Relatos encriptados IX: WONDERLAND ESTÁ EN EL INTERIOR DE TU MENTE





Dos años habían pasado desde su último relato encriptado, dos años justos. ¿Sería una coincidencia? Había estado escribiendo desde la medianoche hasta el amanecer. La acompañaban sus gafas nuevas, sus últimas canciones de fondo y sus pensamientos. Alto voltaje. Resopló... Y es que sabía que en los últimos días aquellos brotaban a millones. Cambiantes, disparatados, elevados o casi inertes. Y vuelta a empezar. Pensamientos de todo tipo, sobre cualquier tema, nuevos y recurrentes. Los había delicadamente íntimos, de un color magenta brillante, exactamente igual que el que enmarca estas letras. ¿Ven? Justo así. Los había roncos y estridentes, de esos que le hacían bajar el volumen, porque a los pocos minutos tenía que correr hasta el botiquín a tomarse un analgésico para el espantoso dolor de cabeza que le levantaban. ¡Pesados! Otros miraban directamente al exterior. Estos tenían forma de revista compuesta de reportajes variados, cada uno a razón de aquellos que eran importantes en su vida. Más o menos interesantes, más o menos conocidos, pero todos ellos publicados en papel cuché. Veloz, intensa y excedida; detectada en ese estado por sus más cercanos, dada la cantidad de ideas y de palabras por minuto que era capaz de procesar; supo que algo tenía que hacer. Y quizás era precisamente no hacer nada. Dejar reposar esa pequeña máquina de escribir que mandó instalar hace tiempo en su cerebro. Una de esas antiguas, de color negro y teclas redondas. Preciosísima. Funcionaba a las mil maravillas. Recogía material y lo volcaba ordenado, en silencio o en forma de conversación, pero nunca dejaba de oírse ese ¡tic, tic, tic,… ring! Ni siquiera en sueños. Agotada se fue a la cama y deseó que el día siguiente le trajese algo fresco. Deseó una imagen de vivos colores que contrastase con las secuencias en blanco y negro que en las últimas semanas  habían invadido todo, torcían su rictus y le hacían fruncir el ceño. Sin saber muy bien por qué, antes de caer dormida pensó en un video animado que había visto esa misma mañana, titulado: Los sueños sí se cumplen. Y la venció el cansancio.

Despertó a la mañana siguiente con una sensación que se había vuelto habitual. Sin abrir los ojos dijo: “Hay que levantarse ya. Muy bien, a ello”. Es difícil llegar a decir qué tipo de emoción era aquella, porque se componía de matices extraños y chocantes. Algo en su interior permanecía en paz, en calma. Pero era feo, soso. Insulso, sí. No había angustia, no había dolor profundo, de ese que reconocería muy bien de aparecer. Ese no. Pero había una constante presencia de pausa insoportable. Así, sin más. Esa pausa tenía forma, color y olor. Su aspecto era, diríamos, el de un hueco. Sí, sí, un hueco. Y cualquiera podría preguntarse qué aspecto puede tener un hueco si es, precisamente eso, ¡un hueco! Un vacío, un agujero, la nada. Pero sí, no nos engañemos, porque hay huecos y huecos. Más grandes y más pequeños. Holgados y blanditos o rocosos, duros y ásperos. Este era oscuro y aburrido. Un tanto frío y poco apacible. Su color era gris parduzco, lleno de estrías y grietas. ¡Nada atractivo! Por si sirve de ayuda, les diría que yo no me pondría nunca un vestido de ese color, a no ser que quisiera ir dando pena por la calle. Y su olor,… ¡aggggg, su olor! Olía a humedad, a cerrado, a falta de aire puro y a viejo. Exactamente así era ese hueco. Por lo tanto, vemos que no todos los huecos son iguales. 

Sin abrir los ojos, pues, notó esa forma, ese color y ese olor, y con una pizquita enorme y malhumorada de resignación decidió ponerse en pie. Y sin un porqué, ni recordar aún si esa noche había tenido algún sueño espiritualmente excéntrico –aunque ella sabía que sabían que era sabia por saber qué significaban-, recordó de nuevo ese video del día anterior: Los sueños sí se cumplen. Abrió únicamente un ojo y trató de ver si en su foto panorámica en blanco y negro habían aparecido colores. Se conformaría con colores suaves, nada brillantes ni llamativos, algo para mejorar la instantánea, pero no tenía demasiada fe en ello. Abrió su ojo derecho -porque ve mejor por ese ojo fundamentalmente-, y no percibió gran cosa. “Otro día más para girar mi cabeza”, pensó. Y con las mismas se puso en pie. Lo cierto es que a medida que se despejaba creyó observar algún destello colorido a unos pocos metros. Salió despacio de su habitación, con precaución por si de pronto se había convertido en sonámbula, y con pequeños pasos se fue acercando a aquello que contenía lo que en apariencia eran coloridos objetos aún sin identificar por ella. Y llegó hasta la mesa. Y lo vio. 

