EL AMOR ES UN ARTE DE CARÁCTER REALISTA

By MARÍA GARCÍA BARANDA - diciembre 08, 2017



     Siempre he considerado que el amor es un arte. Un arte franco y de estilo realista, absoluta y tremendamente realista, pero adornado con los recursos expresivos más bellos que podemos llegar a imaginar. El idealismo del que se habla solo es belleza, pues. Belleza y marketing de invención artística, en efecto, y datable hará ya unos siete siglos. Realmente no afecta a la sustancia de la que se compone el sentimiento amoroso sincero y natural. Es exaltación de lo que sentimos, arranques de pura felicidad y sana admiración. Es asirse a los elementos circundantes para ser capaces de explicar la dimensión de lo que sentimos por el otro, lo que nos hace sentir, lo que siente por nosotros. Es acudir al ornamento más hermoso para tratar de llegar a la aún más grande hermosura de ese amor. Y aunque bello, no es la esencia. Nos complace agasajarnos, ateclarnos, oír al otro bellas palabras y endulzarnos los días. Nos agrada un detalle, un regalo, un gesto. Y sentirnos atendidos por el otro. Y, si somos de ley, nos llena de igual modo corresponder. Nos gusta y lo necesitamos, ciertamente. La relación lo necesita para darle oxígeno. Pero del mismo modo que tirarnos al sol o el capricho de una cena selecta de cuando en cuando. Sin ello viviríamos, y ni por lo más remoto es lo más importante del mundo. Ornato sí, y como tal está bien, pues tinta el papel de especial tonalidad, pero si llega el caso de que dichas gestas no pueden llevarse a cabo, el amor real no va a morir en el intento. ¡Nanai de la China! Y si lo hace,... es que no es real. 

      El amor es un arte que lleva horas de entrega y de práctica, aunque muchas de ellas involuntarias. Inconscientes algunas, de hecho. Naturales todas. Un arte per se, por tanto. Tal vez un tanto asilvestrado, espontáneo e improvisado. Pero nunca laxo. Y por ello, no nos equivoquemos, que no hay un artista detrás de cada individuo, ni mucho menos, lamento decirlo. Como en todo en la vida, pico y pala. Y verdad, mucha verdad. Aunque todos pretendamos amar y deseemos ser amados, no existen las figuras elevadas en este asunto, ya lo siento. Jamás nos licenciamos, jamás obtenemos matrícula de honor, jamás estamos sobrados como amantes, porque eso no se mide, ni se proyecta. No se planea calendario en mano, ni conlleva una lista cuyos ítems habremos de ir tachando. Y sí, para mi horror, hay quienes así lo consideran. Muchos. Muchísimos. Se compran todo su equipamiento, sus pinceles, sus lienzos, su gama de colores brillantes,… y se disponen a amar, ¡ea! Pero no consiguen ofrecer ni un gramo de artística creación. Como si de una búsqueda bien trazada se tratase, toman sus muestras y tratan de imaginar qué tal quedarían estas en su pared en blanco, comparando a cada paso el boceto guardado en su mente con la materia prima real y tangible. Apto / no apto. Y es esa toda su labor: observar, elegir y adquirir, según diseño de moda. Y sin darse cuenta de que sin saber ellos desarrollar ese arte, jamás conseguirán eso que anhelan. Nunca. Porque... ¿lo anhelan?

     El amor es el arte más auténtico y antiguo que existe, pues consiste en tomarse a uno mismo y traspasar el cuadro con toda la fuerza de nuestros sentimientos, es viajar para habitar al otro lado. Pero sin dejar de ser uno mismo. Que por eso se enamoraron de nosotros. Que por eso nos quieren. Y viceversa. Es tocar lo mundano y sentirse en el cielo. Sin cuentos y sin cuentas. Solo cara a cara, cuerpo a cuerpo, alma a alma. Realidad a realidad. Y en ese caso, tal vez, aun sin llegar a ser artistas, lleguemos a ser dignos de ser amados y de ser sentidos como amantes de gran corazón. 


(Mi propósito y mi voluntad. 
Y si lo hiciera mal, devuélveme a la tierra sin soltarme la mano.)




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