SERES A MEDIAS




Siempre tuve claro 
que un dedo no sirve para tapar el Sol. 
Que las personas somos como somos 
y es casi imposible cambiarnos. 
Que con los años 
es el monte el único sitio al que tira la cabra. 
Y que hacerse a la idea de las cosas 
es la mejor y única opción saludable.


    Pensaba hoy que hay personas que nunca vivirán sus relaciones personales al cien por cien. Sea amistad, vínculo familiar, amor de pareja,... jamás serán capaces de entregarse del todo. Y no se puede hacer nada por variarlo. Cada uno es como es y suele darse el caso de quien se da a su máximo posible, pero nunca llegará al ecuador. Suelo pensar que son casos de seres que tienen un amor mayor, no juzgo ya si justificado o no, pero no puedo alejarme de la idea de que ese amor es a ellos mismos. Y así habrá momentos de elegir, de ofrecerse sin pensar, de altruismo, de lanzarse a vivir otras formas de compartirse a los demás, pero su propia figura reflejada en el cristal se interpondrá, haciendo invisible el resto de siluetas.
    Y todos hemos de querernos a nosotros mismos por encima de todo, pero incluso ese amor puede resultar tóxico cuando nos separa y aisla, cuando fomenta un individualismo extremo y nos aleja de aquellos a los que deberíamos mantener cerquita. "Es que yo pasé", "es que yo sufro", "es que me hicieron",... barreras en forma de quejas y traumas sin superar. O bien, "es que yo solo quiero ya...", "es que soy muy mío", "es que yo ya no...", paredes en forma de sentencias inamovibles. Y a lamerse las heridas. Y a erigirse en efigies del porque yo lo valgo. Sea como sea, al final se trata de un yo interpuesto entre la propia persona y el resto del mundo. No se dará jamás. No cederá un milímetro. No hará el más mínimo esfuerzo por mantener a su lado a quienes dice querer. No habrá Roma ni Santiago que remover por nadie. ¡Pero que remover de verdad! No habrá acciones que afiancen y confirmen voluntades pronunciadas. Ni habrá riesgos que tomar por aquellos que dijeron ser insustituibles en su vida. No hay ganas. No hay valentía de perderlo todo ni por aquellos que tal vez lo merezcan. Al contrario. No será ni planteable el no resignarse a ver deshacer todo aquello que tuvo valor. Habrá en algún caso solo palabras que esta vez si serán llevadas por el viento a alguna remota orilla. Y esas personas vistas, oídas, queridas a medias se disiparán con la facilidad con la que se borra un recuerdo de la mente de un amnésico. No habrá que extrañarse en esos casos, no, sino solo admitir que esta se trataba de una persona de esas que decía antes, de las que siempre se guardan un cincuenta por ciento para sí, por más que proclamen su abnegada entrega a los cuatro vientos. De esas que se quieren mucho a sí mismos y a sus circunstancias, incluso a las más negras. De esos para quienes su peor enemigo es su mismo ser, pero no lo lamentan, porque es tal el amor que se tienen que el resto son meros actores de reparto de su propia película. Anécdotas de vida que contar con los años. Caras y nombres que enriquezcan el argumento de su propia historia. De lo que no se dan cuenta es de que a veces es el actor secundario el que se gana los favores de público y crítica tan solo por haber sabido querer y por no haberse permitido el lujo de pensar que sus coprotagonistas eran meros intérpretes.




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