconocidos, las conversaciones de un solo café, los efímeros instantes de breves impresiones no sean susceptibles de evaporarse? Seamos adultos, casi todo en esta vida tiene fecha de caducidad, y cada palabra pronunciada y acto consumado fueron reales mientras duraron, vigentes en su momento presente. Lo demás no cuenta. Y no por ello lo sentido y lo vivido habría sido menos auténtico, no por ello lo que se dijo habría de carecer de validez. Lo que un día sirvió sin competencia mañana puede haber dejado de alimentarnos, para el desconcierto de quienes nos rodean. Somos fruto de las circunstancias, sí, pero no tanto de las externas como de las que se alojan en nuestro interior.

Volvió a la realidad y puso sobre la mesa su visión del asunto. Acuerdos y desacuerdos, frases desafinadas sostenidas combativamente sobre la legitimidad de que las dota el día que habrá de extinguirse con la media noche. Mañana, ya veríamos. Pensaba que había recorrido un espeso trayecto hasta conseguir tocar con su mente la fuente de la relativización y pretendía no renunciar a ello bajo ningún concepto. Sin que nadie formulara acusación alguna se imaginó apuntada con el dedo de fuego de la extrema tolerancia. Por si acaso construyó en silencio una autodefensa en la que la compresión de la volubilidad del ser humano no era síntoma de rendición. Era señal de haber entendido al fin que no hay contratos vitalicios que nos condenen a mantenernos encadenados a lo que un día elegimos voluntariamente.  Y si esa tesis servía para ella misma, habría de ser aceptada para el resto, aunque lo le gustase lo más mínimo.

Terminaron la reunión, la comida y el café, y paseó al sol recorriendo con pausa las calles de su barrio. Las de siempre, pero esta vez se fijó en los rostros sin nombre con los que se cruzaba, en sus atuendos y actitudes. Se percataba al tiempo de que esas caras sin identidad la observaban atentamente por más que desconociera la razón de ello. La curiosidad que sentía le habría empujado a detenerse en seco y preguntarles si cambiarían algún aspecto esencial de su existencia actual, si el diseño que un día hicieron de sus vidas difería sustancialmente de lo alcanzado, y si por ello se autoinculpaban de inconstantes. Tal vez en algún momento fueron tachados de desleales, de niños caprichosos que en un tiempo récord y sin causa aparente arrugan el boceto de sus deseos. Naturalmente no preguntó. Tan solo  enganchó ferozmente una idea entre sus dientes: reuniría el valor suficiente para averiguar en qué momento las figuras con nombre y apellidos de su vida decidieron un cambio de sentido, y las razones que les empujaron a ello. La respuesta no cambiaría el curso de los acontecimientos, no la haría sentirse mejor en determinadas ocasiones y seguramente no amortiguaría ciertos golpes. Pero bastaría. Si lo lograba, habría subido un peldaño más en la interminable escala de la comprensión del ser humano. Y ya se sabe, conociendo al de enfrente se comprende uno mismo,... ¿o es a la inversa?


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