Era una bandeja repleta de pasteles de esos que da una terrible lástima comérselos. Jugosos, espolvoreados de azúcar glas, apetecibles y deliciosos. Tenían locos colores para tratarse de comida. Naranjas, rosas, morados, blancos con guindas, ¡azules incluso! Sus ojos se abrieron como platos y no sin un poquillo de miedo se situó al pie de la bandeja. ¿Serían todos para ella?, ¿todos?... Pero, ¿quién los habría dejado allí? Estaba totalmente desconcertada porque eran absolutamente reales. Y aquello no era un sueño. Pero algo sí sabía y era que ella no los había dejado allí la noche anterior; que en la madrugada, al acostarse no los había visto, ¡se habría dado cuenta, por favor! Y desde luego sabía que ni mucho menos los había comprado ella. No obstante allí estaban. Habían llegado hasta su mesa por alguna mágica razón y habían llenado de colores, como ella deseaba al dormirse, ese blanco y negro agotador. Sonrió. Miró a su alrededor y sonrío. Y de pronto sintió miedo otra vez. 


 

“¿Y si como uno y está envenenado?, ¿y si me pasa algo?, ¿y si me hace daño?” Dio un paso hacia atrás. Pero no podía dejar de mirar la bandeja y pensar en cuál comería en primer lugar, cuál elegiría y cuál parecía tener un aspecto más apetitoso. Los miraba con los ojos de una niña, inocentes y al mismo tiempo pícaros, fijos y golosos. Se acordó de Alicia, la del País de las Maravillas. De esa Alicia. Y del momento en el que tiene frente a sí una galleta que dice: “cómeme”.



Se armó de valor, tomó uno de los pasteles y lo degustó como el que prueba por primera vez el néctar más delicioso. Era esponjoso y dulce, cremoso,…. No podría olvidar ese sabor jamás. Se quedó muy satisfecha y pensó si, por haber sucumbido a la tentación, comenzaría a aumentar de tamaño, al igual que Alicia. No pudo evitar mirarse en el espejo, con buen humor esta vez, pero no notó ningún cambio. Rió y pensó que tenía una sensación agradable. Tan solo se había comido un pastel riquísimo, pero se sentía mucho mejor. No había crecido físicamente, pero se sentía mejor.


 

Fue hasta la cocina a prepararse un café. Siguió mirando  los pasteles con el rabillo del ojo, relamiéndose aún y se dijo a sí misma que tal vez más tarde. Tomó una de sus habituales tazas de desayuno, echó dos cucharaditas de azúcar y vertió en ella su café. Pensativa, volvió a la idea de cómo habían llegado los pasteles hasta su casa y de qué significado tendrían o, aún más importante, que le sucedía a quién comía alguno. No entendía nada, pero se sentía serena.


Llegó hasta su salón para tomarse el café tranquilamente y de frente a sus ojos vio algo que ella misma había colocado allí a la vista de todos. Algo que sus ojos podían ver cada mañana. Cada tarde. Cada noche. Y algo que, sin embargo, había pasado por alto estos últimos días. Su enfado, la contrariedad que se había apoderado de ella, el desencanto no le habían dejado ver lo más sencillo. Y de pronto entendió que su propio estado gris era el que se había llevado todos los colores de su alrededor. Su deseo de que volvieran y le quitasen su hueca sensación había originado lo ocurrido allí esa mañana. Probó uno de los pasteles y, como Alicia, creció, sí. Pero no fue su cuerpo el que aumentó de tamaño, no, sino su interior. Por eso esa mañana se respiraba distinto. Por eso esa mañana sus ojos le habían recordado esa máxima que siempre persigue: seamos realistas, pidamos lo imposible


En ese momento entendió que sus deseos tienen más importancia que ella misma. Que se encuentran profundamente enganchados a su alma y ella lo sabe. Que tener deseos es necesario y que no perderlos cuando son tan fuertes es fundamental. Que tal vez se cumplan. O no. Pero que sin ellos no se pasa del blanco y negro al color. Ni se habita en Wonderland, el País de las Maravillas, porque ese está solo en nuestra mente y a él solo se viaja en nuestra propia voluntad. 



Y entonces pensó en…... ¿en qué va a pensar?!?!?!
¡Pues claro! Naturalmente...








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