CUANDO NUESTRAS DEBILIDADES INTERFIEREN



Alguna vez me han dicho que soy bastante intuitiva. Yo misma he pensado en numerosas ocasiones que tengo la capacidad de observar situaciones incipientes que me generan de forma automática una impresión e incluso una idea certera. Es otra forma más de conocimiento, capacidad que todos poseemos y de la que se dice que es desarrollada en mayor medida por las mujeres. No hay tal diferencia en función del sexo. Es tan solo que nosotras le prestamos mayor atención, dada nuestra tendencia a volcar más la balanza hacia el platillo emocional que al racional.
Saber desarrollar nuestra capacidad intuitiva es fruto de un trabajo constante de autoconocimiento, tarea que puede prolongarse hasta el final de nuestra existencia, por cuanto siempre hay experiencias nuevas que resolver. Gestionarlo con habilidad es el súmmum; o debe de serlo, porque la que está aquí daría una fortuna por conseguir sacarle el mayor rendimiento posible. Si me detengo a pensar cuál es mi freno, no he de rascar mucho para saber que es el conjunto de mis defectos de madurez, entendidos como todo el saco de inseguridades y dudas que como muescas han quedado marcadas en mi piel a mis treinta y ocho. Paro aquí un segundo y advierto: ¡ojo!,…que espero y creo que toda muesca se vio aliviada por el bálsamo del autoaprendizaje; y que aún así, si me observo con un mínimo de dedicación sé que las cicatrices me recordarán por siempre ciertos sentires. Aclarado esto, continúo.
A lo que me refiero con experiencias que frenan el efecto de la intuición es, como dije, al conjunto de dudas que sobrevuelan sobre ti mismo, sobre tus ideas, sobre los pasos que has de dar y sobre tus conclusiones del entorno. Al efecto de todo aquello que deseaste que saliera bien y fracasó. Pongamos un ejemplo. Supongamos que estamos frente a una situación que desde el inicio y con la menor información al respecto percibimos como un proyecto positivo para nosotros. Aún no sabemos por qué, pero tenemos el pálpito de que ese asunto está hecho a nuestra medida, de que va a salir bien. Tras ese paso inicial, fruto de nuestro inconsciente, ponemos a funcionar nuestro consciente: observamos los factores intrínsecos, sacamos conclusiones favorables respecto a los elementos integrantes de tal proyecto, descartamos inconvenientes y finalmente deducimos que en efecto aquello es positivo y factible. Una vez puesta a funcionar nuestra parte más racional la implicación es ya imparable, pues es condición natural del ser humano una vez que le hemos dedicado tiempo y esfuerzo, por mínimos que estos sean. Y justo ahí, en ese instante, ¡zas!, algo sucede. Empezamos a dudar de nuestra conclusión, comenzamos a pensar si nuestra valoración del asunto fue precipitada o infundada, basada en datos erróneos y sin tener en cuenta toda la información de la que carecíamos. En un segundo damos al traste con lo que se suponía que eran señales de que todo iba a ir bien y nos invade una absoluta sensación de inseguridad en nosotros mismos y en nuestra capacidad de interpretación de lo que nos rodea. Ahí es cuando nos topamos de bruces con un “¿tan ciega estaba?”
Me pregunto qué deducción es la correcta. La basada en nuestras primeras impresiones o la que se apoya en un trabajo de meditación del asunto. La primera tiene la ventaja de poseer carácter de esencia pura, pero podría ser fruto de la autosugestión provocada por nuestros deseos más fervientes. La segunda posee la virtud de ser la suma de pistas y datos simples, sencillos y cotejables, pero podría estar contaminada por los miedos o fracasos del pasado que nos llevan a un aplastante: “me he equivocado, esto no va como pensaba”.
De nuevo afirmo que me encantaría gestionar estos asuntos con la mayor de las efectividades. Querría, cada vez que aparece el menor síntoma de duda, descartarlo o inclinarme hacia ello en el primer planteamiento, porque la duda genera duda y, como ya dije, cuanto más pensamos sobre algo y más esfuerzo le dedicamos mayor es la implicación. Y a más implicación, más duda. Vuelta a empezar y claro ejemplo de la pescadilla que se muerde la cola, bucle del que salir resulta en extremo complicado. Habría, no obstante, una solución consistente en ponerse del frente al asunto en cuestión y decirle a la cara: “Oye,… ¿lo que me parecían indicios de algo favorable, lo eran verdaderamente?” Parece simple, habría de serlo, de hecho. Y sin embargo hay dos muros que derribar: que el mundo no siempre está dispuesto a poner en tu mano un trocito de verdad; y que gira y es voluble, con lo que aquello que ayer fue verdad hoy puede dejar de serlo.


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