PICO Y PALA, CORAZÓN





    ¡Pico y pala, corazón! Que la vida son dos días y el tiempo es oro. Que el que algo quiere algo le cuesta. Que nadie vende duros a cuatro pesetas. Y que a Dios rogando y con el mazo dando. Y que el que quiere peces ha de mojarse el culo.
    Que prácticamente la totalidad de las cosas de esta vida conllevan esfuerzo no es nada nuevo. Al menos desde que Adán y Eva nos la liaron parda, para llegar Darwin mucho después, desmontar el chiringuito y liarla aún mayor, con eso de que sobrevive el más fuerte. Nada ni nadie nos libra del concepto ultrarrealista de que los retos de esta vida se convierten en logros cuando le ponemos ganas, alma y horas de práctica al asunto. Y el amor no iba a ser una excepción en este teatro. Y sin embargo, me atrevería a decir que es mucho más habitual observar a la gente dejarse la piel en asuntos materiales. Echar horas, años, en adquirir unos conocimientos determinados, conseguir un ascenso, comprarse uno la casa de sus sueños más ambiciosos, amasar una tintineante fortuna o en su defecto un cómodo colchón,… se llevan la palma en lo que a currelo se refiere. Pobres emociones las nuestras, pobre amor, que se queda huérfano de constancia muchas veces. Y es que este no es tangible, no se mide con ceros, ni en kilos, ni en número de flashes fotográficos, ni se estrena por horas para admiración del gran público. Es el bien más preciado, el más inestable, mutable por el efecto de factores externos, sensible a los chaparrones internos, y es en cambio el eterno olvidado. ¡Qué poco se cuida! O debería decir que lo cuidan muy pocos. Como si de un cheque en blanco se tratara, suele olvidarse uno fácilmente de que compartirse con otra persona lleva entrega. Trabajo. Esfuerzo. Pero bien entendido, no se me confundan.
    El amor desinteresado no obliga a gestas épicas ni a programadas puestas en escena a fin de conseguir al objeto de nuestros deseos y sentimientos más íntimos. Cuando comienzan a aparecer esforzadas acciones para poder disfrutar de lo más básico, es que algo no va bien entre los implicados. El amor limpio es sencillo, basta con dejarse llevar sin rompederos de cabeza y con mucho de voluntad de darse al otro y de estar juntos. Así, sin más. Sin un ápice de menos. Porque se necesita muy de  veras. Y de sentirse. Y de escucharse. Y de empatizar de veras. Que cuando se convierte en un vaivén de reproches y exigencias, de idas y venidas, y ceños fruncidos, ya no tiene gracia la actuación. De nada sirve tampoco dejarse el alma en conquistar en un inicio para después echarnos a dormir una siesta eterna. No es al principio, o no solamente, donde hemos de dar el todo por el todo para lograr la conquista del tesoro, hasta tenernos bien trincados. Fundamentalmente porque no hay trincamiento tal. Que esto no va de atrapar, sino de lo contrario: de entregarse. Y nada garantiza, que eso es algo que ya todos sabemos a estas edades, pero si ha de permanecer por vía natural, lo hará. Y hasta la última exhalación de ambos. De puro natural. De pura sencillez. Así que, conquistar es hermoso y necesario, ¡no prescindo de esa maravilla ni loca! Pero no habría nunca de suponer un esfuerzo titánico para convencer al otro de que te elija y se quede contigo. Esa es una lección que he aprendido muy bien, por cierto y a base de marcas en mi piel. Es acaso después cuando es preciso sacar el pico y la pala para mostrarle al otro que estás, que permaneces, que aumentan tus sentimientos, que velas por el bien de ambos, que sigues eligiéndolo.
     Se han vertido toneladas de tinta en teorizar qué es esto del amor, cómo debe ser, cuándo, por qué, con quién. Sano y tóxico. Sexual y platónico. Generoso y asfixiante. Obsesivo y relajado. Y la verdad es el amor se siente, te invade, te alimenta, te llena, te hace sentir a gusto con quien eres, y afortunado de compartir tus días con el otro. Grande. Completo. Sano. Sencillo. ¿Y las complicaciones? Se solventan, pero nunca si son estructurales. No hay espacio para el sí, pero no. Ni para el te falta, te sobra o me llenas parcialmente. En tal caso, huye a mares más bellos. 




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