RELATOS ENCRIPTADOS: Sabía que su profesión me traería problemas

By MARÍA GARCÍA BARANDA - diciembre 07, 2017

Maori Sakai


(I)

      Sabía que su profesión me traería problemas. Y no equivoqué ni un poquito, porque por culpa de eso nuestra comunicación se hacía casi imposible. Al principio no era así. Hablábamos durante horas y yo estaba entusiasmada con su capacidad de escucha. Conversábamos de todo. Del trabajo, de la familia, de los sentimientos, de los sueños por alcanzar y hasta de los pequeños demonios que todos llevamos dentro. Una maravilla. Tenía además la capacidad de aportarme su punto de vista sin que pareciera que me aleccionara o me dijese qué hacer. Era un consejero de excepción, pero sobre todo un buen escuchador. Pero  eso no duró mucho, más bien diría que fue una exhalación, porque enseguida empezó a mostrar su agotamiento y sus pocas ganas de oír retahílas de ningún tipo. Sufrió un cambió radical, dio un giro de ciento ochenta grados. Y yo ya ni siquiera le contaba mis problemas, porque en cuanto comenzaba con “¿sabes lo que me ha pasado?” o con un “hoy me siento muy decaída”, su cara se desencajaba, y yo, claro, frenaba en seco. Creo que la cosa empezó a ir mal a los cuatro o cinco meses de empezar a salir juntos. Sí, unos cinco meses. Fue cuando le dieron el turno de noche del teléfono de la esperanza. 


(II)

     Sabía que su profesión me traería problemas. Lo supe cuando celebramos nuestro primer aniversario, aunque a decir verdad algo me resultó chocante ya en la primera noche que quedamos para cenar. Nunca olvidaré aquella velada mágica, maravillosa. Pareció que nos conocíamos desde siempre y así hasta hoy. Ese día fuimos a uno de mis restaurantes favoritos. Pedimos foie, normalmente delicioso, aunque esa noche lo sirvieron demasiado frío. Después una ensalada con nueces y virutas de un jamón ibérico que quitaba la respiración. Lástima que no acertaran demasiado con el aliño. De plato fuerte, un solomillo excepcional. En su jugo y acompañado de una salsa suave a la pimienta verde. Le intercambié el plato, demasiado crudo, demasiado sangrante. Pero el mío resultó estar demasiado pasado y un tanto seco. El postre fue una tarta de chocolate caliente y mousse de frambuesa que habría sido perfecta, si no llegan a colocarle unas hojas de menta alrededor. Casi perfecta. Como todo lo que preparan en ese restaurante. En ese… y en la mayoría de los de la ciudad. Hemos recorrido prácticamente todos los nuevos espacios gastronómicos del centro y de las afueras. A decir verdad, ha mejorado mucho el panorama en los últimos tiempos, aunque aún falta algo. No llegan a dar con el toque que conseguiría la cuadratura del círculo. Y llegué a pensarlo hace un par de días, cuando visitamos ese, cuya reserva para la celebración de mi cumpleaños cerré hará unos cuatro meses. Pero tampoco. El servicio se pasaba de condescendiente. O no. Yo ya no lo sé. Pero eso está escribiendo él en la crítica que ha de enviar al periódico esta misma noche. Cada semana una. Y yo,… yo no tengo ni idea de qué preparar para cenar esta noche. 


(III)

     Sabía que su profesión me traería problemas. Pero lo que no me imaginé era que acabaría por provocar que me gastara medio sueldo en perfumería en busca de correctores de ojeras potentes. Es la cuarta vez este mes que visito la tienda y no acaban de venderme uno que disimule lo suficiente. No, no es para mí. ¡Es para él! Quizás haya parecido que intentaba decir que me hacía sufrir y de ahí mi afán por tapar las marcas de días de discusión y noches de insomnio. Pero, no, no. Los correctores de ojeras son para él. Desde que lo ascendieron y le dieron un papel más relevante en su empresa, no ganamos para momentos de emotividad compleja. Y es que todo el que lo conoce dice que es muy empático. Si se para por la calle con un conocido y este le cuenta que su madre está delicada, se le llenan los ojos de lágrimas. Si el vecino de arriba le comenta que su empresa está a punto de cerrar, lo abraza fuertemente y le ofrece su apoyo incondicional acompañándolo de dos o tres palmaditas en la espalda. Si la mujer de la tienda de comestibles comparte que ha pasado mala noche porque no supera la falta de su Ignacio, rompe a llorar amargamente con ella. Y así todo el día. Me echo a temblar cada vez que queremos ir a algún sitio y comenzamos a encontrarnos con gente conocida por la calle. Y es que, vale que en su horario laboral pase esto, pero en su tiempo libre me saca de quicio. Es figurante de una empresa de decesos. Sí, sí, plañidero profesional. 


(IV)

     Sabía que su profesión me traería problemas. Y me los trajo. Todo empezó con el equipaje para nuestras primeras vacaciones. Estaba a rebosar. Mucho me temía yo que al facturar nos cobraran por exceso de peso y no me equivoqué. Horas antes de salir hacia el aeropuerto me replanteé dejar unas cuantas cosas en tierra. Cerrar la maleta se hizo misión imposible, pero entró en la habitación, sacó todo de nuevo y como por arte de magia incrustó, literalmente, unas piezas en otras. La maleta cerró. Pagamos de más, pero cupo todo. También me resultó curioso el momento en el que, una vez en destino, recorrimos uno de los mercadillos de la ciudad. Allí vendían toda clase de objetos exóticos, de esos que te llevarías a casa sin dudar con el fin de redecorarla de cabo a rabo. ¿Y la ropa? Espectacular, original, exótica. De esa que no encuentras salvo en destinos lejanos y a pie de calle. Quise enfundarme en unos pantalones adornados con pedrería autóctona, únicos, pero no eran de mi talla. Cuando estaba a punto de salir del probador y rendirme, entró conmigo y, aún no sé ni cómo cerró el botón y subió la cremallera. Decidí, por cuestiones obvias, llevármelos puestos. Y con ellos me fui, sí. Al siguiente destino. Tomamos el metro. Era hora punta y la estación estaba de bote en bote. Un tren, dos trenes, tres trenes… y todos repletos de gente. Yo lo miraba por el rabillo del ojo, intranquila, porque sabía de sobra lo que estaba pensando. Tan solo le decía: “estamos de vacaciones, estamos de vacaciones…”. Pero tenía cara de concentración. Me agarró la mano y me llevó de un gesto hasta el borde del anden. Y llegó un tren. De nuevo a tope. “Ni estás trabajando ni esta es nuestra ciudad”, le dije ya un tanto contrariada. Pero no me escuchó. Al abrirse las puertas comenzó a apretar a la gente una contra otra, codos fuera y cabezas agachadas, bolsas a los pies y hombros plegados. Y me colocó en el interior del vagón en la mitad del espacio que me correspondería. “Es su trabajo, al fin y al cabo -pensé-, apretador de pasajeros en el metro”. Y me quedé tranquila. Hasta que repentinamente se cerraron las puertas sin tiempo para que él se colocase a mi lado. Acabé diez estaciones al Sur, en la otra punta de una ciudad cuyo idioma no hablaba y sin dinero. Lo llevaba él en su mochila estratégicamente ordenada hasta el borde. 


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