NOSTÁLGICAMENTE EN PAZ CON UNO MISMO



Hay días que amanecen pintados de nostalgia. Yo lo llamo nostalgia, aunque no exactamente. Sé que no es el vocablo. Más bien melancolía, tristeza no muy gris, necesidad de estar quieto y en silencio. De pensar sin pensar. De sentir sin sentir. La lluvia en esos días tal vez ayude en ese estado. Y el cansancio, el bostezo. Y algo que yo llamo resaca de las cosas. De un disgusto pasado, de una pelea intensa, de un desengaño, de una rotura interna, de un cambio brusco, de un desgaste supino… Y ahí, cuando pasan los días de la euforia o del grito, nos quedamos parados ante el cristal. Y llueve. Y sopla el aire. Queremos hacer algo, emprender algún paso, alguna actividad que nos distraiga, nada grande; pero la energía es mínima para saber el qué, para iniciarlo apenas. ¿Nostalgia?, dije yo. Y ni siquiera es eso, porque no es el recuerdo de una dicha perdida, eso ya se esfumó y a veces hasta sentimos que se llevó consigo nuestras ganas. Que aunque duela, libera. Que quieres descansar.  No es de esa clase, no. Es de nosotros mismos. Es el resto que queda tras el campo arrasado cuando ya hace un buen tiempo que no humean las llamas. No tiene mal aspecto. No hay heridas sangrantes, ya te has acostumbrado aunque te escueza aún. No. Hay nostalgia de ver lo que fuimos en el periodo previo. Melancolía de un recuerdo que ha quedado difuso por lejano en el tiempo. Es volver a sentir, a pensar, a querer lo que un día sentimos, opinamos, quisimos. Es volver a ser yo. Es volver a ser tú. Individual y limpio. Es recordar qué fuimos sumando quiénes somos ahora. ¿Qué remedio?, te dices. No, no es eso. Es que ya toca.
¿Y en qué consiste entonces ese estado? Llega sin avisar para que aprovechemos al abrir nuestros ojos, muy de mañana ya, el quedarnos en blanco e iniciar el proceso de hacer las paces con uno mismo. Aprender a estar con nosotros, a identificar la materia de la que estamos hechos, a saber levantarnos con la primera luz y estar conformes con lo que somos, con quiénes somos. Aunque busquemos cosas, aunque queramos más, aunque haya procesos, personas importantes, deseos de compartir, sueños… pero esto no es excluyente de mirarse a uno mismo y decirse: sé convivir conmigo. Si no lo hicimos antes fue tal vez porque no estuvimos preparados, porque el guión contaba con unas escenas que nos lo impedían, porque el cerebro coagulaba en forma de obstáculo. Pero un día de pronto te tragas ciertas fases y te tomas tu tiempo. Y créeme que será el tiempo mejor aprovechado que hayas usado nunca. Tal vez nunca antes necesitaste hacer un ejercicio así. Tal vez no eres consciente y dices no hacer nada, pero lo estás haciendo. Te levantas, mecanizas ciertas acciones, llevas a cabo tan solo actividades simples, dormitas, vuelves a dormitar, descansas en exceso, hablas poco y filosofas menos, huyes de la polémica, de las complicaciones, de discrepancias. Y haces bien. Sigue así, porque ese es el camino. Justo ese. ¿Por qué ha de tener el día, la semana, tu vida,… mil toros que lidiar? No. A veces no. A veces llega el tiempo en el que te detienes y tan solo te llenas de lo sencillo. Y te dejas llevar. Y ese alimento, justo ese es el que te hace comenzar a hacer las paces contigo mismo. Introspección no demasiado elaborada, porque ya te desgastaste en pensamientos, en análisis y en quebraderos de cabeza. La labor ya se hizo y ahora ya solo resta, pintado de melancolía, de nostalgia positiva, mirarte en el espejo y ver tras el cristal el panorama, respirar hondamente y decirse: soy yo y esta es mi vida, me encuentro satisfecho con mi sangre y la historia continúa mientras me quede aire. 
Tiempo. Espacio. Calma. Vida. Esperanza.





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