ME DESPIDO DEL HOMBRE Y NO DEL GENIO


(A Gabriel García Márquez)
 
Ochenta y siete años de vida son muchos años cuando se asientan en el paradigma de la autenticidad existencial. De nada serviría sentarse en una silla y reclinarse a contemplar los días sin otra tendencia que la de una inerte aceptación ausente de cualquier aprendizaje. Quienes, sin perder la noción de lo transitorio de aquella, se beben las mieles de cada éxtasis y las hieles de cada descenso a los infiernos  podrán dar por bien empleado su paso por el mundo.

Torcí mi gesto anoche al enterarme. Las pérdidas artísticas –por más que su obra prevalezca- nos dejan casi siempre suspendidos en un vacío eterno; pero en esta ocasión el adiós de García Márquez nos deja huérfanos de voz. Utilizó sus letras como vehículo de transmisión de lo que cualquier ser humano anónimo y sencillo se encuentra a cada paso. Entendió como pocos a los hombres y se vistió con la capa de la ausencia de miedo para gritarle al mundo lo que muchos pensamos, pocas veces decimos y casi nunca tenemos el valor de defender en alto. Pensé: ¿quién va ahora a leerme el pensamiento y a contárselo al mundo?
Me despido del hombre y no del genio; y lamento su pérdida. Se va el preclaro pensamiento de lo que somos, de lo que nos muerde el alma sin huidas, de lo que nos empuja a despegar del suelo nuestros pies,… Llamó amor al amor, sexo al sexo, mezquindad a la mezquindad, placer al placer, justicia a la justicia; y jamás se rasgó las vestiduras por hacerlo. Era tan solo un hombre, ni más ni menos, cronista de unos tiempos en los que no abunda la naturalidad en la palabra y cuesta menos arrancar un vestido que desnudar el alma; consciente de que bien podría haber vivido en la Hélade, en la oscura Edad Media o en tierras de Mahoma, que no habría tenido que cambiar ni una coma de sus palabras. Me despido del hombre y no del genio, sí; porque escribir son muchos los que escriben y aunque su lápiz me parezca sublime, me admiran mucho más sus reflexiones humanas y su capacidad de poner sus entrañas encima de la mesa y compartirlas.

(“Dile que sí, aunque te estés muriendo de miedo, aunque después te arrepientas, porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida si le contestas que no”.
El amor en los tiempos del cólera. G.G.M.)


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