SOBERBIA


El joven por joven es soberbio. La fuerza de pensar toda una vida por delante y su tiempo de ensayo le hace creerse omnipotente. Nada lo vence y nadie lo aplaca.



El viejo es soberbio por viejo. Habiendo visto todo. Todo vivido. Todo sentido. No tolera de nadie las lecciones de vida. Muchas son ya las marcas que señalan su piel.



Pero después resulta que el viejo, aun con años, no vivió tanto. Ni sintió tanto. Ni sabe tanto. Tan solo es poderoso en su orgullo para nunca admitir que puede abrir los ojos y aprender. Y seguir cambiando. Y hasta reconocerse que lo pasado quizás no fue más que un mero reflejo o sucedáneo de lo que creyó vivir. Y ni el joven por joven goza de tanto tiempo. Que esto nunca sabe, si durará seis días, treinta años u ocho décadas. Ni tampoco si somos lo bastante despiertos para aprender del libro. Que no siempre se ensaya antes de la función. Y no siempre es un éxito, ni tanta es esa fuerza que desprender creemos.



Por tanto, aquí declaro. Que en mi frontera sé que aprendí las lecciones vitales. Algunas. Otras no. Que pude comprobarlo hace solo un ratito. Que aún así soy ingenua y tengo fe en el hombre. Si bien no confío de cabeza, sí que de corazón. Que habré de caer de bruces algunas otras veces. Que la edad no me exime. Pero tampoco el tiempo que me resta es eterno. Que no lo sé ya todo, por mis años. Que no es inagotable todo el tiempo que tengo. Que debo espabilar. Sin correr, sin parar. Sin dejar de saberme una aprendiz de vida, pero al tiempo sabiendo que algo sí que avancé y me sirvió la espera. Me sirvieron las lágrimas, las horas del reloj que giran a la inversa. Y hasta las puñaladas. Ciertamente aprendí a ser algo más fuerte. Más clara. Y menos trágica. Acabo de notarlo. Que la herida en el callo duele menos que con la piel más fresca. Que estoy hecha a ese golpe. 

Y que tengo conmigo algo de suerte, porque hay quien no ha empezado ni siquiera a vivir y no se ha dado cuenta por pensar que ha vivido dos vidas.

La vida... es con el corazón y con la mente con los que hay que entenderla. Y entender el amor. Y a las personas. Que no es solo un listado de caras con nombres que van pasando sin más. Que tampoco es esto una casita de muñecas que ir completando con metas hasta tener la miniatura en apariencia perfecta. Yo lo sé. Y eso me basta.



Huyan de la soberbia de creerse directores de orquesta con su vida porque esto no funciona así. Huyan. Huyamos. Pues nos dejará solos, tremendamente solos.

No lo sabemos todo, no comprendemos todo, no somos imbatibles ni nos convalidan las experiencias vividas. Recaemos una y otra vez en los mismos fallos. Volvemos a poner en marcha la misma errónea rectificación o bien probamos otra nueva. Efectiva a veces. Incorrecta otras. No hay un patrón para seguir al pie de la letra porque así nos lo imaginamos mientras estamos sentados en silencio, mientras conducimos o antes de dormir. Tampoco despertamos un día con mágicas soluciones a nuestros problemas, reveladas misteriosamente. Somos soberbios, sí. Por creer que sabemos la fórmula de oro de cómo hacer las cosas, de qué es lo que nos conviene sin ninguna duda y cómo ha de ordenarse todo alrededor. Soberbia inflexible. Pecado mortal.






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