CUANDO LAS COSAS SE NOS VAN DE LAS MANOS



Irse las cosas de las manos, salirse de madre, sobredimensionarse, perder el control… Lo llamemos como lo llamemos se entiende que sentimos ese efecto cuando un asunto se hace más poderoso que nosotros mismos, es decir, perdemos la perspectiva del mismo y con ello la cordura hasta sacar de quicio incluso el más mínimo detalle.
¿Qué lo provoca? Diría que un exceso de tratamiento, una entrada en espiral en la depositamos más energía de la prevista hasta no ver la panorámica del cuadro que hemos de resolver. Pecar de obsesivos, al fin y al cabo. Al respecto, si tiro de memoria, reconozco que hace un tiempo ya que al darme cuenta de que todo cuanto teníamos por delante en la vida requería un gran esfuerzo, constancia, horas de trabajo y perseverancia, me lancé en picado a dejarme la piel en cada asunto que se me ponía por delante. Los estudios, las relaciones familiares, la propia supervivencia, el trabajo, el amor, los actos cotidianos… Cualquiera que fuera la cuestión a resolver, era invadida por una sobredosis de entrega que en muchas ocasiones me llevaba a explotar y quemarme en el intento. En muchas de las metas llega a término, en otras no. Pero fuera cual fuera el final de prenderme en llamas no me libraba nadie. Hace mucho tiempo ya que alguien de cerca, de dentro de hecho, me dijo que quizás debería plantearme un poquito menos de intensidad, por más que sacrificase en ello un pelín del resultado, pero teniendo en cuenta que quizás así me protegería del agotamiento. “Haz un poco menos”, me decía. “Sé práctica y economiza energía, que en esta vida tampoco hace falta irse en sangre”. Era mi hermano y no lo recuerdo con exactitud, pero debía de tener unos trece años cuando me dio ese consejo. Recuerdo que entonces me expliqué y justifiqué -¡cómo no!-, aduciendo que detrás de cada empresa que enfrentamos solo hay un secreto: el esfuerzo. No he cambiado radicalmente de opinión desde aquello, pero si he variado la perspectiva y su significado.
La potencia sin control no sirve de nada. Frase de anuncio. Y gran verdad. Y yo misma lo he experimentado y experimento bastante a menudo. Sé bien que se siente cuando los asuntos se me van de las manos. Con entrega enfermiza llego casi siempre a desfondarme en el trayecto. Y el peligro no es ya mi agotamiento emocional y psíquico, sino que en ese transcurso pierdo la perspectiva de las cosas. Por lo que respecta a mis asuntos más íntimos y al desarrollo de mi vida personal, me prometí a mí misma ir en busca de lo sencillo, de la fluidez de las cosas, de la simplicidad de aquello que se da por sí mismo. Y me puse a ello. Descarté lo que no cumplía esas condiciones y me sentí atraída como un imán por eso otro que resultaba bello y perfecto en su pura sencillez. Pero olvidé que casi nada en esta vida y menos aún a determinadas edades carece de conflictos y complicaciones. Y comencé a abrir la horquilla. Se perdía por el camino parte de la frescura de su simplicidad, parte de la inocencia y a cambio brotaban aquellas cuestiones que a todos nosotros acompañan y que por humanas son entendibles. Dudas, complicaciones, miedos rancios, satisfacciones a medias, cuentas pendientes,… Fuera como fuera, en parte debido a mi propia experiencia y en parte a una determinada capacidad comprensiva, comencé a hacer concesiones que nadie de pedía y mucho menos me imponía, prescindiendo de esa búsqueda de la sencillez. Todo parecía complicarse por momentos, se requería el doble salto mortal. Y luego el triple. Y después filigranas múltiples. Y la demanda partía única y exclusivamente por mi parte, lo que hizo que en mi mente se instalase a vivir de manera perpetua la idea del sacrificio por un bien supremo. Y se me fueron las cosas de las manos, porque sacrifiqué ese sueño inicial un tanto inocente y perdí con ello la perspectiva del asunto. ¿Y cómo ocurrió eso? Saqué a relucir todos mis demonios. Me había jurado tenerlos a raya, vigilarlos con el rabillo del ojo y ser consecuente, pero no lo conseguí. Me sentí de un millón de formas distintas, todas negativas y de esas que te hacen preguntarte qué demonios haces y saber que el circuito tiene un fallo. Pero en el análisis de la situación sabía también que no todos mis fantasmas eran fundados por las circunstancias, sino que muchos de ellos procedían de mis asuntos sin resolver. La cuestión es que tal y como titulo, sentí y supe que mi vida íntima se me había ido de las manos, porque estaba perdiendo la capacidad de detección de la realidad de las cosas. No voy a flagelarme por ello, ni tampoco voy a descargar la causa en el exterior, pero lo cierto es que a día de hoy sé que he de volver a mis orígenes, volver a ser yo. No puedo instalarme en errores pasados de los que se supone que aprendí. Tampoco puedo hacerme sufrir a mí misma ni castigarme en exceso por aquello que hago mal. Ni desde luego cerrar los ojos a lo que no favorece mi estabilidad.
¿Qué vas a hacer al respecto?, podrían preguntarme. Lo explicaré con una metáfora cuya moraleja no es otra que la de pedir ayuda. Un paciente de una enfermedad relativamente grave ha de aprender a convivir con ella. Tal vez consiga curarse, con suerte podrá llevar una vida normal, pero es muy posible que haya de tener un especial cuidado y procurarse ambientes que potencien su correcto estado de salud y así hasta lograr una vida absolutamente normal. O casi. Pues en este caso es igual. Como todos arrastro heridas conmigo. Algunas curaron. Otras dejaron cicatrices profundas. Y algunas otras abren al menor soplo de aire. He de procurar por tanto no exponerme a excesivas situaciones de riesgo. Eso no significa que viva o quiera vivir entre algodones. ¡Ni hablar! Pero entre eso y estar expuesta a corrientes de aire continuas hay un término medio. Para ello he de poner mucho de mi parte, pero no puedo hacerlo sola. Necesito ayuda. Ayuda de los que me rodean, de forma que me faciliten con gestos muy, muy sencillos, mi tranquilidad, diciéndome con ello: “conmigo estás a salvo”. Es la mano tendida que me atrevo a pedir. No necesito más y solo se traduce en comunicación y diálogo, transparencia y mucho tacto. Si no fuera preciso lo haría sola, como casi siempre, pero es justo que lo requiera de los míos cuando he llegado a un punto en el que se me hace esencial. Esencial para mantenerme cuerda, para no sufrir, para no perder mi norte, para no ser injusta ahogada en pérdidas de perspectiva. Y sobre todo, para no tener que huir para salvarme.
Las cosas se nos van de las manos. Complicamos lo sencillo, cuando sabemos que simplificando aprovecharíamos estos cuatro días que aquí tenemos. Por creernos eternos y por pensar que tenemos más vidas que un gato, pero con ello es esa supuesta séptima y última la que dejamos escurrirse entre los dedos cuando ya ha tomado un color gris parduzco. 




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