¿A DÓNDE SE VA LA (AUTO)CONFIANZA?

   Tiene que haber, por fuerza, un lugar mágico plagado de ella, de confianza perdida por el camino por los millones y millones de personas que han habitado el mundo a lo largo de la historia. Confianza en las personas, en conseguir las cosas, en lo vivido, y sobre todo en uno mismo. De esa, la que más.
   La autoconfianza es uno de los elementos más frágiles y volátiles del ser humano. Abarca además todas y cada una de sus parcelas: su capacidad física e intelectual, su carisma, su grado de belleza física, su destreza laboral, su desarrollo emocional,… Dependiendo de cada individuo se encuentra esta más arraigada a las bases o no. Hay quien está realmente seguro de sí mismo, si no en todas sus facetas, en gran parte de ellas y si no, en aquella que le resulta más atrayente. Hay también quien solo necesita el roce de una hoja caída de un árbol para sentirse pequeño e insignificante. De todo hay, sí. El hecho de que nos encontremos delante de uno u otro tipo depende en su totalidad de las agresiones recibidas desde que puso un pie en el mundo y soltó su primer llanto. Ni más, ni menos. Depositado esto sobre su fortaleza emocional de base, sale el resultado. Y mil veces he dicho que la inteligencia a ese respecto es fundamental, pero no me negarán ustedes que un burro al que le dan de palos reacciona igual que aquel que duerme cada noche en un cálido establo repleto de abundante comida. Por mucho que en su base sean burros de igual calibre. Pues con los seres humanos tres cuartos de lo mismo. Salvando -o no- las distancias. Y es que incluso yo me pregunto cómo demonios se va a fortalecer emocionalmente alguien de igual manera que otra persona, si el primero, pongamos, tiene la suerte de recibir constantes loas por su trabajo y lealtad a su alrededor más inmediato, mientras que el otro se ha llevado ya unos cuantos jarros de agua fría en forma de decepciones, traiciones, faltas de reconocimiento,… No es igual, no me fastidien. Y personalmente la labor del segundo me parece titánica.
   Por lo tanto, sabemos todos que a lo largo de nuestra vida vemos minada la autoconfianza en variadas ocasiones. Las cosas son como son. Para todos. Y nadie está exento ni es tan sumamente fuerte como para que determinados sucesos no le afecten a este nivel. Se nos tambalea, sí señores; y mucho. No lo nieguen. Y a veces, incluso algunas partes concretas se largan sin dejar ni una nota. Y yo me pregunto, pues: ¿dónde se va esa autoconfianza perdida?, ¿podría llegar a recuperarse? Creo hoy que no viaja sola. Que no se va voluntariamente ni a vivir una aventura. Y considero además que solo es transportable de manos en manos y que no es autónoma, sino que se encuentra siempre sujeta a un ser concreto, como si necesitara un organismo vivo para subsistir. Así pues, si me pregunto dónde están mis retazos perdidos he de concluir que en manos de aquellos que se los llevaron. Hacerlos volver se me antoja un reto, como mínimo, porque son esas mismas manos las que habrían de portarlas de vuelta y no siempre están ahí para ello. Y eso sin contar que el hueco en el que habitaban se haya dado un tanto de sí o haya mermado, a saber, y ya no pueda encajarse más. En fin, que no es exactamente un lugar perdido y maravilloso donde se halla, sino que gravita entre manos conocidas.
     Autoconfianza desaparecida, sí,… ¿Y qué hay de la confianza sin más? Adivinen. Ufff,… complejísima cuestión de la que solo daré hoy pinceladas y cuyo desarrollo dejo para otro día, porque depende de mil combinaciones de factores. Pero aún así creo que no es tan vulnerable como la tratada hoy. Va, viene, se da y se quita, se pierde para siempre, se descarta potestativamente,... según. Hay un pequeño componente de libertad y voluntad en ello. No mucho, ya lo sé, porque suele depender del lado de las emociones y en eso de (volver a) confiar en alguien, o nos sale o no nos sale, no hay más. Pero aún así a veces sí que tenemos cierto poder de decisión. Lo que se va para siempre eso ya… requiescat in pace. Y se hallará de nuevo en manos de quién se la llevó. Algo así como un devuelva al remitente.
    Qué expuestos estamos y cuánta fragilidad, pero lo que sí es cierto es que cuando uno ha estado expuesto a ser borrado de algún mapa y algún que otro plano, llega un momento en que desconoce su propia imagen en el espejo. Deja de creer y de manera grave, porque es en sí. Y eso duele a pesar de la analgesia. Y supura de por vida. Y no alivia mucho eso de enfadarnos con nosotros mismos por darle ese poder a alguien más. Al menos a mí no, pero tal vez sea porque confío ciegamente en que el otro cuidará de esa autoestima mía de igual manera que yo lo hago. Con mimo. Con agua y comida. Y con unas buenas vitaminas de toma regular. Sí confío, sí. Y me pongo en sus manos, por lo que para mí solo habrá dos posibles posiciones: o la altura máxima de gravedad o la más profunda cavidad terrestre. Traducido a sentimientos: o me admiras o te soy invisible. Radicalismo incoherente el mío, mi cerebro lo entiende. Pero es mi corazón el que se obstina en no sentirme nunca mediana. Quizá esa capacidad se la llevó alguien enredada en uno de esos girones arrancados.

(Encargo para mañana: mirarme detenidamente en el espejo de mi habitación y dedicarle(me), al menos, quince minutos en recordarme el tipo de mujer que soy, la suma de eso que sí destaca en mí, mi voluntad de automejora y los rasgos que solo a mí pertenecen, de manera singular y me hacen única.)




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